«Un gobierno es tanto más liberal cuanto menos interviene en la vida y las decisiones de cada ciudadano».
— José María Luis Mora, «Padre del Liberalismo Clásico Mexicano», adaptación de «Discurso sobre los perniciosos efectos de la empleomanía» (1827).
Hoy México celebra su Grito de Independencia. Las calles de todas sus ciudades y municipios se agitan estrepitosamente entre el ondeo de las banderas, los desfiles, las vivas, los uniformes militares, sus trajes y la comida típica, y esa maravillosa solemnidad con la que una buena parte de las repúblicas latinoamericanas recuerda que en cierto momento consiguieron librarse del yugo de la tiranía. Pasa que, pese a ser naciones independientes, en muchos aspectos continuamos teniendo mentalidad de esclavos. Y el problema se agrava si nadie se pregunta cuánto poder ejerce todavía el gobierno sobre el pueblo, ¡sobre nosotros!, que, en teoría, aún somos libres.
José María Luis Mora lo entendió hace alrededor de dos siglos. Miguel Samper, desde Colombia, también. La independencia política no sirve para nada si el ciudadano queda supeditado a sus gobernantes para trabajar, prosperar, desarrollarse en aquello que lo apasiona, contratar subalternos, conservar lo suyo o, simplemente, vivir a plenitud sin estar sujeto a autorización alguna.
«La ley no está para dirigir la producción ni los intercambios, sino para garantizar a cada productor el fruto de su trabajo y proteger la libertad de los contratos».
— Miguel Samper, adaptación de «La miseria en Bogotá» (1867).
México ofrece una paradoja exquisita. Claudia Sheinbaum Pardo, a quien tuve el desagrado de conocer hace un par de años en una reunión en Miami en la que además estuvo presente mi querido Eneas Biglione, constantemente habla de soberanía, independencia y “prosperidad compartida” mientras sigue ejecutando esa salvajada de proyecto político llamado «Cuarta Transformación»; verbigracia, esa horrorosa reforma judicial que respaldó y cuya implementación se produjo durante su administración, llevando por primera vez a la elección popular de jueces y magistrados. Sus férreos defensores arguyen que democratiza una justicia corrupta; sus críticos advertimos que debilitaría la independencia judicial y los contrapesos al Ejecutivo… es así.
Entretanto, MORENA pretende arrastrar al INE a una controversia por una sátira política —provocando incluso la advertencia de la Sociedad Interamericana de Prensa—, y algunos de sus legisladores proponen una comisión para investigar “injerencias digitales” y financiamiento extranjero en procesos electorales. Hasta Ricardo Monreal manifestó reservas ante el riesgo de censura; y créanme, pocas familias políticas mexicanas me generan tanto asco como los Monreal. La libertad de expresión en México yace bajo amenaza.
Todo ello acontece en un país que el viernes 11 de septiembre contempló en el corazón de la colonia Polanco una manifestación con consignas abiertamente antisemitas contra judíos mexicanos, a la postre repudiada por autoridades, organizaciones civiles, organismos judíos y comunidades religiosas. La libertad no consiste únicamente en contener al Estado: exige defender al individuo de una turba furiosa e irracional.
Resulta curioso celebrar la independencia nacional al tiempo que se discute cuánta independencia le resta, precisamente, a las instituciones encargadas de ponerle límites al gobierno.
Luego está Colombia.
El presunto periquero abandonó la Casa de Nariño… pero no se llevó consigo sus cuentas. La administración entrante recibió las finanzas públicas sometidas a una presión extraordinaria: el presupuesto aprobado para 2027 proyecta un déficit fiscal del 9,4 % del PIB. El flamante mandatario y sus huestes anunciaron recortes y una reforma fiscal para reducirlo. Ahora bien, que el desastre venga heredado no convierte al heredero en santo. A un liberal clásico o un libertario no deberían importarle en absoluto los apellidos del gobernante: el poder es el poder, ¡punto!, incluso cuando se promete utilizarlo correctamente.
Y aquí comienzan mis reservas con Abelardo De La Espriella. Su anunciada austeridad ronda los 17,4 billones de pesos frente a un déficit cercano a los 200 billones; apenas una fracción del agujero, en un país donde solamente el servicio de la deuda aumentaría en aproximadamente 55 billones para 2027. Prometió reducir el tamaño del Estado en un 40 % y ahora aparecen las consabidas razones para postergar esa cirugía. Dicho elegantemente: pregonar austeridad por cancelar Netflix cuando el banco prácticamente se ha quedado con la casa no es disciplina fiscal, sino escenografía.
El megalómano de Petro dejó un Estado fiscalmente maltrecho. El advenedizo de Abelardo tendrá que demostrarle a sus compatriotas que no pretende circunscribirse a regentarlo con mejor dicción, mejores trajes y una bandera ideológica opuesta.
Mora y Samper imprimieron su huella en países distintos, aunque llegaron al mismo lugar: la libertad requiere ciudadanos menos dependientes del Estado y gobiernos suficientemente limitados para no anhelar ser nuestros tutores. Quizá ahí empieza la independencia que nos hace falta.
¡Viva México, cabrones! ¡Viva Colombia, parce! Y viva una América Latina que espero sea libre de verdad en un futuro no muy lejano… sin más yugos.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.














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