
«Toda la diferencia entre una mala y una buena forma de ver el mundo es esta: una se limita al efecto visible; la otra tiene en cuenta lo que se ve y lo que no se ve.»
—Adaptado de Frédéric Bastiat, “Lo que se ve y lo que no se ve”
No suelo escribir acerca de autores. Pero considero que hay ideas que trascienden a quien las formuló y que vale la pena compartir cuando han acompañado de manera constante mi experiencia en el activismo.
Doscientos veinticinco años después de su nacimiento, estoy profundamente convencida de que una de las contribuciones más valiosas de Frédéric Bastiat no fue una teoría económica compleja ni un tratado académico de cientos de páginas. Fue una pregunta: ¿qué no estamos viendo?
Esa pregunta parece sencilla. Sin embargo, una vez que aprendes a hacerla, resulta muy difícil volver a mirar el mundo del mismo modo.
Durante mis primeros años en la universidad, tenía una obsesión bastante ambiciosa: quería entender cómo funcionaba la economía, la política y la sociedad. Empecé leyendo algunos libros sobre libertad que me condujeron a las ideas que hoy en día defiendo, de los cuales recuerdo La mentalidad anticapitalista de Ludwig von Mises, La llamada de la tribu de Mario Vargas Llosa, Los fundamentos de la libertad de Friedrich Hayek y, más adelante, diversas obras de Adam Smith, Milton Friedman, John Locke, entre otros autores. En esa búsqueda también encontré un compilado de ensayos de Frédéric Bastiat; allí conocí textos como La ley, Armonías económicas y El Estado, por citar solo tres ejemplos.
De todos ellos, hubo uno que terminó acompañándome mucho más de lo que imaginaba: Lo que se ve y lo que no se ve.
A primera vista, Lo que se ve y lo que no se ve parece un ensayo sencillo. Bastiat utiliza ilustraciones cotidianas —la más famosa, la historia de la ventana rota— para explicar un principio que, una vez entendido, sirve para analizar prácticamente cualquier política pública (presten atención: cualquier política pública). Su argumento es que solemos concentrarnos únicamente en los efectos inmediatos y visibles de una decisión, mientras ignoramos sus consecuencias indirectas: aquellas oportunidades que desaparecen, las inversiones que nunca se realizan, los empleos que jamás llegan a existir o las alternativas que quedan descartadas.
Lo fascinante es que una idea tan simple permite explicar fenómenos económicos sumamente complejos.
No es casualidad que décadas después Henry Hazlitt diera vida a su famoso libro Economía en una lección, inspirado en esa misma premisa. De hecho, el primer capítulo del libro desarrolla precisamente la enseñanza de Bastiat y, a partir de ella, explica cuestiones como los impuestos, los aranceles, los subsidios, los controles de precios y otras intervenciones económicas. Siempre he pensado que ese libro logra algo extraordinario: enseñar economía con una claridad que muchos manuales universitarios nunca consiguen.
Con los años descubrí que el mayor aporte de Bastiat no fue ayudarme a entender la economía: fue ayudarme a comprender mejor a las personas y al mundo.
Con frecuencia, en el debate público reducimos a una persona a una opinión, un voto o una publicación en redes sociales. Percibimos una postura política y creemos haber entendido a quien la sostiene. No obstante, casi nunca alcanzamos a ver la historia que hay detrás.
A lo largo de mi trabajo en el mundo del activismo he conversado con personas que piensan de formas muy distintas a la mía. En más de una ocasión he descubierto que tras ciertas posiciones políticas laten experiencias profundamente personales: historias de violencia, pobreza, discriminación o desconfianza en las instituciones. Incluyendo el caso de mujeres con posturas feministas muy radicales, donde ese discurso suele estar marcado por vivencias de violencia sexual o abuso, lo que influye de manera decisiva en su concepción de las relaciones de género. Eso no significa que acabara compartiendo todas sus conclusiones, aunque sí me llevó a comprender mejor cómo llegaron a ellas.
Fue entonces cuando advertí que el principio de Bastiat podía aplicarse igualmente fuera de la economía. Lo que vemos es una opinión; lo que no vemos es la vivencia y experiencia que la precede.
Y esa diferencia cambia por completo el lenguaje en el que dialogamos.
En una época marcada por la polarización, probablemente una de las mejores lecciones que podemos rescatar de Bastiat no sea exclusivamente económica. Su mayor legado es recordarnos que la realidad no se agota en aquello que aparece a simple vista. Que detrás de cada política existen consecuencias invisibles, pero detrás de cada persona también existen historias invisibles.
Creo que esa forma de mirar el mundo nos hace mejores analistas y, sobre todo, mejores seres humanos. Nos obliga a escuchar antes de juzgar, a comprender antes de etiquetar y a recordar que una sociedad abierta no se construye solo con buenas instituciones. Requiere, además, ciudadanos capaces de reconocer que rara vez poseen toda la información.
Doscientos veinticinco años después del nacimiento de Bastiat, ese sigue siendo, para mí, su legado más vigente: enseñarnos a observar una segunda vez. Y quizá por eso el título de esta columna no es una metáfora, sino una pregunta abierta que sigue vigente: ¿qué no estamos viendo?
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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