Necesitamos más corderos que se conviertan en leones

«Todo dictador es un místico; todo místico, un dictador en potencia.»
— Ayn Rand

La historia ofrece numerosos ejemplos de grandes tiranos entronizados en escenarios de profundas crisis sociales, políticas o económicas. Hitler, Mussolini, Lenin, los Castro, Chávez, Evo Morales, Maduro, por mencionar algunos, no hubieran podido llegar y mucho menos mantenerse en el poder, de no contar dichas sociedades con un grupo significativo de ciudadanos con una o más de las siguientes características: 1) odio irracional hacia un grupo de personas por el simple hecho de representar un estilo de vida, una raza o una religión; 2) adoración o apego ciego a una idea o creencia; 3) falta de autoestima y de confianza en las propias habilidades en aras de sobrevivir de forma independiente; 4) sumisión por miedo; y 5) pereza mental (para analizar, relacionar conceptos, evaluar, entre otros).

Si bien estas características guardan una estrecha relación y pueden actuar indistintamente a manera de causa o consecuencia unas de otras, todas revelan un grado importante de inmadurez psicológica y emocional.

Lo cierto es que es difícil imaginar un pueblo de adultos independientes —conocedores de sus derechos, seguros de su capacidad para enfrentar los desafíos de la vida, con mentes inquisitivas y alertas, y prestos a discernir falacias, palabras vacías y promesas mágicas en un discurso— bajo el yugo de un tirano.

La Carta Magna, la abolición de la esclavitud, la Revolución Gloriosa, la Independencia de los Estados Unidos no surgieron de la mano del miedo, del sometimiento o la espera de un milagro. Nacieron de la rebeldía de adultos que comprendieron la realidad que enfrentaban y que estuvieron dispuestos a luchar para limitar el poder que otros hombres o el gobierno pretendían ejercer sobre sus vidas.

Muchos dirán que somos fruto de la crianza y de la educación que recibimos y que, dado que no podemos elegir las ideas que nuestros padres o las escuelas nos presentan como buenas o malas en nuestra etapa formativa, no existe ningún margen para modificar el panorama.

Asimismo, es cierto que en América Latina la educación está fuertemente influenciada por la tradición católica (en el seno familiar) y la filosofía continental (en el sector académico), ámbitos en los que el individualismo, la confianza en la razón, el espíritu crítico, el orgullo, la independencia y la ambición no figuran entre los rasgos más valorados.

Que aquello que se planta de chico eche raíces fuertes no significa que el destino haya quedado escrito. Es posible que necesitemos coraje y una dosis de insubordinación para replantearnos las premisas y principios que nos han inculcado. Pero negarse a ese replanteo, por miedo a descubrir un error o por la comodidad de permanecer en lo conocido, solo demuestra inmadurez e indolencia intelectual.

Aceptar verdades sin cuestionarlas y dejarse cautivar por los parloteos del primer seductor que nos guiña un ojo es admisible, quizá, hasta la adolescencia. Más allá de eso, no.

Entonces, la clave para sacar a un país de la dinámica tirano-súbdito a largo plazo no reside en un cambio político o económico. Está en el cambio sociocultural: en la revisión de la filosofía imperante y en el fortalecimiento y empoderamiento de sus ciudadanos.

Un país libre requiere individuos capaces de pensar en términos de principios: con la lucidez para ver lo que no se ve a simple vista.

Que, en lugar de aplaudir ante los monumentos construidos por un gobierno, vean los sueños y proyectos que no pudieron concretarse por falta de recursos para financiarlos. Que se rebelen si alguien los llama delincuentes por rehusarse a entregar compulsivamente su propiedad al gobierno. Que se indignen al tener que abrir su valija para que un funcionario de la aduana controle sus compras. Que sepan responder, sin dudar, cuando alguien impugne su derecho a portar armas, a consumir marihuana, a burlarse de Mahoma, a no vender sus productos a quien no deseen, a no contratar a quien no quieran, por las razones que quieran. Adultos que comprendan que todas esas disputas remiten, en última instancia, a un principio irrenunciable: su derecho a la libertad.

Un país libre necesita una manada de leones y no un rebaño de corderos para perdurar en el tiempo. Un país por liberar necesita una manada aún más feroz de leones. A los corderos se los seguirán devorando los lobos.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

María Marty

Escritora, ensayista y guionista argentina, Licenciada en Comunicación Social por la Universidad del Salvador y egresada del Academic Center del Ayn Rand Institute. Columnista en diferentes medios y programas de radio.

Fundadora y CEO del Ayn Rand Center Latin America, organización independiente cuya misión es fomentar una mayor conciencia, comprensión y aceptación de la filosofía objetivista en América Latina.

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