“La buena estructura del discurso pronunciado por De la Espriella se nota más en el bajo nivel de las críticas que recibió”
Con la arrogancia que ha caracterizado al establecimiento bogotano durante toda la historia republicana (e incluso antes de ser república) de Colombia, el himno de Bogotá reza que en “la patria no hay otra ni habrá”. Todo el flujo de información y el poder decisivo del país ha girado históricamente en torno a la capital, lo cual nos ha significado constantes sangrientos conflictos territoriales.
Después de cuatro años de un gobierno delirante por decir lo menos, el nuevo proyecto político del presidente Abelardo De la Espriella empezó su periodo con la promesa de instituir sedes alternas de la presidencia en diferentes ciudades del país. Una bandera que, sin ser el núcleo de sus promesas de campaña, ya deja entrever que – a diferencia de lo que dicen sus contradictores – el nuevo presidente está enfocado en trabajar seriamente en favor del bienestar de los colombianos que más lo necesitan.
A diferencia del gobierno saliente que se llenaba la boca hablando a favor de los más desfavorecidos para ganar el afecto de incautos mientras el presidente pasaba más tiempo en agenda privada y viajes internacionales que no dejaban ningún resultado concreto y a largo plazo, el nuevo gobierno en unos pocos días ha demostrado compromiso con la población proponiéndose mostrar resultados concretos en la lucha contra grupos al margen de la ley, descentralización y la atención de una emergencia causada por un desastre natural histórico.
En el primer discurso que dio el presidente el día de su posesión, que aunque extenso, fue el mejor estructurado de los últimos cuatro años dado por un presidente en Colombia, el nuevo mandatario – contrariando nuevamente a sus infundados críticos – demostró que es lo suficientemente democrático como para respetar la división de poderes, garantizar el dialogo institucional y trabajar arduamente por mantener el orden en el territorio nacional además de recuperar el territorio cooptado por grupos criminales. Confiamos en que esto se mantenga a lo largo de todo su periodo.
La buena estructura del discurso pronunciado por De la Espriella se nota más en el bajo nivel de las críticas que recibió, las cuales se enfocaron más en atacar el carácter confesional de la ceremonia. Pero tal vez ya es hora de que los colombianos reconozcamos que no somos un país ateo y probablemente ni siquiera laico, sino más bien aconfesional. Por ejemplo, países como España establecen en su constitución que son un Estado aconfesional, es decir aquel que no tiene una religión oficial. En este escenario, el Estado no se une a ninguna fe ni la impone a sus ciudadanos. Sin embargo, a diferencia de un Estado totalmente laico, éste puede hablar, cooperar o firmar acuerdos con grupos religiosos presentes en la sociedad.
Leyendo la última definición, parece evidente que Colombia ya reúne estás características muy a pesar de lo que reza su constitución. Tal vez es hora de que los que se llaman progresistas entiendan que el verdadero progresismo se trata de poder dialogar con todas las corrientes de pensamiento y de fe, y no de imponer a todos una única visión sesgada donde se prohíba que las personas manifiesten sus creencias.
Estos cuatro años serán una gran oportunidad para demostrarle al mal llamado gobierno “del cambio” que los cambios se generan con esfuerzo, transparencia e integración en contraposición a la división a través del odio, la pereza y la charlatanería.














Comentar