El péndulo en América Latina

América Latina vuelve a ser el escenario de un péndulo político. En los últimos años observamos el avance de la derecha (en sus diferentes matices) en el continente, con Javier Milei y Daniel Noboa en un principio, a los que se fueron sumando países como Paraguay, con Santiago Peña; Chile, con José Antonio Kast; Bolivia, con Rodrigo Paz; Colombia, con Abelardo de la Espriella; y, más recientemente, Perú, con Keiko Fujimori. Es probable que, cuando se celebren elecciones libres en Venezuela (superando, claro está, los trágicos y duros momentos que atraviesa tras los terremotos ocurridos días atrás), también resulte electo un gobierno muy distinto al actual.

A ello hay que añadir lo que ocurre en diversas zonas de Norteamérica y Centroamérica, además de lo que sucede en regiones cercanas, lo que termina por configurar una oportunidad histórica para una mayor coordinación frente a los retos y desafíos que enfrentan estas naciones. Más allá de que posiblemente no pueda hablarse de una plena coherencia ideológica en Brasil y Uruguay, hay que reconocer que existe cierto pragmatismo en el desarrollo de sus políticas (especialmente en Uruguay), lo que podría favorecer su participación en iniciativas de carácter continental.

Pero, ¿qué conduce a que se produzca esta “alineación de planetas”? Dos temas fundamentales surgen en el debate: la seguridad y la economía.

Los problemas de inseguridad que atraviesan los países del continente han sido parte del flagelo generado por los gobiernos progresistas previos, al crear condiciones que propiciaron el aparecimiento y la expansión de grupos ilegales; entiéndase por flexibilización de leyes, permisividad ante el microtráfico o falta de acción (inclusive provocada) para que abunden los que aquí, en Ecuador, se conocen como GDO. No importa el nombre que reciban en cada país: al final son grupos de delincuencia organizada que desarrollan actividades ilícitas transnacionales y que, en el discurso de todos los candidatos (ahora presidentes en funciones o electos), constituyen la piedra angular de sus mandatos. Por ende, al margen de los resultados que cada país logre, se torna ineludible coordinar actividades de respuesta, inteligencia y recursos (sea Escudo de las Américas o cualquier mecanismo equivalente), en aras de garantizar la reducción y mitigación del crimen organizado transnacional.

El segundo aspecto que, sin duda, caló mucho es la economía, ya que esos gobiernos progresistas que antecedieron dejaron, lamentablemente, a sus países con niveles altos de endeudamiento, excesivo gasto público, alta dependencia de la economía respecto del accionar del Estado, frágiles cuentas fiscales, un riesgo país considerable y poco atractivo para la inversión, entre otros lastres que impiden el avance de los países y golpean los bolsillos de sus ciudadanos.

Esos dos son los ejes puntales de estos gobiernos, independientemente de otras acciones que por supuesto se impulsarán; lo importante será hacerlo de manera articulada para abordar eficazmente retos relacionados con el cambio climático y la estabilidad energética, por citar solo algunos. Igualmente, este proceso debe aportar lecciones a fin de evitar los errores del pasado, sobre todo en materia de estabilidad democrática, respeto a las instituciones y fortalecimiento de la institucionalidad de sus países, particularmente mediante cambios constitucionales concebidos para privilegiar a determinados grupos.

En ese sentido, el llamado de atención a los ciudadanos es claro: si bien aspiran a soluciones rápidas, estas se irán obteniendo paulatinamente, porque solucionar y recomponer un país no se logra de la noche a la mañana ni con varitas mágicas. De ahí que la población deba comprender que las medidas necesarias para corregir de manera definitiva las graves distorsiones que los llamados gobiernos “progresistas” legaron a distintas naciones no serán fáciles. Por ello, corresponde a todos los actores de la sociedad aportar a la estabilidad y al afianzamiento de la democracia, en procura de alcanzar el bienestar económico y social de sus países.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Jorge Calderón Salazar

Economista por la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil (UCSG), Master of Management por Tulane University y Magíster en Administración de Empresas por la Universidad Espíritu Santo (UEES). Rector del Tecnológico Universitario Argos, donde integra formación académica, liderazgo institucional y una visión estratégica de la educación superior.

Consultor, analista y coach económico, ha desarrollado una trayectoria que conecta el análisis riguroso con la acción aplicada. Su trabajo abarca desde la coordinación de proyectos de investigación y consultoría en áreas como economía, finanzas, educación y mercado laboral, hasta su participación en calidad de colaborador internacional en la medición de la actividad económica del Ecuador junto a instituciones de la talla de la Fundación Getulio Vargas (Brasil) y el Ifo Institute for Economic Research (Alemania).

En el ámbito académico, es profesor de posgrado en Análisis Económico Mundial, Métodos Cuantitativos y Metodología de la Investigación en diversas universidades, además de catedrático en la Escuela Latinoamericana de Liderazgo. Es autor y coautor de múltiples libros y artículos especializados, con líneas de investigación que comprenden microfinanzas, emprendimiento y la relación entre universidad, Estado y empresa.

Su trayectoria institucional incluye la participación en redes académicas y organismos de alto nivel, así como roles de dirección estratégica en espacios de investigación, educación superior y articulación regional. Ha sido reconocido Rector del Año (2025) y Maestro del Año (2021), entre otras distinciones que respaldan una carrera marcada por la docencia, la exigencia intelectual y la incidencia pública.

Forma parte del equipo de Staff Writers de El Insubordinado.

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