Resumen Económico de la Semana del 03 al 07 de Agosto de 2026

Resumen Ejecutivo

La semana invirtió el signo de la anterior. Hace siete días el crudo empinaba las curvas y el dato empujaba a subir tasas; esta semana el petróleo cedió más del 7% y un mercado laboral estadounidense que se quiebra por segundo mes desarmó la subida que tres gobernadores de la Fed reclamaban. La economía destruyó 23.000 empleos en julio, las revisiones recortaron otras 103.000 plazas de mayo y junio, y la participación laboral cayó a mínimos de 1976 excluyendo la pandemia. El desempleo bajó al 4,1%, pero por la peor razón: 264.000 personas dejaron de buscar trabajo. La inflación, entretanto, no acompañó ese giro y se mantuvo cerca del doble de la meta, dejando a la Fed atrapada entre unos precios que no ceden y un empleo que se contrae, con el consenso partido entre quienes ven un alza en octubre y quienes ya descuentan un recorte.

El resto del tablero se reorganizó en torno a esa Fed en pausa. Los Tesoros que amenazaban con romper al alza cerraron cayendo tras el dato de empleo, el dólar se debilitó a mínimos de seis semanas, el oro voló cerca del 7% hasta máximos de dos meses y Wall Street firmó récord al leer en clave alcista la misma debilidad que asusta a la economía real. Europa quedó al margen del ruido de tasas y enfrentó un choque físico: la peor sequía de sus ríos en 150 años golpeó la logística y la energía alemanas justo cuando su industria apenas se recupera. Asia divergió como siempre, con el servicio chino en mínimos de casi dos años y un Japón cuya normalización monetaria queda rehén de una primera ministra que la frena, mientras el yen sigue apostando a la baja pese a la intervención conjunta con Washington. México y Brasil convergieron en una misma pausa desde extremos opuestos, ambos con un deterioro fiscal que la calma monetaria disimula.

Colombia vivió su semana de mayor densidad política. El 7 de agosto asumió Abelardo de la Espriella, y su ministro de Hacienda designado cifró el déficit real en 7,8% del PIB —muy por encima del 6,4% oficial— y anunció el mayor recorte de gasto de la historia republicana. Washington acompañó el relevo con un paquete de seguridad de 1.000 millones de dólares y la entrada del país al Escudo de las Américas. En los mercados, el COLCAP y los TES se movieron a ritmo local mientras el peso se apreciaba a mínimos de siete años, montado sobre la debilidad del dólar más que sobre méritos internos. El apetito por los activos colombianos no nace de una fortaleza propia sino de un dólar débil, un carry que la tasa alta sostiene y un offshore que ya recorta posiciones en TES, tres corrientes externas que el mismo crudo capaz de revertir su curso en dos sesiones puede invertir sin aviso, justo cuando un gobierno nuevo estrena un ajuste fiscal que aún no ha probado ejecutar.

 

I. Estados Unidos: el mercado laboral pierde empleo por segundo mes consecutivo y desarma la subida de tasas que tres gobernadores de la Fed exigen

La economía estadounidense destruyó 23.000 empleos en julio cuando el consenso proyectaba la creación de entre 80.000 y 100.000, y las revisiones que acompañan al dato pesan más que el dato mismo. Las nóminas de mayo y junio se recortaron en 103.000 plazas combinadas, de modo que lo que parecía un tropiezo aislado del mes anterior se confirma como el segundo registro negativo consecutivo y desmiente el arranque de año que se había leído como sólido. La caída no salió de un sector accidental: la educación pública local recortó 50.000 puestos, el comercio minorista 19.000 ─concentrados en clubes de almacén, supercentros y estaciones de servicio─ y las actividades financieras otros 14.000, un rubro que acumula 121.000 empleos perdidos desde su máximo de mayo de 2025. Solo la salud sostuvo el agregado con 22.000 altas, aunque esa cifra queda por debajo de su propio promedio mensual de 36.000 del último año. La manufactura y la construcción, los sectores que la política arancelaria pretende repoblar, apenas se movieron, y el relato oficial de un resurgir industrial se apoya en 22.000 altas en construcción y 5.000 en fábricas que el propio informe no confirma como tendencia.

La tasa de desempleo hizo lo contrario de lo que sugiere su descenso. El paro cayó al 4,1% desde el 4,2%, pero descendió por la peor de las razones: no lo empujó una mayor ocupación sino la salida de 264.000 personas de la fuerza laboral, un éxodo que arrastró la tasa de participación al 61,4%, mínimo desde comienzos de 2021 y, excluyendo los años de pandemia, el registro más bajo desde 1976. La tasa de empleo cedió al 58,9% y la medida ampliada U-6, que suma subempleados y trabajadores desalentados, se mantuvo clavada en 7,9%. Un desempleo que baja porque la gente deja de buscar trabajo no es señal de fortaleza sino de rendición, y el ingreso por hora lo ratifica al avanzar apenas 0,1% en el mes ─dos centavos, hasta 37,62 dólares─ frente al 0,3% esperado, con el interanual moderándose al 3,2% tras revisarse a la baja el 3,4% de junio. Barkin, de la Fed de Richmond, cifró ese cuadro con una fórmula precisa al describir el mercado como un equilibrio débil, con ganancias de empleo entre cero y moderadamente positivas, ni laxo ni ajustado: los empresarios no contratan pero tampoco despiden, una parálisis que no es estabilidad sino la antesala de la ruptura.

La inflación, entretanto, se niega a colaborar y despoja a la Fed de la salida fácil. El deflactor del consumo personal subió 3,7% interanual en junio, casi el doble del objetivo del 2% que el banco lleva más de cinco años sin alcanzar, y esa persistencia es la que sostiene a los tres disidentes de la reunión de julio ─los presidentes de Kansas City y St. Louis entre ellos─ que votaron por subir porque la política actual, a su juicio, no aprieta lo suficiente. La productividad ofreció el único respiro genuino al crecer 1,4% anualizado en el segundo trimestre, por encima del 1,3% previsto, con los costes laborales unitarios contenidos en 1,3% frente al 2,1% esperado, la combinación que la Fed y el mercado confían en que la inversión en inteligencia artificial prolongue para domar la inflación sin sacrificar empleo. Pero esa apuesta es de mediano plazo y no resuelve el dilema inmediato, porque el banco central enfrenta ahora dos riesgos que empujan en direcciones opuestas: subir para contener unos precios que no ceden agravaría un mercado laboral que ya se contrae, y esperar para proteger el empleo dejaría correr una inflación que lleva un lustro por encima de la meta.

El mercado resolvió la ambigüedad antes que la Fed y reescribió sus apuestas en cuestión de horas. La probabilidad de un alza en septiembre, que rondaba el 60% antes del informe de empleo, se desplomó tras conocerse la pérdida de nóminas, y el bono a 10 años recogió el giro cayendo hasta cerca del 4,6% desde el 4,64% previo, mientras los futuros de las bolsas ampliaban ganancias con el Nasdaq 100 liderando cerca del 1,2%. La lectura del consenso, sin embargo, dista de ser unánime, y esa división es la que define la incógnita de las próximas semanas. Omair Sharif, de Inflation Insights, sostiene que un comité obsesionado con la inflación podría ignorar la sorpresa laboral y subir si los datos de precios de julio y agosto se mantienen firmes; Rick Rieder, de BlackRock, coincide en que la Fed seguirá priorizando el panorama inflacionario; Macquarie va más lejos y proyecta un alza directamente en octubre, apoyada en que la mayoría del FOMC puede imponerse a la preferencia de Warsh de no moverse. En la vereda opuesta, Citigroup rompe con todos y anticipa que el próximo paso será un recorte, quizá en octubre, por la necesidad de equilibrar el riesgo inflacionario al alza contra el deterioro del empleo a la baja. El foco se traslada así al IPC de julio de la próxima semana, el dato que inclinará una balanza que hoy está genuinamente repartida.

Warsh, por su parte, eligió el silencio como método y dejó que los mercados formaran sus propias opiniones, una ambigüedad que Trump alimentó al declarar que la capacidad del presidente de la Fed para fijar la política depende un poco de él, pero no completamente, una frase que siembra dudas sobre la autonomía real de la conducción monetaria a tres meses de las elecciones de mitad de mandato. El resto de la Junta habló con más claridad: Williams, de Nueva York, espera que la inflación baje el próximo año pero avisó que actuaría si la economía se desvía de la senda del 2%; la gobernadora Cook respaldó un alza de ser necesario. La tasa hipotecaria a 30 años, el termómetro que traduce todo este pulso al bolsillo del hogar, subió al 6,69% desde el 6,66%, por encima del 6,63% de hace un año, y confirma que el costo del dinero para la economía real sigue tensándose aun cuando el mercado apueste por una pausa.

El frente comercial y de suministros aportó la nota de política industrial de la semana. La administración respaldó tres proyectos de minerales críticos con 58 millones de dólares en préstamos del ExIm ─25 millones para el grafito de Westwater en Alabama, 25 para el procesamiento de tantalio y niobio de Global Advanced Metals en Pensilvania, y 8 para el boro de 5E Advanced Materials en California─ en un esfuerzo por reducir la dependencia de los suministros chinos bajo el argumento de que la seguridad de los minerales críticos es seguridad nacional. La jugada convivió con un arancel del 15% a los productos derivados del polisilicio, la materia prima de paneles solares y semiconductores, diseñado para blindar a las fábricas estadounidenses frente a la cadena de suministro china. Y en el frente fiscal, dos movimientos acotaron el ruido de corto plazo: el Senado aprobó financiación temporal para las agencias federales hasta el 11 de diciembre, eliminando el riesgo de un cierre antes de las elecciones, mientras el gobierno completó reembolsos por unos 100.000 millones de dólares en aranceles que la Corte Suprema declaró inconstitucionales, una devolución que los críticos objetan porque fue a parar a las empresas importadoras y no a los hogares. El déficit comercial, por su parte, se redujo 5,6% en junio hasta 73.300 millones, aunque por la vía menos sana: cayeron tanto las importaciones como las exportaciones, señal de un comercio que se enfría por ambos lados.

Valoración. La semana estadounidense invierte el signo de la anterior y estrecha el margen de maniobra de la Fed hasta casi anularlo. Hace siete días el dato empujaba a subir y el mercado cobraba por adelantado el alza que el banco no ejecutaba; hoy el mercado laboral se quiebra por segundo mes, se lleva por delante la probabilidad de septiembre y le arrebata al comité el margen que sus tres disidentes reclamaban. El problema es que la inflación no acompañó ese giro: un deflactor en 3,7% mantiene viva la razón de los halcones justo cuando la nómina les quita el terreno para actuar, y esa tenaza ─precios que no ceden sobre un empleo que se contrae─ es el verdadero acontecimiento, no la cifra de paro que engaña al bajar. El riesgo latente no es ya que la inflación suba, sino que la Fed deba elegir entre dos errores: apretar sobre un mercado laboral frágil o tolerar una inflación enquistada, una disyuntiva que ningún dato resuelve limpiamente y que la conducción silenciosa de Warsh, presionada desde la Casa Blanca, vuelve más opaca aún. La caída de la participación al mínimo de 1976 es la señal de ciclo que más pesa, porque un desempleo que baja solo porque la gente deja de buscar no describe una economía que se estabiliza sino una que expulsa trabajadores, y el consenso partido entre quienes ven un alza en octubre y quienes ya descuentan un recorte confirma que la visibilidad sobre la próxima decisión es la más baja en años. El IPC de la semana entrante hereda todo el peso de inclinar una balanza que hoy está, por primera vez en meses, genuinamente en equilibrio.

 

II. Europa: la peor sequía de los ríos en 150 años golpea la logística y la energía alemanas cuando su industria apenas se recupera, mientras el Reino Unido estrena un giro fiscal que inquieta a su propio Tesoro

El Rin cayó a su nivel más bajo desde que empezaron los registros en 1880, y ese dato hidrológico es un choque de oferta con nombre propio. El medidor de Kaub, punto de estrangulamiento para las barcazas que abastecen el sur de Alemania y Suiza, marcó 24 centímetros el lunes y el martes, muy por debajo del umbral crítico de 78 centímetros a partir del cual la navegación sigue siendo posible pero las barcazas deben cargar menos y los recargos por aguas bajas se disparan. La perturbación no se queda en el río: el Instituto de Kiel estima que los bajos niveles podrían restar hasta 0,2 puntos al PIB alemán del tercer trimestre, con una pérdida de valor agregado de entre 1.000 y 2.000 millones de euros, una mordida considerable para una economía que creció apenas 0,2% en el segundo trimestre. El Danubio replicó el cuadro aguas abajo: Rumania cerró por primera vez su único reactor nuclear refrigerado por el río y desplegó a su marina para detonar lechos fluviales y mejorar el caudal, mientras la planta húngara de Paks —el 40% de la electricidad del país— y la generación hidroeléctrica serbia quedaron amenazadas por falta de agua para refrigeración y turbinas. Un choque que golpea a la vez la logística, la generación eléctrica y la agricultura no es un accidente estacional, sino la traducción física de un riesgo climático que ya encarece el flete y presiona los precios en el peor momento del ciclo europeo.

La industria alemana llegó a esa sequía en plena convalecencia, y los datos del mes dibujan una recuperación tan real como frágil. La producción industrial subió 0,2% en junio, su tercer avance mensual consecutivo, apoyada en un salto del 3,6% en la fabricación automotriz y del 8,4% en otros equipos de transporte, mientras las exportaciones escalaron 0,9% hasta un récord de 139.300 millones de euros. Pero debajo de ese repunte cíclico asoma el desequilibrio de fondo: las importaciones crecieron 4,4% y estrecharon el superávit comercial a 15.400 millones, las exportaciones a Estados Unidos se hundieron 14,2% por la incertidumbre arancelaria, y el déficit con China sigue ensanchándose. Los pedidos de fábrica, el indicador que anticipa la actividad, ofrecieron la nota más alentadora al dispararse 3,1% mensual en junio —muy por encima del 0,3% de mayo— impulsados por productos informáticos y electrónicos (+22,7%), maquinaria (+12,7%) y automóvil (+3,8%), lo que promete trasladar algo de tracción al tercer trimestre. El resto del bloque acompañó con signo desigual: la producción industrial italiana cayó 1,0% mensual y la española perdió impulso al desacelerar su avance interanual al 1,1%, el más débil en cuatro meses, mientras las ventas minoristas de la eurozona retrocedieron 0,3% en junio y moderaron su ritmo interanual al 0,7% desde el 1,9% previo, la señal de un consumo que la inflación energética y las tasas altas siguen lastrando.

El Reino Unido introdujo la novedad política de la semana, y llegó por el flanco fiscal. El nuevo primer ministro Andy Burnham declaró que mantendría el marco fiscal vigente pero aprovecharía cualquier flexibilidad disponible dentro de él para elevar la inversión en vivienda, transporte y defensa, una fórmula que el propio Tesoro británico teme que los mercados lean como la ausencia de un límite vinculante. La preocupación tiene base aritmética: el país ya carga los costos de endeudamiento público más altos del G7, con una deuda cercana al 100% del PIB y unos 110.000 millones de libras anuales destinados a servir un pasivo de 2,9 billones, de modo que cada 10.000 millones de nueva deuda añadiría unos 500 millones a la factura anual de intereses. El ministro de Hacienda Healey moderó el mensaje al hablar de margen en lugar de flexibilidad y admitir que una inversión más veloz podría exigir recortes en el gasto social, mientras el Tesoro estudia salvaguardas para tranquilizar a los inversores antes del presupuesto de octubre, que la guerra con Irán y una inflación más alta llegan a estrechar. La tensión británica condensa el dilema de todo gobierno endeudado que quiere invertir sin espantar a su acreedor: la línea entre usar el margen fiscal y perder la credibilidad que lo sostiene es tan fina como el diferencial que el mercado cobra por cruzarla.

Volkswagen puso el rostro corporativo al deterioro de fondo que las cifras agregadas apenas dejan entrever. Las familias Porsche y Piëch, a través de Porsche SE —dueña del 31,9% del fabricante—, respaldaron el plan de reestructuración del CEO Oliver Blume, que amenaza con 50.000 despidos adicionales y el posible cierre de cuatro plantas en Alemania, al declarar que el grupo se encuentra en una encrucijada histórica y que cada opción debe considerarse para recuperar la competitividad. El respaldo llegó el mismo día en que Porsche SE reportó una caída del 14,5% en sus ganancias semestrales ajustadas y una pérdida neta de 2.200 millones de euros por deterioros, frente a un beneficio un año atrás. El plan aún necesita el visto bueno de los sindicatos y del estado de Baja Sajonia, que posee una minoría de bloqueo del 20% y votó en contra en la última reunión del consejo, lo que anticipa una negociación tensa para el segundo semestre. El caso Volkswagen no es una historia de una empresa, sino el retrato de una industria que combate a la vez los altos costos energéticos, la fricción arancelaria y una competencia china que le arrebata mercado, la misma tríada que Brzeski, de ING, resumió al advertir que ningún rebote pasajero debe ocultar los males de fondo del músculo manufacturero alemán.

Valoración. Europa ofrece esta semana una lección sobre la diferencia entre un ciclo que mejora y una estructura que no cura, y Alemania la encarna en cada frente. La producción sube por tercer mes y los pedidos de fábrica se disparan, pero el crecimiento llega por el canal exterior mientras el consumo interno se contrae y las exportaciones al mayor socio comercial se desploman, un patrón que confunde el rebote con la salud. Sobre esa base ya frágil cae un choque de oferta que no figura en ningún modelo monetario: la peor sequía de los ríos en siglo y medio, que amenaza a la vez la logística, la electricidad nuclear e hidroeléctrica y la cosecha, y que resta crecimiento y suma presión de precios justo cuando la economía menos lo resiste. El riesgo latente europeo dejó de ser solo la inflación importada por el crudo y pasó a incluir un factor físico recurrente, porque un continente cuyo corazón industrial depende de ríos que el clima seca cada verano descubre que su vulnerabilidad energética y logística ya no es hipotética sino de calendario. El Reino Unido añade la advertencia fiscal, con un gobierno que quiere invertir aprovechando un margen que su propio Tesoro teme que el mercado castigue, y Volkswagen pone el número humano al diagnóstico con 50.000 empleos en la balanza. Lo que domina la lectura es esa disociación entre la cifra de actividad, que engaña al alza, y los fundamentos —empleo industrial, competitividad, seguridad energética— que se deterioran por debajo, la misma distancia entre el dato y la enfermedad que define a la mayor economía del continente y que ningún trimestre de rebote automotriz alcanza a cerrar.

 

III. Asia: el sector servicios chino cae a su mínimo en casi dos años y el crédito privado se seca, mientras Japón sostiene una recuperación que su propia primera ministra frena al presionar contra la subida de tasas

El sector servicios chino, el músculo que Pekín necesita para compensar la debilidad manufacturera, se frenó en seco en julio. El PMI privado de RatingDog cayó a 50,4 desde 54,1, su registro más bajo desde septiembre de 2024, y aunque se mantuvo por encima del umbral de 50 que separa expansión de contracción, el desplome de casi cuatro puntos en un mes delata un enfriamiento abrupto de la demanda interna. La encuesta oficial fue más severa y devolvió los servicios a terreno de contracción por primera vez desde abril, con su mayor caída en unos dos años y medio, mientras la actividad industrial se ralentizaba por la mala climatología. Las expectativas empresariales para el próximo año, aunque todavía positivas, se moderaron a su nivel más bajo desde febrero de 2020, la señal de que las empresas recortan planes de expansión y campañas ante un horizonte que perciben más incierto. Un servicio que pierde impulso importa más que un dato manufacturero flojo, porque es el componente sobre el que descansa el objetivo oficial de crecimiento del 4,5% al 5%, y su debilidad deja a Pekín ante la misma disyuntiva que rehúsa resolver: estimular con decisión o tolerar que la recuperación se enfríe.

El crédito confirmó ese diagnóstico por la vía del dinero que no se presta. Los nuevos préstamos bancarios se habrían desplomado a 45.000 millones de yuanes en julio desde los 1,61 billones de junio, una contracción que combina factores estacionales con una ausencia genuina de apetito por endeudarse, con los hogares posiblemente reanudando el desapalancamiento y las tasas de las letras cerca del 0,5% durante todo el mes, indicio de una urgencia mínima por tomar deuda. El financiamiento social total, la medida amplia de liquidez, caería a 1,2 billones de yuanes desde 3,36 billones. La contradicción es que esa sequía crediticia convive con una balanza comercial que amplió su superávit a 112.500 millones de dólares, traccionada por exportaciones que avanzaron 23,9% gracias a los productos tecnológicos (+53%), el equipamiento eléctrico (+34%) y las tierras raras (+43%), mientras las partidas tradicionales como los juguetes siguen debilitándose. El Banco Popular prometió ajustar sus herramientas y mantener liquidez amplia, y Moody’s anticipa que los préstamos dirigidos por política hacia sectores prioritarios compensen la debilidad privada, pero ambas señales apuntan a lo mismo: un modelo que sostiene el crecimiento con exportación de alta tecnología y crédito estatal dirigido, mientras la demanda doméstica y el sector privado se repliegan.

Japón ofreció el contraste habitual, con una recuperación que se afianza pero atrapada en una tensión nueva entre su banco central y su gobierno. El PIB del segundo trimestre habría crecido 2,0% anualizado, tercer trimestre consecutivo de expansión tras el 1,8% previo, apoyado en un consumo privado que subió 0,5% y una inversión de capital que repuntó 0,4% revirtiendo la contracción anterior, con la demanda externa aportando tres décimas por el repunte de exportaciones de servicios y la caída de importaciones de combustible. Ese vigor le da al Banco de Japón, que mantiene la tasa en 1,0% desde la subida de junio, el argumento para justificar otro incremento tan pronto como en septiembre. El FMI respaldó esa lectura: su primer subdirector gerente afirmó que la entidad tiene margen para seguir normalizando mientras la inflación permanezca moderadamente por encima del objetivo, y que las reformas de la era Abe empiezan a rendir frutos. El obstáculo, sin embargo, ya no es económico sino político, porque la primera ministra Sanae Takaichi, de perfil pro-estímulo, presiona contra las subidas y mantiene al banco pisando entre la necesidad técnica de normalizar y la resistencia del gobierno a encarecer el dinero. Un consenso de economistas espera la próxima alza a 1,25% antes de diciembre, con la presión de Takaichi citada como el factor que más podría retrasarla.

El yen fue, una vez más, el termómetro de toda esa tensión, y esta semana lo movió la mano oficial más que el mercado. La divisa cerró cerca de 157,80 por dólar tras haber tocado casi 164, mínimo de cuatro décadas, sostenida por la intervención conjunta de Japón y Estados Unidos del 30 de julio, la primera coordinada entre ambos tesoros en quince años. Bessent reforzó el compromiso al advertir que Washington no dudaría en participar en nuevas operaciones y describir al yen como sustancialmente infravalorado. Pero el mercado sigue apostando a la baja, y las razones que enumera BofA son de fondo: los riesgos fiscales bajo Takaichi, la percepción de un banco central rezagado frente a la inflación y los flujos vendedores persistentes, agravados por la cobertura cambiaria de los extranjeros que compran renta variable japonesa. El nivel de 155 se perfila como el suelo técnico decisivo: un quiebre por debajo podría voltear el posicionamiento de comprar caídas a vender repuntes y desatar ventas de dólares de los exportadores, mientras un regreso por encima de 160 erosionaría la confianza en las autoridades. Los analistas mantienen su proyección de cierre de año en 152, apoyados en la mejora de la balanza de pagos y en unas subidas del BoJ que esperan más veloces de lo que el gobierno querría.

Valoración. El freno chino y la tensión japonesa nacen de causas opuestas y por eso exigen lecturas distintas. China expone la fragilidad de su recuperación por el flanco que más importa, el de los servicios y el crédito privado, y confirma que su modelo se sostiene sobre exportación tecnológica y crédito estatal dirigido mientras la demanda interna se repliega, una arquitectura coherente con su horizonte de largo plazo pero que aplaza indefinidamente el estímulo que el consumidor reclama. Japón encarna la contradicción más aguda del bloque, porque tiene la recuperación que todo banco central envidia —tres trimestres de expansión, consumo y capital al alza, inflación que se afianza por la vía sana— y sin embargo su normalización queda rehén de una primera ministra que la frena por convicción política, un choque entre la técnica monetaria y la voluntad fiscal que no tiene resolución limpia. El yen es la variable donde se descarga toda esa presión, y su comportamiento encierra la advertencia de mayor alcance: una divisa que ni la intervención conjunta de dos tesoros logra enderezar del todo revela que el mercado dejó de creer en las herramientas convencionales, y el nivel de 155 marca la frontera cuya ruptura definiría si el suelo aguanta o si el carry financiado en yenes empieza a deshacerse. Ese desarme, si llega cuando el BoJ finalmente suba contra la resistencia de Takaichi, es el riesgo latente que puede sincronizar volatilidad mucho más allá de las fronteras japonesas, porque el dinero barato en yenes financia posiciones en medio mundo y su reversión no avisa.

 

IV. México y Brasil: la inflación mexicana cae a su mínimo en seis años y la brasileña obliga a Brasil a frenar sus recortes, pero los dos gobiernos ven crecer una deuda que la calma monetaria disimula

La inflación mexicana cerró julio en 3,12% anual, su registro más bajo en 74 meses —desde mayo de 2020, en plena pandemia— y su cuarta desaceleración consecutiva, con lo que se instaló dentro del rango de variabilidad de Banxico y quedó a un paso del objetivo puntual del 3%. El alivio, sin embargo, nació de donde menos permanece: los productos pecuarios restaron 0,43 puntos a la lectura, con el huevo hundiéndose 31,71% anual, el pollo 7,93% y el camarón 6,32%, componentes volátiles cuyo abaratamiento no responde a la oferta y demanda de fondo. La subyacente, que mide la tendencia real de mediano plazo, bajó al 3,95% —primera lectura por debajo del 4% en quince meses— pero acumula 119 meses por encima de la meta, y los servicios siguen tercos en 4,36%, su quincuagésimo sexto mes consecutivo sobre el 4%. Esa composición condena el alivio a la reversión, como advierte Coutiño de Moody’s Analytics: la base de comparación se vuelve desfavorable en lo que resta del año y la probabilidad de que la inflación se aleje otra vez del 3% es alta, de modo que la desinflación que hoy celebra México se apoya en el huevo barato, no en un enfriamiento genuino de la presión de precios.

Con ese cuadro, Banxico mantuvo la tasa en 6,50% por unanimidad, prolongando la pausa que inició en junio tras más de dos años de relajación. La decisión estaba descontada, y Citi proyecta que el nivel se sostenga durante 2026 y 2027, atrapado entre dos fuerzas: una inflación subyacente contenida que no justifica más restricción, y unos servicios persistentes junto a un diferencial de tasas que se estrecha frente a Estados Unidos, que desaconsejan seguir bajando. El banco central mexicano quedó así en una pausa que no es tránsito hacia ningún lado, sino el reconocimiento de que ni la inflación permite endurecer ni el margen externo permite relajar.

México ofreció el reverso fiscal más aleccionador, y las cifras de la deuda son elocuentes. El endeudamiento gubernamental se duplicó bajo las dos administraciones de la Cuarta Transformación hasta 17,8 billones de pesos, un incremento del 127% frente al primer semestre de 2018, último año de Peña Nieto. La medida más amplia, el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público, alcanzó 19 billones de pesos y subió del 51,5% al 52,7% del PIB en un año, con la deuda del gobierno federal escalando del 40,4% al 49,4%. A la par, el colchón que debería amortiguar los choques se ha vaciado: los fondos de estabilización sumaron apenas 149.985 millones de pesos, una contracción real del 56% frente a 2018, con las aportaciones cayendo 20% en el semestre. Un país que duplica su deuda mientras vacía a la mitad su fondo de emergencia se financia hoy con la tranquilidad de un peso fuerte, pero desmantela la reserva que necesitaría el día que esa tranquilidad se acabe.

Brasil llegó a una pausa equivalente por el camino contrario, recortando pero avisando que ya no habrá mucho más. El Copom bajó la Selic 25 puntos hasta el 14,00% el 5 de agosto, cuarto recorte idéntico y unánime que suma 100 puntos de relajación desde marzo, pero el comunicado endureció el tono al considerar los riesgos de inflación sesgados al alza y advertir que vigila de cerca un mayor desanclaje de las expectativas. La inflación de mediados de julio se sostuvo en 4,4% y la encuesta Focus proyecta 5,0% para 2026, de modo que el banco de Galípolo dejó claro que su descenso es deliberadamente lento y fácilmente reversible: el mercado anticipa apenas un recorte más, a 13,75%, antes de una pausa prolongada que las elecciones de octubre y el riesgo fiscal vuelven casi obligada. Una Selic que baja mientras el propio banco central endurece su lenguaje no describe un ciclo expansivo, sino la gestión milimétrica de un margen que se agota.

La economía real brasileña, entretanto, siguió mostrando la fortaleza que contrasta con su fragilidad fiscal. La balanza comercial arrojó un superávit de 7.000 millones de dólares en julio, con exportaciones de 34.100 millones traccionadas por la soja, el petróleo crudo y los combustibles, y un superávit acumulado de 49.000 millones en el año. La producción de vehículos subió 3,1% mensual y acumula un alza de 8,3% en el año, que ubica a Brasil como el segundo productor de más rápido crecimiento del mundo tras India. Pero dos sombras se proyectan sobre ese vigor: las exportaciones a Estados Unidos cayeron 5% y aún no reflejan el arancel de Trump que entró a regir el 22 de julio, cuyo impacto pleno se verá en agosto, y las ventas a Argentina se hundieron 13,9% en medio de la tensión diplomática que Brasil escaló tras las agresiones de Milei contra Lula. China, en contraste, absorbió casi un tercio de las exportaciones brasileñas.

Valoración. México y Brasil convergen esta semana en una misma pausa monetaria a la que llegaron desde extremos opuestos, y esa coincidencia esconde la verdadera lección. México celebra una inflación en mínimos de seis años que descansa en el huevo y el pollo baratos, un alivio que su propia composición condena a revertirse, y su banco central lo sabe: mantiene en 6,50% no porque haya ganado la batalla sino porque ni la subyacente pegajosa le permite bajar ni el diferencial estrecho le permite subir. Brasil recorta al 14% pero cierra la puerta con un lenguaje más duro, atrapado entre una inflación que no cede del 4,4% y unas expectativas que se desanclan de cara a las elecciones. El paralelo monetario, sin embargo, no es lo que más pesa, porque debajo de ambas pausas corre el mismo deterioro fiscal que la calma disimula: México duplicó su deuda y vació su fondo de estabilización a la mitad, mientras Brasil sostiene una economía real vigorosa —superávit comercial récord, industria automotriz en auge— sobre unas cuentas públicas que el propio mercado castiga. El riesgo latente es idéntico en los dos, el de un Estado que se financia sobre una base que no crece a su ritmo, con la diferencia de que Brasil ya paga esa factura en una Selic del 14% mientras México aún disfruta de un colchón que el arancel de Trump, la tensión comercial y el vaciamiento de sus reservas amenazan por igual. La calma monetaria que hoy comparten es real, pero es la superficie serena de dos economías cuyo verdadero problema no está en la tasa de política sino en la trayectoria de su deuda, y esa corriente de fondo no la detiene ninguna pausa del banco central.

 

V. Colombia: asume De la Espriella con un déficit fiscal que su propio ministro cifra en 7,8% del PIB y un ajuste de gasto sin precedentes, mientras las minutas del Emisor revelan que el verdadero debate ya no es la inflación sino el peso

Las minutas de la reunión del 31 de julio del Banco de la República desnudaron un giro en el eje del debate monetario, y ese desplazamiento importa más que la propia tasa. La decisión de mantener en 12% pasó a segundo plano frente a la preocupación central de la mayoría: la marcada apreciación del peso y los riesgos del carry trade. El grupo que votó por sostener la tasa argumentó que la fuerte revaluación, reforzada en los dos últimos meses, podría estar mitigando de forma importante las presiones inflacionarias, pero advirtió que un nuevo incremento alimentaría los mecanismos de carry trade que incentivan una apreciación insostenible y generan volatilidades nocivas para la economía. Tres de esos directores insistieron en que las presiones de precios vienen de choques de oferta —alimentos y regulados por el clima y el conflicto en Medio Oriente— que no se corrigen subiendo la tasa. La minoría que pedía un alza de 50 puntos replicó que la apreciación responde más a factores externos y a la caída de la prima de riesgo país que al diferencial de tasas, y reclamó anticiparse al riesgo inflacionario de un Niño fuerte cuya probabilidad supera el 95%. Un banco central que discute con más intensidad la fortaleza de su moneda que el nivel de su inflación revela que el problema colombiano dejó de ser solo de precios y pasó a ser cambiario, con un peso cuya apreciación la propia Junta teme tanto como al desanclaje que la minoría denuncia.

El terremoto de la semana, sin embargo, fue político y fiscal, porque el 7 de agosto Abelardo de la Espriella asumió la presidencia y su equipo económico expuso de inmediato una herencia mucho peor que la reportada. El ministro de Hacienda designado, Miguel Gómez Martínez, afirmó que el déficit real del país no es el de las cifras oficiales sino del 7,8% del PIB una vez se incorporan todas las obligaciones ocultas, un nivel que —según sus palabras— ubica a Colombia como el segundo país con mayor déficit fiscal del mundo. Frente a ese cuadro, anticipó el recorte de gasto más grande en la historia republicana: un ajuste de al menos un punto del PIB, cercano a $20 billones, como primera decisión de su cartera. La consultora FTI Consulting va más allá y cifra la agenda del cuatrienio en un ajuste de $70 billones con una reducción del 25% del gasto estatal, para llevar el déficit del 6,4% de cierre de 2025 al 4,8% en el primer año y por debajo del 3,5% en 2030, en un país donde el pago de intereses ya absorbe cerca del 37% del recaudo tributario. Gómez descartó vender la participación de la Nación en Ecopetrol —”salir a venderlo sería un error”, dijo, porque la República recibiría mucho menos de lo que vale— y anticipó una revisión tributaria que tocaría el impuesto de timbre, el ICA y el 4×1000. Un gobierno que arranca reconociendo un hueco fiscal casi el doble del oficial no hereda un problema de coyuntura, sino una restricción que condiciona cada una de sus promesas de campaña antes de firmar el primer decreto.

El giro geopolítico acompañó al fiscal y redibujó la relación con Washington. El Departamento de Estado anunció un paquete de asistencia de seguridad de 1.000 millones de dólares para el gobierno de De la Espriella, a quien Trump respaldó en campaña, y dio la bienvenida a Colombia al Escudo de las Américas, la alianza militar de gobiernos de derecha contra el narcotráfico. El acercamiento marca el fin de los años de choque público entre Trump y el expresidente Petro, y realinea a Bogotá con la política estadounidense en la región justo cuando la Casa Blanca intensifica su presencia militar en el Caribe. En el frente gremial, Fenalco selló con el gobierno entrante una hoja de ruta centrada en aprovechar el mercado venezolano, simplificar trámites e internacionalizar la economía, con el Plan Tenderos como bandera. La velocidad con que se alinearon el respaldo financiero externo, el sector comercial y la agenda de seguridad sugiere un gobierno que llega con capital político fresco, aunque FTI advierte que su verdadero desafío será convertir esos compromisos en política pública bajo severas restricciones presupuestales.

Los datos de actividad, entretanto, quedaron eclipsados por el ruido político pero confirman las tensiones de fondo. El Índice de Precios del Productor cayó 1,42% mensual en julio, arrastrado por la explotación de minas y canteras (-8,76%), con los aceites de petróleo crudo (-10,62%) y el oro (-9,67%) como los mayores lastres, mientras la agricultura fue el único sector en positivo al crecer 3,89% —el café subió 5,57%—, una divergencia que anticipa la presión alimentaria que el Niño amenaza con agravar. El recaudo tributario del primer semestre llegó a $165,54 billones, un 11% más que un año atrás y el 52% de la meta anual de $317 billones, con el 4×1000 aportando $8,4 billones que el nuevo gobierno quiere eliminar pese a su peso recaudatorio. Y en la economía real solidaria, los fondos de empleados mostraron su resiliencia con activos que crecieron 8% hasta $16,5 billones, por encima de la banca tradicional, beneficiando a 1,3 millones de asociados con tasas de crédito hasta cinco puntos por debajo del costo bancario, un modelo que reclama al nuevo gobierno acceso a la banca de segundo piso y la conservación de su tratamiento tributario ante la reforma que se avecina.

Valoración. Colombia vivió la semana de mayor densidad política de la edición, y el relevo presidencial reordena todo el tablero de riesgo. La confesión del ministro Gómez —un déficit real del 7,8% frente al 6,4% oficial— no es retórica de transición sino la admisión de que la herencia fiscal es peor que la contabilizada, y el ajuste de $20 billones que anuncia como primera medida, dentro de una agenda de $70 billones para el cuatrienio, define un gobierno cuyo margen de maniobra nace ya hipotecado por el servicio de una deuda que consume más de un tercio del recaudo. Sobre esa restricción fiscal se monta el dilema cambiario que el propio Emisor puso por escrito: un peso demasiado apreciado que la mayoría de la Junta teme porque descansa en un carry trade insostenible y en una prima de riesgo comprimida, dos soportes que el cambio de gobierno puede mover en cualquier dirección. El realineamiento con Washington —los 1.000 millones de asistencia, el ingreso al Escudo de las Américas— añade una capa de respaldo externo que mejora el ánimo de corto plazo, pero no altera la aritmética de fondo: el pago de intereses en 37% del recaudo y un déficit entre los más altos del mundo. El riesgo latente colombiano se bifurca en dos frentes que se retroalimentan, el fiscal, donde el nuevo gobierno debe ejecutar el recorte más severo de la historia sin asfixiar la actividad, y el cambiario, donde la apreciación que hoy contiene la inflación puede revertirse con la misma velocidad con que llegó si el capital de portafolio decide que la prima de riesgo colombiana volvió a subir. La ventaja de financiarse mientras dura la calma sigue en pie, pero descansa sobre una promesa de disciplina que aún no se ha probado y sobre un peso cuya fortaleza la propia autoridad monetaria considera frágil.

 

Renta variable

Wall Street cerró la semana con ganancias sólidas y un giro decisivo en la última sesión, aunque el recorrido fue todo menos lineal. El S&P 500 avanzó 3,6% hasta un récord de 7.757,64 puntos, el Nasdaq se disparó 5,2% hasta 26.690,62 —su mejor semana desde abril— y el Dow subió 3,0% hasta 54.036,93, con el rebote de los semiconductores como motor: el ETF de chips ganó más del 7% en el período. El punto de inflexión llegó el viernes, cuando la pérdida de 23.000 empleos en julio se leyó en clave alcista para la renta variable, al retirar de la mesa la subida de tasas de septiembre y devolver al mercado la expectativa de una Fed en pausa. Ese desenlace revirtió la sesión débil del jueves, marcada por caídas tecnológicas tras resultados que no convencieron —Western Digital cedió 13%, AppLovin se desplomó cerca de 20% y Salesforce bajó 3% por una reestructuración de liderazgo—, en una jornada donde nueve de los once sectores del S&P 500 cerraron en rojo y solo la energía escapó al castigo, impulsada por ExxonMobil y Chevron al calor del repunte del crudo. La lectura de fondo separó a los ganadores del rebote de chips de los rezagados de la temporada de resultados, y confirmó que el mercado premia hoy la expectativa de tasas contenidas por encima de cualquier decepción corporativa puntual.

SpaceX protagonizó la anécdota más ilustrativa del apetito minorista. Pese a haber perdido más de la mitad de su valor desde su máximo de 225,6 dólares de mediados de junio y cotizar por debajo de su precio de salida a bolsa de 135 dólares, los inversores minoristas siguieron inyectando compras netas, y la acción rebotó cerca de 19% en la semana ante un optimismo renovado sobre sus fundamentos, tras la expiración de su lock-up. En Europa, la firma Castlelake abandonó su intento de adquisición sobre la aerolínea de bajo costo EasyJet, un mes después de que Apollo Global Management presentara una oferta superior, cerrando un pulso corporativo por el control del transporte aéreo de bajo costo europeo.

Colombia se movió a su propio compás y cerró la semana en verde, con catalizadores locales que la desacoplan del ruido externo. El MSCI COLCAP avanzó 0,24% hasta 2.350,44 unidades, impulsado por Ecopetrol —que se valorizó 6,74% al calor del repunte del petróleo y de las expectativas sobre su rumbo estratégico— y por Grupo Argos, que subió cerca del 6% tras presentar su programa ACE 1.0. En el frente corporativo, Mineros reportó ingresos récord de 560 millones de dólares en el primer semestre con un aumento del 12% en producción, manteniendo sus costos unitarios dentro del rango objetivo mientras avanza el proyecto Porvenir en Nicaragua hacia la fase de permisos finales. Ecopetrol lideró el volumen negociado con más de 100.000 millones de pesos, seguida de PF Grupo Argos y PF Cibest, mientras que en el terreno negativo cedieron Cibest (-2,06%), Grupo Sura (-1,29%) y Cemargos (-1,27%). El desempeño colombiano confirma una plaza que responde a su propia agenda —el petróleo, el relevo presidencial, los resultados corporativos— más que al vaivén de los índices desarrollados.

 

Renta fija

La deuda del Tesoro estadounidense vivió una semana de dos actos con un desenlace opuesto al que anticipaba su recorrido. Durante buena parte de las jornadas el rendimiento subió, con el 10 años trepando al 4,67% el jueves, avivado por el temor a que los mayores costos energéticos mantuvieran la presión inflacionaria y forzaran a la Fed a endurecer, un escenario reforzado por reportes de que Warsh estaría dispuesto a subir si la inflación se acelera y por la presión técnica de una voluminosa oferta corporativa, encabezada por la emisión de 25.000 millones de dólares de Alphabet. El viernes, sin embargo, el dato de empleo dio vuelta la película: la pérdida de 23.000 nóminas hundió el rendimiento a 10 años unos 7 puntos básicos hasta cerca del 4,60%, mientras el 2 años —más sensible a las expectativas de política monetaria— cayó al 4,19%, su nivel más bajo desde mediados de julio, y la probabilidad implícita de un alza en septiembre se desplomó al 42% desde el 58% previo. La curva pasó así de amenazar con un empinamiento inflacionario a descontar una Fed en pausa, en un giro que dejó los rendimientos por debajo de donde arrancaron pese a la tensión energética que dominó las primeras sesiones. Europa había replicado el patrón alcista de mitad de semana, con el Bund alemán a 10 años subiendo al 3,13% y el Gilt británico al 4,94% tras los nuevos ataques en el Mar Rojo, antes de que el dato estadounidense reorientara también las apuestas sobre los bancos centrales del bloque.

El mercado de TES colombiano cerró con un aplanamiento marcado de la curva nominal, en una lectura que distingue con precisión el riesgo de corto plazo de la convergencia de largo. El tramo corto se desvalorizó, con los papeles a 2027 subiendo 15,6 puntos básicos al 12,26% y los de 2028 avanzando 4,4 puntos al 12,35%, mientras el tramo medio y largo capturó un sólido apetito comprador: los vencimientos a 2036 cedieron 13,1 puntos al 11,89%, los de 2031 bajaron 11,9 puntos al 12,16% y los de 2050 retrocedieron 6,5 puntos al 11,86%. La curva real en UVR mostró una fuerte compresión en el nodo a 2033 (-15,6 puntos al 6,12%), mientras la referencia a 2027 apenas cedió 1,4 puntos al 5,79%. Detrás de ese comportamiento corre un avance extraordinario en el plan de financiamiento local: el Ministerio de Hacienda alcanzó el 96% de su meta anual al adjudicar 58,58 billones de pesos al 5 de agosto, de un objetivo de 61 billones, tras ejercer opciones no competitivas y subastas en UVR. Ese ritmo de captación respalda la robusta posición de liquidez del Gobierno, cuyos Depósitos del Tesoro saltaron 135,8% interanual hasta 18,4 billones de pesos al cierre de julio.

La contracara de esa fortaleza está en quién compra y quién se retira. Los fondos offshore liquidaron 2,3 billones de pesos netos en TES durante julio, reduciendo sus compras acumuladas de 2026 a 20,45 billones tras descontar el efecto del Total Return Swap, un repliegue del capital internacional que obliga al mercado local a digerir la abundante oferta primaria con menos apoyo externo. El contraste define la salud del financiamiento soberano colombiano: un Gobierno que casi completó su meta de emisión y acumuló una liquidez holgada, pero sobre una demanda que descansa cada vez más en el inversor local a medida que el offshore recorta posiciones, la misma dependencia de un puñado de compradores que vuelve vulnerable la financiación pública ante cualquier cambio en el apetito global por riesgo.

 

Divisas

El dólar cerró la semana a la baja, con el índice DXY cediendo hasta cerca de 99,56, mínimo de seis semanas, tras un recorrido que llegó a apuntar en dirección contraria. Durante las jornadas previas el billete verde se había fortalecido cerca de 99,98, impulsado por flujos de refugio ante la cautela geopolítica y la expectativa del informe de empleo, pero el viernes ese dato dio vuelta la tendencia: la pérdida de nóminas debilitó al dólar al retirar la subida de tasas de septiembre y llevó al euro a un máximo de siete semanas por encima de 1,15. El yen fue el caso aparte de la semana, porque siguió devolviendo parte de las ganancias que le había dado la intervención conjunta y se depreció hasta cerca de 158,41, la señal de que ni el respaldo coordinado de dos tesoros logra sostener de forma duradera una divisa cuyo mercado sigue apostando a la baja. La libra y el resto de la canasta desarrollada se movieron al compás de esa misma expectativa de una Fed en pausa que el empleo terminó por imponer.

El peso colombiano jugó su propia partida y cerró la semana como la divisa emergente de mejor desempeño, desmarcándose del rebote del petróleo que condicionó a la región. La tasa de cambio cayó hasta 3.153 pesos en el spot, con una apreciación cercana al 0,8% en la jornada, y el dólar rompió por debajo de los 3.200 hasta tocar niveles no vistos desde 2019. El fortalecimiento borró por completo las pérdidas del inicio de semana tras la decisión del BanRep de mantener la tasa, y encontró soporte adicional en las declaraciones del codirector Mauricio Villamizar, quien enfatizó que la pausa no debe interpretarse como una postura expansiva, un mensaje que ancló las expectativas justo antes del feriado del viernes por la posesión presidencial. El resto de la canasta latinoamericana resintió el entorno global, con el peso chileno retrocediendo levemente y el sol peruano sin movimiento por feriado nacional.

La corrección del peso en la última jornada del gobierno saliente marca la paradoja cambiaria de Colombia. La misma revaluación que la mayoría del Emisor puso por escrito como preocupación —un peso demasiado fuerte, sostenido por un carry trade que la Junta teme insostenible— siguió profundizándose hasta mínimos de siete años, empujada esta vez por la debilidad global del dólar más que por méritos locales. Villamizar salió a anclar expectativas precisamente porque esa fortaleza descansa en cimientos que la autoridad monetaria considera frágiles: un diferencial de tasas que atrae capital de portafolio y una prima de riesgo comprimida que el cambio de gobierno puede mover en cualquier dirección. El peso llega así a la posesión de De la Espriella en su nivel más fuerte en años, pero sobre soportes que la propia autoridad decidió vigilar y que el offshore, que ya recorta TES, puede revertir sin aviso.

 

Commodities

El Brent terminó el viernes en 83,55 dólares con un alza diaria del 1,29%, pero acumuló una caída semanal superior al 7%, mientras el WTI cerró en 78,18 dólares tras retroceder 9,8% en el cómputo de la semana. El derrumbe se concentró en las dos primeras jornadas, cuando el crudo se hundió más del 11% ante el optimismo por un acuerdo entre Washington y Teherán para reabrir el estrecho, por el que antes de la guerra transitaba el 20% del suministro mundial. El giro llegó a mitad de semana, cuando una comisión parlamentaria iraní examinó un proyecto para prohibir el tránsito de buques estadounidenses e israelíes con multas de hasta una quinta parte del valor de los cargamentos, y el mercado volvió a cargar la prima de riesgo. Irán y Omán acordaron una nueva ruta de navegación, pero Teherán aclaró que no habrá reapertura mientras persista el bloqueo naval estadounidense, y el tráfico marítimo en Ormuz cayó 33% el viernes. El crudo sigue siendo la variable que amarra toda la edición, pero esta semana con el signo invertido: el mismo petróleo que la semana pasada empinaba curvas y avivaba el temor inflacionario cedió con fuerza, aliviando de paso la presión de precios que había justificado el sesgo restrictivo de los bancos centrales.

Los metales preciosos protagonizaron el movimiento más nítido de la semana, alimentados por la misma debilidad del dólar y el dato de empleo. El oro se disparó cerca del 7% desde el lunes hasta más de 4.350 dólares por onza, su nivel más alto en dos meses, mientras la plata escaló a más de 63,5 dólares, máximo de siete semanas, y el platino se sostuvo cerca de 1.750 dólares. La lógica es la de siempre para un activo sin rendimiento: la pérdida de nóminas y la caída de la participación laboral eliminaron la lectura de un mercado laboral inflacionario, redujeron la probabilidad de un alza de la Fed y hundieron los rendimientos del Tesoro, abaratando el costo de oportunidad de mantener lingotes. A ese soporte se sumó una demanda física genuina: los inversores institucionales chinos aumentaron posiciones largas en oro para cubrirse de la volatilidad tecnológica, y las importaciones chinas de plata crecieron 62,5% interanual por la producción de paneles solares y redes eléctricas. El cobre marcó un récord por encima de 14.000 dólares por tonelada en Londres, avivado por la prohibición de la República Democrática del Congo de exportar concentrados de cobre y cobalto, que reavivó los temores de oferta.

En agrícolas, el café colombiano corrigió a la baja tras varias semanas de fortaleza: la Federación Nacional de Cafeteros fijó la carga de 125 kilogramos de pergamino seco en 2.170.000 pesos el 6 de agosto, unos 35.000 pesos por debajo del reporte previo. El bitcoin, entretanto, permaneció estancado cerca de los 65.000 dólares, recuperando 2,64% desde el lunes tras la caída de la semana anterior, en un equilibrio que refleja el desinterés institucional por el criptoactivo. El movimiento se concentró en las monedas estables: tras el anuncio del OUSD, respaldado por más de 140 gigantes financieros, Circle anunció una cadena de bloques dedicada a su moneda USDC con la participación de Visa, Mastercard y BlackRock, una rotación que perfila a las stablecoins como las verdaderas ganadoras del período mientras el ether se mantuvo cerca de 1.920 dólares y Solana plano en torno a 73 dólares.

Valoración.  Hace siete días el crudo empinaba las curvas y el dato empujaba a subir tasas; esta semana el petróleo cedió más del 7% y un mercado laboral que se quiebra desarmó la subida de septiembre, de modo que todo el tablero financiero se reorganizó en torno a la expectativa de una Fed en pausa. Esa reorganización explica la coherencia de lo que de otro modo parecerían movimientos sueltos: los Tesoros que amenazaban con romper al alza cerraron cayendo tras el empleo, el dólar se debilitó hasta mínimos de seis semanas, el oro y la plata volaron porque unos rendimientos a la baja abaratan el activo sin renta, y la renta variable estadounidense firmó récord al leer en clave alcista la misma debilidad laboral que asusta a la economía real. El hilo que atraviesa las cuatro subsecciones es esa inversión de expectativa: el mercado pasó de cobrar por adelantado un endurecimiento a descontar su ausencia, y lo hizo con la misma velocidad con que el crudo pasó del temor a la calma. Colombia jugó su partida propia dentro de ese giro global, con el COLCAP y los TES moviéndose a ritmo local —Ecopetrol, el relevo presidencial, el financiamiento casi cumplido— mientras el peso se apreciaba a mínimos de siete años montado sobre la debilidad del dólar más que sobre méritos internos. Esa apreciación deja la advertencia que cierra la edición: el apetito por los activos colombianos no nace de una fortaleza intrínseca sino de la conjunción de un dólar débil, un carry que la tasa alta sostiene y un offshore que ya recorta posiciones en TES, tres corrientes externas que el mismo crudo capaz de revertir su curso en dos sesiones puede invertir sin previo aviso, justo cuando un gobierno nuevo estrena un ajuste fiscal que aún no ha probado ejecutar.

 

Nota del Autor

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Enrique Ariza

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