Los neosofistas

En el verano del año 427 antes de Cristo, Atenas recibió a un visitante singular. Se llamaba Gorgias, venía de Leontinos, en Sicilia, y llegó formando parte de una embajada enviada por su ciudad para pedir ayuda a los atenienses contra Siracusa. Su don de la palabra produjo un gran efecto sobre los atenienses. No llegó como un general victorioso ni como un legislador, sino como algo más difícil de clasificar: un maestro de la palabra.

La escena ha sido contada muchas veces. Ante una audiencia compuesta por ciudadanos influyentes, Gorgias invitaba a que le propusieran cualquier tema —la guerra, la justicia, el amor, la traición— y comenzaba a hablar de inmediato. Además de la fluidez de sus discursos, impresionaba que pudiera convertir cualquier asunto en una experiencia emocionante. Quienes lo escuchaban no salían necesariamente más sabios, pero sí más convencidos, más indignados, más entusiasmados o más temerosos que antes. No era poca cosa. Había descubierto, con bastante anticipación, que a veces basta con mover una emoción para que la razón llegue después, cansada, a justificarla.

La fama que rodeó a Gorgias hizo crecer también la leyenda de haber convertido la palabra en espectáculo y de vestir de púrpura, una extravagancia que parece hecha para el personaje: un hombre que no entraba simplemente a una ciudad, sino que entraba en escena. La túnica, como la retórica, llamaba la atención antes de que comenzara el discurso.

Gorgias comprendió algo que todavía seguimos intentando entender: las palabras no sólo describen la realidad; también pueden transformarla. En el Elogio de Helena comparó las palabras con un pharmakon —remedio, veneno o droga—; una metáfora que conserva intacta su fuerza porque una frase puede consolar, movilizar, reconciliar, humillar o destruir, muchas veces sin que quienes la escuchan adviertan el mecanismo. La palabra entra por el oído con modales de invitada y, cuando queremos darnos cuenta, ya está acomodada en la sala pidiendo café.

Es común ver a Gorgias de Leontinos como uno de los filósofos antiguos menores o como un personaje curioso en los manuales de filosofía. Sin embargo, los sofistas están mucho más presentes en nuestra vida cotidiana de lo que solemos admitir. La historia ha sido particularmente severa con ellos, en gran medida porque la escribieron sus vencedores. Situados en el extremo opuesto de quienes confiaban en la posibilidad de alcanzar una verdad estable, terminaron ocupando el papel de villanos en una historia escrita por sus adversarios. Platón, creador de una de las vetas intelectuales más influyentes de Occidente, los convirtió en antagonistas, condenándolos a ser recordados como traficantes de argumentos, mercenarios de la palabra o prestidigitadores de la persuasión.

Algo de eso había, sin duda, pero no es la historia completa. En época de los sofistas Grecia era un hervidero político y Atenas, la más brillante de sus ciudades, intentaba refinar aquel tumulto. Aunque los viejos mitos conservaban todavía su prestigio, habían dejado de ser la única fuente de autoridad. La tradición seguía presente, pero comenzaba a perder capacidad para resolver por sí sola los problemas de una sociedad cada vez más compleja. Los ciudadanos descubrían que podían discrepar acerca de la justicia, la guerra, la ley o el gobierno y habían empezado a vivir en un mundo donde las certezas comunes se debilitaban.

Y cuando las certezas se debilitan, aparecen siempre quienes ofrecen venderlas de nuevo, preferiblemente empacadas y con buena publicidad.

Aquella transformación social produjo una nueva clase de intelectuales: hombres que enseñaban a argumentar, persuadir y desenvolverse en una esfera pública cada vez más compleja. Fue precisamente en ese mundo más incierto donde prosperaron los sofistas. La experiencia, vista desde la distancia, no resulta tan ajena a la nuestra.

Sin embargo, hablar de «los sofistas» como si constituyeran una escuela homogénea resulta engañoso. Como suele ocurrir en todas las familias intelectuales, se parecían mucho menos entre sí de lo que sus adversarios estaban dispuestos a reconocer. Si Gorgias parecía fascinado por el poder emotivo de las palabras y Trasímaco se interesó por las relaciones crudas entre el poder y la justicia, Protágoras dedicó buena parte de su vida a una cuestión más difícil y quizá más importante: cómo puede existir una comunidad política cuando los ciudadanos discrepan acerca de casi todo.

Precisamente por eso, la posteridad rara vez reconoce con justicia. Las frases memorables se las llevó Gorgias, la celebridad filosófica se la llevó Platón y la fama del escándalo se la llevó Trasímaco. A Protágoras le correspondió un destino más ingrato: quedarse pensando problemas para los que no existen soluciones espectaculares. No buscaba una verdad revelada ni celebraba el triunfo del más fuerte, sino que intentaba comprender cómo podían convivir hombres razonables en ausencia de certezas absolutas. En el diálogo platónico que lleva su nombre, Protágoras explica que una comunidad humana no puede sostenerse solamente con habilidades técnicas: necesita también aquello que los griegos llamaban aidós y diké, una mezcla de respeto, sentido de la convivencia y justicia.

La pregunta es agónica, pero las respuestas más heroicas son emocionales y suelen ser placebos. Protágoras tenía, por decirlo de algún modo, la mala costumbre de no prometer milagros.

Dos milenios después, cuando se observa la conversación pública contemporánea resulta inevitable recordar aquella antigua disputa, aunque nos gusta pensar que vivimos en una época radicalmente nueva porque nos rodean tecnologías inéditas. Sin embargo, la novedad técnica suele ocultar la continuidad de los problemas humanos. Los algoritmos y las plataformas son nuevos, pero la ansiedad por captar la atención ajena es tan antigua como la plaza pública, tan antigua quizá como el primer cazador que exageró el tamaño del jabalí para volver más interesante el relato de su aventura.

Gorgias necesitaba un teatro, una multitud y una presencia capaz de dominar el espacio; nosotros hemos simplificado el procedimiento mediante la pantalla y el cálculo algorítmico. Si Gorgias debía adivinar qué conmovía a sus oyentes, las plataformas trabajan con ventajas que él habría considerado de origen sobrenatural. Saben qué nos enternece, qué nos enfurece, qué nos asusta y qué despierta nuestra curiosidad. Saben cuándo nos detenemos unos segundos ante el video de una pelea callejera o de una catástrofe, cuándo una noticia sobre corrupción nos provoca indignación inmediata, cuándo abrimos por tercera vez una historia alarmante sobre inseguridad, cuánto nos hipnotiza una lentejuela y cuándo seguimos un discurso político sólo porque confirma lo que ya pensábamos.

A partir de esos rastros van componiendo relatos como un boticario que ajusta una fórmula: añaden una alarma, retiran una duda, aumentan la dosis de indignación o suavizan una esperanza. Luego observan el efecto y corrigen la mezcla. Y vuelven a hacerlo.

Gorgias tenía talento; el algoritmo tiene estadísticas.

Los algoritmos no son demonios ni dioses, pero han multiplicado la capacidad de distribuir emociones a una escala desconocida, haciendo que el viejo pharmakon de Gorgias circule hoy con una eficacia industrial.

Esta observación sería apenas una curiosidad sociológica si no fuera porque aparece acompañada por la figura de Trasímaco, quien en La República formuló una de las afirmaciones más brutales de la historia política: «La justicia no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte».

Han transcurrido más de dos mil años y seguimos tropezando con la misma piedra. Trasímaco no estaba pensando en algoritmos ni en redes sociales. Estaba pensando en algo más elemental: el poder, en la capacidad de algunos hombres para decidir las reglas que los demás deberán obedecer y, más aún, para presentar esas reglas como si fueran naturales o inevitables, fatales. El poder tiene, entre otras virtudes, la de presentarse siempre con cara de necesidad.

Detrás de muchas disputas contemporáneas sobre la información, las narrativas y la posverdad reaparece una versión moderna de aquel viejo problema: quién consigue definir la realidad compartida, quién establece el marco dentro del cual los hechos adquieren significado y quién dispone de los recursos necesarios para imponer una interpretación sobre otras rivales. En otras palabras: ¿quién termina ganando la guerra por el relato? Y, ya sin recato, por la verdad.

Pero, ¿entonces Platón tenía razón? ¿La sigue teniendo? Si, como concluye Trasímaco, todo fuera una cuestión de fuerza y de relatos eficaces, Platón tendría razón. Bastaría contemplar el espectáculo de una ciudad arrastrada por la elocuencia de sus oradores para comprender por qué dedicó buena parte de su vida a buscar un punto firme fuera del tumulto. Hay algo profundamente respetable en esa empresa. Después de escuchar durante años a sofistas, demagogos, políticos oportunistas, generales engreídos y vendedores de humo, es comprensible que terminara soñando con un lugar donde las opiniones dejaran de hacer tanto ruido. Atenas acababa de enseñarle que una multitud podía aclamar una cosa por la mañana y la contraria por la tarde. Ante semejante inestabilidad, no resulta extraño que buscara una verdad menos voluble que los hombres.

¿No es acaso eso también lo que prometen los neoplatónicos de hoy, especie de sanagustines de la ciudad de Dios, predicadores del miedo, pastores del parloteo, caricaturas de los sofistas: construir sobre una roca en medio de la crecida?

El problema es que los seres humanos no viven sobre rocas, sino en medio de la corriente. Deciden sin saberlo todo, juzgan sin disponer de todas las pruebas y rectifican más de lo que les gustaría admitir. Ese fue el territorio de Protágoras: no el de las certezas perfectas de Platón, tampoco el del cinismo de Trasímaco, sino el de los hombres que deben convivir y gobernarse aun cuando ninguna voz posee la última palabra. Que no es poco. Y es también el territorio de Aristóteles, quien sabía que los asuntos humanos rara vez admiten la exactitud de la geometría y que la prudencia consiste precisamente en eso: en decidir cuando todavía faltan datos, en juzgar cuando las evidencias son incompletas y en actuar sin la comodidad de una certeza definitiva.

Los neosofistas contemporáneos han conservado una parte de la herencia sofística y han olvidado otra: conocen admirablemente a Gorgias, conocen bastante bien a Trasímaco, pero han dejado de leer a Protágoras.

La paradoja sigue siendo la misma: las sociedades libres necesitan palabras para gobernarse, pero esas mismas palabras pueden deformarlas; necesitan persuasión, pero la persuasión puede degenerar en manipulación; necesitan desacuerdos, pero demasiados desacuerdos pueden destruir el espacio común que los hace posibles.

Por eso sospecho que el verdadero problema de nuestro tiempo no consiste únicamente en la proliferación de nuevos Gorgias ni en la persistencia de nuevos Trasímacos, que es en verdad un gran problema, sino en la paulatina desaparición de los herederos de Protágoras. Cada día encontramos más especialistas en movilizar emociones, en administrar indignaciones o en producir certezas, y menos personas interesadas en sostener una conversación entre individuos que no piensan igual. Es una tarea que carece de glamour, no produce viralidad, no genera entusiasmo multitudinario y rara vez convierte a alguien en una celebridad. De hecho, suele producir exactamente lo contrario: aburrimiento, impaciencia y sospecha. Vivimos en una época que admira a quien gana una discusión y presta mucha menos atención a quien consigue que la discusión continúe sin convertirse en una guerra.

Los neosofistas prosperan precisamente en esa grieta, y acaso la tarea política e intelectual de nuestro tiempo consista menos en derrotarlos que en reconstruir, una y otra vez, el frágil escenario donde la conversación siga siendo posible. No parece una tarea heroica, ni produce estatuas, pero quizá la democracia, después de todo, nunca haya sido un arte de héroes, sino el modesto oficio de impedir que los vecinos terminen hijueputiándose.

Al final, cuando la excitación de la actualidad se desvanece y los grandes escándalos son sustituidos por otros igualmente urgentes, la vieja conversación ateniense continúa esperándonos. Gorgias sigue afinando la voz antes de subir a la tribuna; Trasímaco conserva todavía la expresión incómoda de quien sospecha que el poder nunca abandona del todo la escena; Protágoras continúa preguntándose cómo pueden convivir hombres que no piensan igual; Platón sigue buscando un punto firme desde el cual ordenar el tumulto y Aristóteles sigue invocando la frónesis. Todos ellos, de algún modo, siguen sentados entre nosotros.

Y quizá la desgracia no sea que hayan regresado los sofistas, sino que hayamos aprendido a escucharlos demasiado bien

Fabio Humberto Giraldo Jiménez

Profesor de Ciencias políticas de la Universidad de Antioquia, Medellín Colombia. Ejercí, además, como Director del Instituto de Estudios Políticos (5 años) y como Director general de Posgrados (5 años) de la misma universidad. Como profesor jubilado dicto actualmente una cátedra sobre opinión política y me dedico casi exclusivamente a la lectura y a la escritura de textos de opinión.

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