Autor - El Che Pérez Blanco

La Paz, Bolivia (1968 — Manhattan, siempre presente en la copa correcta). Don Che Pérez Blanco es un enigma, un oxímoron que los círculos más exclusivos de Nueva York celebran con un respeto tan cáustico como fascinado. Nacido en el polvo violeta de los barrios altos de Bolivia, donde el hambre tenía la forma del estaño de Antenor Patiño y el frío del altiplano, sobrevivió a base de ajenjo y bibliotecas ilegales hasta que una beca expiatoria de la ONU lo arrojó a Oxford. Allí, el muchacho de las punas descubrió que la revolución no venía del fusil, sino del foie-gras y la cuchara de émbolo; se doctoró en hedonismo estratégico y perfeccionó el arte de combatir el capitalismo desde el centro de sus excesos. Hoy, este “lord sin tierra” (como él se autodenomina, con una ironía que escuece) reparte su tiempo entre partidos de polo en Bridgehampton, donde carga con hándicap dos y un maletín de piel de cocodrilo que guarda un ejemplar anotado de «El Capital», y veladas de cetrería en el Hudson Valley, donde critica la acumulación primitiva mientras degusta un Romanée-Conti del 85.

Su biografía no oficial, «Del catre al caviar», es un devocionario de pésimo gusto para la izquierda caviar y un manual de cinismo para la derecha filantrópica. Polémico hasta en el silencio, se hizo famoso por abandonar una cena de recaudación del MoMA tras descubrir que el salmón no era salvaje y, acto seguido, redactar un manifiesto contra la “revolución light” que fue portada de «Vanity Fair». Dicen que prepara un ensayo titulado «Pérez tenía razón… pero olvidó el postre». Sea como fuere, El Che Pérez Blanco no liberará a los pobres, pero les ha enseñado a vestir mejor la derrota.