El terremoto de hoy los puso a orar: las leyes naturales no obedecen a deidades

“La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia” (Sagan, 1995, p. 211). Esta afirmación nos invita a reflexionar sobre la necesidad de distinguir entre aquello que aún no ha sido demostrado y aquello que realmente está ausente.

Lo que se encierra en esta precaución intelectual suele olvidarse cuando hablamos de aquello que creemos, esperamos o deseamos que sea cierto. Una cosa es admitir que no podemos demostrar la inexistencia de una deidad con pruebas constatables y otra, muy diferente, afirmar que contamos con evidencia suficiente para comprobar su intervención en aquello que ocurre en nuestro mundo natural. Entre ambas posiciones, existe un territorio que no debería confundirse: el de la creencia, donde pueden habitar la fe, la esperanza y la experiencia personal; y el del conocimiento verificable, donde las afirmaciones deben someterse al escrutinio de la evidencia.

Hasta donde alcanza el conocimiento científico disponible, no contamos con un caso que haya superado semejante escrutinio; y para no desviar la discusión hacia terrenos que corresponden a la experiencia íntima de cada creyente, me estoy refiriendo pura y estrictamente al tema en cuestión, que no es más que la existencia de evidencia verificable sobre una eventual intervención divina en el funcionamiento de las leyes naturales. Existen innumerables relatos de milagros, apariciones, curaciones extraordinarias, profecías y acontecimientos atribuidos a la intervención divina. A su vez, estos se encuentran en prácticamente todas las grandes tradiciones religiosas y forman parte de sus narrativas fundacionales. Sin embargo, una cosa es que un acontecimiento haya sido narrado, transmitido durante generaciones y aceptado por una comunidad de creyentes, y otra muy distinta que haya sido registrado bajo condiciones controladas, verificado independientemente y sometido a procedimientos capaces de descartar explicaciones naturales alternativas.

La diferencia no es menor, pues un relato puede poseer un enorme significado espiritual, cultural o moral sin convertirse por ello en evidencia científica. La ciencia no determina la verdad de una creencia por el número de personas que la profesan, por la antigüedad de una tradición ni por la profundidad emocional que produzca en quienes la practican. Su criterio es mucho más incómodo, puesto que aquello que se afirma sobre el mundo debe exponerse, cuando sea posible, a la observación, la contrastación, la posibilidad de refutación y la revisión independiente. Para alcanzar una conclusión que pueda sostenerse más allá de la convicción personal, el conocimiento científico está haciendo todo el peregrinaje necesario para lograr sus objetivos; en otras palabras, observar, formular hipótesis, contrastar resultados, someterlos a escrutinio y permitir que otros intenten refutarlos. Karl Popper (2002) sostuvo precisamente que una característica fundamental de las afirmaciones científicas es su posibilidad de ser sometidas a prueba y, eventualmente, refutadas.

Esto plantea una pregunta que puede resultar incómoda para cualquier creyente: ¿por qué habría de considerarse verdadera una religión y falsas todas las demás? Quizá parte del problema radique en no tener una idea cabal de lo que en realidad se requiere hacer para establecer que una creencia es verdadera y, al mismo tiempo, descartar aquellas que sostienen afirmaciones diferentes. El cristianismo, por ejemplo, no apareció en un vacío histórico ni fue la primera tradición religiosa de la humanidad, debido a que mucho antes de su surgimiento ya existían sistemas religiosos, cosmologías y prácticas rituales de enorme complejidad. El judaísmo es anterior al cristianismo y tradiciones como el hinduismo poseen raíces que se remontan a varios siglos antes de la era cristiana. Mucho más antiguas son, además, las religiones y mitologías de civilizaciones como Egipto y Mesopotamia.

Entonces, ¿qué criterio permite afirmar que una tradición posee la verdad mientras las demás están equivocadas? ¿La antigüedad? Difícilmente, porque existen religiones más antiguas. ¿El número de creyentes? Tampoco, porque las mayorías religiosas han cambiado radicalmente a lo largo de la historia. ¿La intensidad de la experiencia personal? Es insuficiente solo como criterio universal, porque personas pertenecientes a religiones diferentes aseguran haber experimentado con la misma convicción la presencia de sus respectivas divinidades. Que la humanidad haya sido capaz de construir sistemas de pensamiento tan complejos para explicar su existencia y su relación con lo desconocido es, indudablemente, una proeza del ingenio; pero la complejidad de una creencia tampoco constituye, por sí misma, una demostración de su veracidad.

David Hume (2007), al reflexionar sobre los milagros, planteó una dificultad que continúa siendo relevante; verbigracia, antes de aceptar que un acontecimiento extraordinario constituye una violación de las leyes naturales, debemos preguntarnos si la evidencia que lo respalda es realmente más sólida que nuestra experiencia acumulada sobre cómo funciona la naturaleza. Cuando una afirmación comienza a someterse al escrutinio de la evidencia, sus aparentes certezas se van dulcificando poco a poco, pues aquello que parecía indiscutible termina admitiendo matices, condiciones y posibilidades alternativas. En otras palabras, no basta con que un acontecimiento parezca extraordinario; cuanto más extraordinaria sea la afirmación, mayor debe ser la calidad de la evidencia que la sustenta.

Imaginemos, por ejemplo, una situación deliberadamente extrema. Reunamos en un mismo lugar, entre muchos edificios y rascacielos, a varias personas pertenecientes a distintas religiones. Entre ellas podría haber un cristiano, un musulmán, un judío, un hinduista y un budista. Supongamos ahora que, de manera inesperada, se produce un terremoto de magnitud 9,0 en la escala de Richter justo en ese lugar. Todas estas personas oran y suplican; asimismo, tienen una convicción profunda de que su respectiva deidad puede escucharlos y socorrerlos. ¿Qué sucede entonces? Desde el punto de vista de las leyes físicas y geológicas, ninguna de esas filiaciones religiosas modifica la intensidad, la propagación ni los efectos del fenómeno sísmico. En esta situación periférica —donde las convicciones personales quedan al margen de lo que ocurre materialmente—, la gravedad no distingue entre creyentes y no creyentes; la energía liberada por el movimiento de las placas tectónicas no consulta las convicciones espirituales de quienes se encuentran sobre la superficie. Las leyes naturales no parecen poseer conciencia, preferencias ni creencias religiosas, estas no hacen distinciones entre credos porque no tienen la capacidad de creer en ninguno de ellos para operar.

Ahora, podríamos llevar el experimento mental un poco más lejos. Supongamos que, en lugar de reunir sujetos de diferentes religiones, reunimos a personas con distintos vínculos políticos: una liberal, otra conservadora, otra perteneciente al Partido Verde, otra al Centro Democrático, otra a Colombia Justa Libres y otra al Pacto Histórico. Cada una podría formular una plegaria distinta, pedir protección a una divinidad diferente o incluso imaginar que Dios está de su lado. Sería, sin duda, gratamente sorprendente descubrir que alguno de esos fervores pudiera modificar el curso de los acontecimientos; sin embargo, nada indica que la realidad física opere bajo ese criterio de preferencias. Si una gran pared, columna o edificación cae desde determinada altura, caerá y aplastará independientemente de la ideología de quien se encuentre debajo, y si un terremoto libera energía acumulada en una falla geológica, no se detendrá para consultar el partido político de sus víctimas.

Aquí aparece una ironía particularmente interesante, pues hemos llegado al punto de incorporar incluso nuestras preferencias políticas a la imagen que construimos de la divinidad. Algunas personas no solamente quieren que Dios las acompañe en sus decisiones personales, sino que también parecen esperar que comparta sus preferencias electorales, como si nuestras propias posiciones políticas, incluso con sus luces y sus sombras, pudieran adquirir una suerte de legitimidad trascendente por el simple hecho de colocarlas bajo el amparo divino. Pero una deidad convertida en militante político tendría que explicar, al menos, por qué escucha con mayor atención a unos ciudadanos que a otros. Si todos aseguran tenerla de su lado, ¿cómo distinguir entre una convicción espiritual y una proyección de nuestras propias preferencias?

Utilicemos los términos en su justa expresión; la cuestión fundamental, sin embargo, no consiste en demostrar que Dios no existe, pues esa afirmación pertenece a otro terreno. El problema aparece cuando alguien convierte una creencia metafísica en una certeza objetiva y pretende que los demás la acepten como si hubiera sido demostrada empíricamente. Una cosa es decir: “yo creo que Dios intervino en mi vida”, y otra muy distinta afirmar: “sé que Dios intervino en ese terremoto, en esa inundación o en esos incendios forestales” cuando no existe evidencia capaz de distinguir esa explicación de las causas naturales conocidas.

La historia de la humanidad está llena de acontecimientos que alguna vez fueron atribuidos a fuerzas sobrenaturales y que posteriormente encontraron explicaciones científicas: los eclipses, las enfermedades, los rayos, las erupciones volcánicas y numerosos fenómenos celestes fueron interpretados durante siglos mediante narraciones religiosas o mitológicas. Pensar que para avanzar en el conocimiento habría sido necesario ridiculizar esas antiguas explicaciones sería una barbaridad; el conocimiento científico no necesitó burlarse de aquellas interpretaciones para reemplazarlas, simplemente produjo modelos que permitieron describir, predecir y comprobar los fenómenos con una precisión que los relatos míticos no podían ofrecer. Esto tampoco significa que las plegarias carezcan necesariamente de valor, y quizá ahí encontremos una de las formas más interesantes de replantear la oración. Si alguien desea orar para encontrar fortaleza frente a la incertidumbre, para elaborar una pérdida, para aliviar la tristeza, para ordenar sus pensamientos o para contemplar con mayor esperanza aquello que todavía no comprende, esa práctica puede poseer un significado profundo para quien la realiza. La religión, como fenómeno humano, ha producido sistemas de pensamiento, expresiones culturales y formas de interpretar la existencia cuya valía académica nadie niega ni pone en duda; pero reconocer ese valor no obliga a convertir sus afirmaciones sobrenaturales en evidencias científicas. La oración puede transformar la manera en que una persona interpreta su propia existencia, aunque eso no constituya evidencia de que las leyes naturales hayan sido modificadas.

No estoy descubriendo la sopa de ajo al afirmarlo, pero tal vez  valga la pena recordarlo; aquí el asunto no es preguntarnos únicamente si nuestras plegarias son escuchadas, sino también qué esperamos de ellas. Podemos pedir que cambie nuestra manera de afrontar la vida sin exigir que cambie la estructura del universo; podemos buscar consuelo sin convertirlo en evidencia; podemos encontrar significado sin confundirlo con demostración y, de modo similar, podemos conservar una creencia religiosa sin convertirla necesariamente en una teoría científica.

Porque las leyes físicas, químicas, biológicas y geológicas no parecen necesitar de nuestra fe para funcionar y tampoco parecen necesitarla para dejar de hacerlo. Hasta ahora, no hemos logrado documentar de manera reproducible y verificable una excepción que pueda atribuirse inequívocamente a la intervención de una deidad. Lo que tenemos son relatos, tradiciones, testimonios y experiencias personales que, para millones de seres humanos, poseen un significado espiritual incuestionable, pero que no han alcanzado el nivel de evidencia requerido para establecer científicamente que las leyes naturales fueron alteradas.

Aceptar esta distinción no es empobrecer nuestras creencias, es hacerlas más honestas. Cada quien decidirá, entonces, para qué utiliza sus oraciones y sus plegarias, si para pedir que el universo haga una excepción a su favor o para encontrar dentro de sí la fortaleza necesaria para vivir en un universo que, hasta donde sabemos, no hace excepciones. La verdadera libertad de creer comienza cuando dejamos de exigir que nuestra creencia se disfrace de evidencia.

 

Referencias

Hume, D. (1748). An enquiry concerning human understanding. Oxford University Press.

Popper, K. R. (1934). The logic of scientific discovery. Routledge.

Sagan, C. (1995). The demon-haunted world: Science as a candle in the dark. Random House.

Bairon Jaramillo Valencia

Doctor en Socio-educación, magíster en Educación Superior, especialista en TIC para la Educación y licenciado en Humanidades y Lenguas Extranjeras (Inglés).

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.