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Varios debates han suscitado en nuestro país la designación de quienes ocuparán las carteras ministeriales del presidente Abelardo de la Espriella, y con toda razón, especialmente al conocerse los nombres de quienes estarán al frente de los ministerios de Educación y Cultura. Más allá de las críticas sobre sus cualidades personales —que no dejan de ser importantes—, lo verdaderamente relevante es la tarea que tendrán en lo que ellos mismos han denominado la “batalla cultural”.
Esto no es un fenómeno nuevo. La llegada de Donald Trump a Estados Unidos, Javier Milei en Argentina y el fortalecimiento de figuras como José Antonio Kast en Chile han contribuido a masificar ideas asociadas al tradicionalismo, al conservadurismo y a la erradicación de conductas sociales consideradas “desviadas”. Esa lógica, que hoy llega a Colombia con un gobierno de una derecha incluso más radical de lo que históricamente ha representado el uribismo —y ello se evidencia a pocos días de la instalación del nuevo Congreso de la República—, deja entrever una agenda orientada a reducir la diferencia, especialmente la diferencia política e ideológica, aquella que da origen a distintas cosmovisiones sobre el mundo, la sociedad y la vida de los ciudadanos.
Hoy vemos cómo algunos senadores de la República impulsan un proyecto de ley para crear la “Semana Anticomunista”. Ya de entrada, en pleno siglo XXI, quienes entendemos que la diversidad de ideas constituye una de las mayores riquezas de una sociedad observamos esta propuesta con profunda preocupación. Y, desde una perspectiva de análisis literario, vale la pena preguntarnos qué podría llegar a significar una iniciativa de esta naturaleza.
En su novela distópica 1984, George Orwell relata cómo el Partido (The Party), máxima autoridad de Oceanía, organizaba a través del Ministerio de la Verdad (Miniver) la denominada “Semana del Odio”. Este ministerio, encargado de producir propaganda, organizar actos públicos, reescribir la historia y moldear la memoria colectiva, tenía como misión concentrar y canalizar las emociones de la población hacia el odio, reforzar la lealtad al Partido y eliminar cualquier posibilidad de pensamiento crítico que permitiera la existencia de perspectivas distintas a las impuestas por el régimen.
Durante esa semana se realizaban desfiles, discursos, manifestaciones y toda clase de actividades encaminadas a unificar a la sociedad alrededor de un enemigo común, fortalecer el culto al Partido, consolidar el control psicológico mediante la propaganda y normalizar la manipulación de la realidad hasta convertirla en algo cotidiano.
Como ocurre en muchos regímenes que necesitan construir un enemigo para justificar su existencia y legitimar sus acciones, el Partido dirigía todo su aparato político, ideológico, cultural y discursivo contra figuras específicas. El principal de esos enemigos era Emmanuel Goldstein, antiguo miembro del Partido convertido en el gran traidor de Oceanía, así como los enemigos externos que variaban según la conveniencia del régimen: Eurasia o Asia Oriental.
Volviendo ahora al “realismo mágico” de nuestra realidad colombiana, la propuesta de crear una Semana Anticomunista, entendida dentro de la lógica que viene desarrollando la ultraderecha en distintos lugares del mundo —y sobre la cual ya he escrito en anteriores ocasiones—, no puede interpretarse de manera aislada. Este tipo de iniciativas hacen parte de una estrategia orientada a exacerbar el odio y a construir un adversario permanente sobre el cual descargar frustraciones y cohesionar políticamente a determinados sectores.
Lo inquietante no es únicamente que estas propuestas aparezcan, sino que cada vez nos sorprendan menos. Hemos transitado, casi sin advertirlo, por una verdadera Ventana de Overton, desplazando hacia la normalidad discursos que hace apenas unos años habrían resultado escandalosos. Lo hemos visto con las narrativas de Trump frente a los inmigrantes, las minorías étnicas, la población LGBTIQ+ y otros grupos sociales. Lo verdaderamente preocupante es que quienes hoy tienen en sus manos la facultad de legislar parecen hacerlo desde el odio, desde el rechazo a la diferencia y desde la negación de la pluralidad como fundamento de la democracia.
Y el riesgo no se limita al plano del discurso. La historia demuestra que cuando se institucionaliza la estigmatización del adversario político, la violencia simbólica puede terminar abriendo paso a la violencia material. Expresiones como “destripar a los de izquierda”, que algunos consideran simples excesos retóricos, encuentran un terreno fértil cuando desde las instituciones se alimenta la idea de que quien piensa distinto constituye un enemigo al que hay que combatir.
Se avecinan tiempos complejos para la educación y la cultura en nuestro país. Podríamos enfrentar una etapa marcada por la negación de hechos ampliamente aceptados por la sociedad, la construcción deliberada de nuevas narrativas históricas y la promoción de discursos que conviertan incluso a nuestros propios vecinos en adversarios políticos o culturales. Cuando el Estado comienza a definir qué ideas merecen ser celebradas y cuáles deben ser combatidas, el debate deja de ser democrático para convertirse en una disputa por el control de las conciencias.
¿Qué sigue después? ¿Los “Dos Minutos de Odio”? contra una pantalla. Vale la pena volver a Orwell.
“En el sexto día de la Semana del Odio, después de los desfiles, discursos, gritos, cánticos, banderas, películas, figuras de cera, estruendo de trompetas y tambores, arrastrar de pies cansados, rechinar de tanques, zumbido de las escuadrillas aéreas, salvas de cañonazos…, después de seis días de todo esto, cuando el gran orgasmo político llegaba a su punto culminante y el odio general contra Eurasia era ya un delirio tan exacerbado que si la multitud hubiera podido apoderarse de los dos mil prisioneros de guerra eurasiáticos que habían sido ahorcados públicamente el último día de los festejos, los habría despedazado…, en ese momento precisamente se había anunciado que Oceanía no estaba en guerra con Eurasia. Oceanía luchaba ahora contra Asia Oriental. Eurasia era aliada”














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