La educación entre emociones y algoritmos: reflexiones a partir del II Congreso Internacional de Innovación Educativa y Prácticas Pedagógicas Inclusivas

Jorge Andres Aristizabal Gomez

“Mientras el mundo discute cada vez con más intensidad el papel de la inteligencia artificial en la producción de conocimiento, buena parte de las reflexiones pedagógicas contemporáneas insistan en recordarnos algo aparentemente elemental: que aprender sigue siendo una experiencia profundamente humana. Una experiencia atravesada por emociones, afectos, miedos, expectativas y formas particulares de habitar el mundo”


El pasado jueves 13 de agosto se llevó a cabo el II Congreso Internacional de Innovación Educativa y Prácticas Pedagógicas Inclusivas, bajo el liderazgo de la Revista Científica Avancemos en Educación, el Grupo Educativo Avancemos y la Universidad de Medellín.

Allí se dieron cita docentes de educación básica, media y superior, investigadores y estudiantes interesados en los retos que implica pensar los procesos de enseñanza y aprendizaje en un mundo convulso y en constante transformación. Esta columna no pretende resumir la totalidad del evento —tarea ardua dada su magnitud y la breve extensión de estas líneas—, sino recoger algunas ideas que considero especialmente significativas para contribuir a la reflexión y al intercambio de conocimientos.

Se trata de una selección arbitraria, subjetiva y absolutamente fundamentada en la apreciación de quien escribe; y, sobre todo, de un abrebocas para que quienes leen estas líneas se agenden desde ya para la III edición, que se llevará a cabo en 2027.

Los procesos cognitivos son procesos emocionales

Como es habitual en este tipo de eventos académicos, cada edición suele estar acompañada por un eslogan que expresa el interés temático predominante. El escogido para esta ocasión fue Educar desde la emoción: prácticas pedagógicas emocionalMENTE conscientes, encapsulando una apuesta por incorporar el componente socioemocional a la discusión pedagógica y contribuir a superar la histórica dicotomía entre razón y emoción.

Así, el evento se constituyó en una invitación a comprender que los procesos de aprendizaje, aunque tengan como propósito último la construcción de conocimiento objetivo y aparentemente racional, están mediados por las dinámicas socioemocionales de quienes participan en ellos. Esto hasta tal punto que resulta imposible establecer una frontera precisa entre lo emocional y lo racional.

Esta afirmación no es menor. Implica reconocer que dejar por fuera del currículo el componente emocional no dota al proceso educativo de un velo de objetividad; por el contrario, debilita su rigurosidad al desconocer los elementos subjetivos que subyacen a todo ejercicio de construcción de conocimiento. Partiendo de esta base, la profesora Carina Kaplan propuso varias ideas que considero vale la pena consignar aquí.

En primer lugar, se posicionó desde una perspectiva que articula justicia social y reflexión pedagógica situada para plantear el concepto de justicia afectiva, entendida como el derecho que tienen los estudiantes —aunque podríamos extender la definición a docentes y directivos— a ser cuidados, amados y protegidos, independientemente de cualquier condición social. Esta idea, que en esencia parece simple, suele perderse entre las marañas de la burocracia institucional, impidiéndonos ver que detrás de cada estudiante hay una persona capaz de sentir, aunque muchas veces sin la motivación o las condiciones para hacerlo.

En segundo lugar, retomando las reflexiones de Martha Nussbaum, invitó a estimular la empatía y la imaginación narrativa dentro del aula. ¿De qué se trata este concepto? En términos simples, de reconocer que la forma en que enseñamos contribuye a producir imaginarios que acompañarán al estudiante durante toda su vida. Por ejemplo, si las clases de Historia se dictan siempre desde la perspectiva del hombre blanco, es posible que los estudiantes crezcan pensando que el papel de las mujeres o de las poblaciones étnicas en la historia ha sido insignificante.

Finalmente, Kaplan reconoce que la digitalización del mundo actual impone retos inéditos, en tanto la cultura digital y la cultura escolar se hibridan, llevando al aula prácticas y prejuicios habituales en los entornos virtuales, frente a los cuales muchos docentes aún no cuentan con suficientes herramientas. No se trata únicamente de la inteligencia artificial —tema que abordaré en el siguiente apartado—, sino también de la consolidación de lenguajes y dinámicas que llevan a otro nivel problemáticas psicosociales como el bullying, la ansiedad y la depresión.

Dos conceptos para la pedagogIA

Como era de esperarse, ningún espacio de reflexión académica que aspire a identificar los retos contemporáneos de la educación puede dejar por fuera la discusión sobre la inteligencia artificial generativa. En esta ocasión, la conversación fue liderada por el profesor Daniel Castaño Zapata, quien identificó rápidamente la magnitud del desafío: ya no estamos frente a tecnologías que simplemente almacenan saberes, sino ante herramientas capaces de producir nuevas respuestas.

Su intervención estuvo profundamente nutrida por reflexiones teóricas sobre la técnica, transitando por autores como Foucault, Althusser y Heidegger, entre otros. Sin embargo, me quedo con dos conceptos que, a mi juicio, pueden servir como hoja de ruta para enfrentar el reto de la IA en la educación.

El primero es el de alfabetización epistemológica, que tiene que ver con aprender a comprender y valorar la forma en que se construye el conocimiento, más allá de los resultados finales que este produce. Frente a dispositivos que nos entregan respuestas rápidas, sin sustento visible y sin que conozcamos los procesos que ocurren detrás de la pantalla, reconocer el valor de la construcción del conocimiento se vuelve una necesidad urgente. Esto implica no solo una reflexión ética y filosófica, sino también una reconsideración de las formas de evaluación que implementamos en nuestro ejercicio docente. Más que resultados —que bien podría entregar una IA—, se hace necesario evaluar procesos.

El segundo concepto es el de soberanía pedagógica. Parte de reconocer que, lejos de tener la capacidad de pensar —interrogarse, situarse o afectarse—, las herramientas de inteligencia artificial poseen la capacidad de razonar: relacionar, encadenar, formalizar y comparar. En consecuencia, la habilidad que debe estimularse en estudiantes y docentes es la de decidir qué parte del proceso de construcción de conocimiento se delega a la máquina, cuál se desarrolla en colaboración con ella y cuál debe realizarse sin su intervención. No existen fórmulas prediseñadas. Cada persona y cada área del conocimiento poseen particularidades que pueden conducir a estrategias diferentes. Sin embargo, no cabe duda de la necesidad de que la reflexión sobre la soberanía pedagógica esté presente en todos los escenarios formativos.

Una conclusión que no es una conclusión

Como mencioné al inicio, la brevedad de este formato no hace justicia a la amplitud de reflexiones que emergen en este tipo de eventos académicos. En esta ocasión opté por detenerme en dos conferencias que, aunque abordaban asuntos distintos, parecían converger en una misma preocupación: la necesidad de repensar qué significa educar en una época atravesada simultáneamente por crisis sociales, transformaciones culturales y desarrollos tecnológicos sin precedentes.

No deja de resultar llamativo que, mientras el mundo discute cada vez con más intensidad el papel de la inteligencia artificial en la producción de conocimiento, buena parte de las reflexiones pedagógicas contemporáneas insistan en recordarnos algo aparentemente elemental: que aprender sigue siendo una experiencia profundamente humana. Una experiencia atravesada por emociones, afectos, miedos, expectativas y formas particulares de habitar el mundo. Quizás por eso conceptos como justicia afectiva, alfabetización epistemológica o soberanía pedagógica adquieren hoy una relevancia especial. Todos ellos, desde lugares distintos, nos invitan a preguntarnos cómo construir escenarios educativos capaces de aprovechar las posibilidades de la tecnología sin renunciar a aquello que nos hace humanos.

Por eso, más que una conclusión, este cierre quiere ser un recordatorio. Ante un mundo hiperacelerado, donde la inmediatez suele imponerse sobre la comprensión y las respuestas parecen llegar más rápido que las preguntas, quizá una de las tareas más urgentes de la educación sea precisamente recuperar espacios para la reflexión. Reflexionar sobre cómo conocemos, cómo nos relacionamos con los otros y cómo queremos habitar un futuro que ya empezó a llegar. Para esa tarea, espacios como el Congreso Internacional de Innovación Educativa y Prácticas Pedagógicas Inclusivas continúan siendo un escenario privilegiado.

Jorge Andrés Aristizábal Gómez

Historiador y magíster en Estudios Socioespaciales. Docente, investigador y columnista. Escribo sobre educación, territorio, cultura y construcción de paz, con especial interés en las preguntas que surgen cuando la sociedad, la tecnología y la experiencia humana se encuentran.

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