Himno a un espectro: el costo de la fe

«Una persona que entra en un templo, busca liberarse de sí misma. Desea humillar su espíritu, confesar su indignidad, implorar perdón. […] La posición propia de un hombre en la casa de Dios es estar de rodillas.»
— Ellsworth Toohey, antagonista principal de “El Manantial”, de Ayn Rand

Imagine que está a punto de despegar en un vuelo junto a su cónyuge y sus hijos. El piloto, tras el habitual saludo, hace un anuncio que hiela la sangre de los pasajeros: hoy no confiará en el radar ni en los instrumentos de navegación; ha decidido apagar los sistemas de guía para dejar que sea Dios quien tome el mando del avión. ¿Permitiría usted que ese vuelo despegara? ¿Pondría la vida de sus seres más queridos en manos de alguien que ha decidido desconectar su radar intelectual para “abrazar la fe”? ¿Fe en quién? En Dios o en el piloto. Al fin de cuentas, resulta inevitable preguntarse: ¿cómo sé que efectivamente Dios está a cargo? ¿Qué Dios? ¿Existe Dios? ¿Cuál es la prueba? Ante sus quejas y pidiendo un poco de fe, el piloto replica: «Pero si es el mismísimo Dios misericordioso quien tomará el vuelo en sus manos, ¿qué de malo puede pasar? ¡Hombre de poca fe!».

En aras de razonar críticamente sobre un tema, tenemos que definir, primero, aquello de lo que vamos a hablar. En este sentido, cabe la necesidad de analizar lo que los cristianos entienden por fe: «la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve». Ahora bien, ¿qué esperamos? ¿Cómo podemos estar seguros de esperar algo? ¿En razón de qué esperamos ese algo? A ello se responde que “debemos creer y esperar en Dios y confiar en sus planes y su sabiduría”. Algunos incluso agregan que no se ha de cuestionar, sino permanecer en la fe. San Agustín sentenciaba al respecto que la curiosidad es mala y perniciosa. En realidad, la fe es un llamado a la confianza ciega, confianza en la que radica, en teoría, su virtud —sería virtuoso quien confía sin pruebas—. Se nos pide, en consecuencia, que evadamos la realidad, apaguemos la mente y tengamos “fe”, y esta se transforma en el medio de evasión más cobarde que el homo sapiens ha desarrollado, pues termina siendo un chantaje emocional contra lo más sagrado que tenemos: la vida.

Bajo ese prisma, Albert Camus afirma que la fe en Dios es un suicidio filosófico. Es consustancial al ser humano buscar entender el universo que lo rodea. No obstante, semejante comprensión no pasa por conocer las causas naturales de las cosas; por el contrario, uno busca entenderlas emocionalmente. Es decir, busca que las causas de las cosas que nos acaecen se encuentren conforme a nuestro universo emocional y, en caso de que esto no sea posible, explicar su motivo a partir de un bien mayor o un mal menor. Sentado lo anterior, el ser humano eleva la pregunta a Dios —o el universo— cuando no logra integrar en sus emociones los hechos de la realidad. En ese intersticio nace el absurdo para Camus, que consiste en el intento de darle una explicación mística y emocional a cosas que carecen de ella. Ese divorcio entre la voluntad humana y el silencio del cosmos suscita, inexorablemente, ansiedad y miedo en las personas que no pueden entender que los hechos no dependen de sus emociones. Más aún, si se piensa que se pueden modificar los hechos con deseos: con “fe”. Frente a esa ansiedad, deviene más fácil —cobarde— dejarle todo a una voluntad divina, de la cual, al ser sus hijos preferidos, recibiremos, sin mérito mayor que ese, “amor y protección”. Ese ser humano, nacido con la facultad de pensar y crear, ha decidido renunciar a su mente —a su vida— y claudicar intelectualmente al profesar una fe absurda; ha decidido vivir como no humano.

La fe, a la postre, se constituye en un craso error. Camus entiende que «solo se mata quien ha sido rebasado por la vida». Y es que, como postula Ayn Rand, para que los humanos vivan como humanos, ese vivir implica pensar y crear, no meramente existir. Justamente es esa facultad la que nos diferencia de los animales: la que nos hace seres humanos. Entonces, se mata mentalmente quien ha sido sobrepasado por su incapacidad de lidiar con su responsabilidad de pensar y crear, eligiendo vivir de forma subhumana.

«Si me contestan que sí —que creen en Dios—, entonces sé que no creen en la vida. […] Dios… es la concepción individual más alta que se puede imaginar. Y todo aquel que pone su más alta concepción por encima de sí mismo… se estima poco y no da importancia a su vida.»
— Kira Argounova, una de las protagonistas de “Los que vivimos”, de Ayn Rand

Llegados a este punto, sabemos que no hay un diseño ni un sentido de vida a priori para el ser humano. ¿Qué cabe hacer al respecto? La respuesta es un poema al hombre, pues significa subir el Olimpo y robarle el fuego de la vida a los dioses que nosotros mismos hemos creado: diseñe y construya usted su propio sentido de vida. Es evidente que la vida no tiene sentido a priori. Empero, nada nos impide crear y construir uno individualmente. Ayn Rand estaba convencida de la capacidad de la mente humana para acometer esa empresa. Se ha demostrado ampliamente, a lo largo de los años, que podemos crear aviones para volar, pese a que, en principio, teníamos todo en contra —incluido Dios—. Entonces, se trata de analizar la realidad, estudiar sus axiomas y leyes, entender la naturaleza del ser humano y diseñar nuestro propio y original sentido de vida. Para ello, claro está, uno debe amar y decidir vivir su propia vida. Tal decisión nos obliga a tomar nuestra vida como estándar de valor. Lo maravilloso de todo es que terminamos creando ese sentido de vida como un monumento a nuestra propia vida, donde los héroes somos nosotros y no un Dios que le exigirá, si cree en él, el sacrificio de lo que ama.

Todo lo dicho se traduce en amor propio: amor por nuestra propia existencia. Por supuesto, es menester entender que contamos con la capacidad de conocer y crear; nuestra capacidad mental es lo suficientemente poderosa como para llevarnos a la luna, sanar enfermedades incurables y elevar nuestra calidad de vida a estándares no soñados ni por los dioses que hemos engendrado. La condición, reitero, es pensar; debemos elegir la vida y no el suicidio mental. Nótese lo bello: para vivir como humano, uno debe decidir usar su capacidad mental y elegir su felicidad de forma egoísta; así encontraremos nuestro sentido de vida o, más exactamente, lo crearemos.

¿Qué sucede si, por el contrario, decidimos caer en el abismo de la fe y la creencia en Dios? La fe, como dicen los cristianos, es la certeza de lo que se espera. Tienen la seguridad de que, esperando, algo habrá de acontecer en su favor. Y tienen razón: siempre ocurre algo. El universo se mueve por inercia y existen fenómenos que obedecen a razones ajenas a nosotros; sin embargo, ello no es Dios actuando: es el universo funcionando por una ley que se llama causa y efecto. La fe distorsiona nuestra percepción de la realidad; la emoción —esa certeza o confianza— lleva al iluso creyente a pensar que el mundo funciona de una manera diferente a la que realmente funciona, y cae en un sesgo cognitivo —de confirmación— cada vez que un hecho se ajusta a lo que desea. No contempla seriamente las muchas más veces que no se dan las cosas que desea. Es más, al verlas, las racionaliza, dice que no eran los planes de Dios. Si actuara racionalmente, podría descubrir las razones por las que no se dio y qué debe hacer en una siguiente oportunidad. La fe nubla de un chantaje oscuro la única vía que tenemos para sobrevivir: nuestra racionalidad.

Tampoco resiste un análisis lógico la postura cómoda de quienes afirman que «el hombre trabaja y Dios hace el milagro». Esta racionalización no es más que un intento de disfrazar la fe de esfuerzo personal. Si un individuo estudia, produce o se esfuerza y alcanza una meta, el resultado se explica por sus acciones aplicadas a la realidad, no por un toque divino. Atribuir el fruto del trabajo humano a un milagro invisible es una doble falta: despoja al individuo del mérito racional de sus logros y le otorga a una entidad mística el crédito de lo que la mente humana forjó. Si el éxito deriva de su trabajo, entonces el “milagro” no existe; y si el resultado depende de las leyes de la naturaleza, Dios no solamente sobra, sino que estorba.

Por tanto, la fe evita que nuestra capacidad creadora despegue. Además, se la usa como una “virtud” en la crianza de los niños. Esto es criminal: se supone que usted ama a sus hijos y quiere proporcionarles todas las herramientas posibles para que sean felices. ¿En alguna ocasión buscó evidencia de que la fe es buena? ¿O solo se dejó llevar por lo que le dijeron que era verdad, cayendo en sesgos cognitivos? La mente del niño está en la etapa crucial en la que forma el subconsciente: aquel ámbito que sirve de respuesta inmediata a la vida; lugar donde nacen nuestras emociones más profundas, nuestra visión de la vida y nuestra autoestima. Y si usted le dice que debe tener fe en que Dios va a protegerlo y guiar sus pasos, el niño, depositando toda su confianza en usted, da por cierto que así será. Pues adivine qué ocurre cuando se choca con la realidad: cuando ve que la vida, en un silencio atroz, ignora sus pedidos y súplicas. El daño puede ser irreversible. No sea irresponsable y demuestre su amor desde la coherencia.

Finalmente, nos vendieron la fe como un acto de amor; en realidad, es un acto de desprecio por la vida. Quien ama su propia vida procura pruebas y conocimiento en aras de preservarla. La vida es un valor que no podemos recuperar si la perdemos. Entonces, valorarla —ergo, amarla— demanda valerse de todos los medios que ayuden a mejorarla. Para ello, no tenemos otro camino que ser racionales y buscar evidencia en la realidad. Ante un error —la mente humana es falible, no infalible—, la única manera de corregirlo es confrontarlo con los hechos. La fe no lo libera: lo condena; no existe sucedáneo para ser dueño y autor de su propia vida. Entender qué es lo que uno quiere y por qué, crearlo, construirlo y disfrutarlo —ser feliz— no se logra evadiendo la realidad; más bien, reconociendo su carácter absoluto. La razón, parafraseando a Steven Pinker, no es negociable y ser racional significa actuar con base en conocimiento, evidencia y lógica; es decir, no existe espacio para la fe.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Gelo Wayar

Abogado, profesor universitario y ensayista. Catedrático de Sociología del Derecho y Filosofía del Derecho en la Universidad Privada Boliviana (UPB). Posee una Maestría en Derecho Empresario por la Universidad Austral (Argentina) y es becario del programa Ayn Rand University del Ayn Rand Institute.

En 2026, fue distinguido como Alumni del Año (Aldina Jahić Memorial) por The Atlas Society. Es miembro fundador de El Insubordinado y Coordinador Senior de SFL Bolivia (Students For Liberty). Su trabajo se centra en la intersección entre el derecho, la ética objetivista y los fundamentos racionales de la libertad.

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