La era del imbécil satisfecho

El lunes 11 de mayo sintonicé el podcast colombiano Vélez por la mañana 7 A.M. Allí escuché la columna de opinión de “Don” Juan Alberto Londoño —tal cual lo presenta el conductor del espacio— quien, después de un sobrio saludo de condolencias a la familia de Germán Vargas Lleras, optó por entregarle a la audiencia una de esas “reflexiones” que solo pueden prosperar en esta época miserable en la que América Latina parece empeñada en consolidarse como la república continental del imbécil satisfecho.

Haciendo mención a la celebración del Día de las Madres el pasado domingo, elogió a estas mujeres por ser emprendedoras y luchadoras; afirmó que poseen un liderazgo especial y una vocación natural de cuidado. Dijo, inclusive, que son “ese poder” dentro de un hogar, algo que la mayoría de los colombianos —y me arriesgaría a añadir, de los latinoamericanos— creen de una figura materna, particularmente quienes las han visto hacerse cargo del hogar y, al mismo tiempo, levantarse de madrugada a buscar el sustento, bien sea porque están solas o porque decidieron construir una familia junto a su pareja.

A renglón seguido, “Don Juan” plantea que “es hora de que les demos a esas mujeres luchadoras, líderes y demás la responsabilidad que les falta: dirigir este país”. En otras palabras, sostiene que ha llegado el momento de que una mujer sea presidente de Colombia y que uno de los requisitos para ello es ser madre. Bajo esa lógica articula toda su “reflexión” hasta concluir que esa mujer es Paloma Valencia; la figura que, a su juicio, Colombia reclama en la presidencia.

Luego de esto, el “columnista” asegura querer enviarles un mensaje a “muchas mujeres” que, según él, terminan siendo las más machistas: aquellas que consideran indispensable un hombre gobernando con carácter o que simplemente no logran imaginar a una mujer al frente del país. A la postre, les hace un llamado a abandonar esa actitud y respaldar a una mujer “madre”, recalcando, por supuesto, que Paloma Valencia —además de cumplir con dicha condición— posee la preparación necesaria para gobernar Colombia.

Este señor, que desperdicia olímpicamente su oportunidad de ser columnista, probablemente inflado por lo que él presume son virtudes intelectuales y por un ego similar al descrito en La fatal arrogancia de mi muy aborrecido Friedrich Hayek —ese que suele atribuirse a los planeadores centrales y a los socialistas que creen poder dictarle a la sociedad qué debe pensar y cómo debe actuar— concluye, usando la falacia non sequitur e hilando dos aparentes verdades sin relación alguna entre sí, que ha llegado la hora de que “una madre sea presidente”.

¿Dónde están las propuestas? ¿Dónde está la reflexión seria sobre por quién debemos votar? “Don Juan”, tras elogiar a las madres, termina insultándolas al llamar “machistas” a muchas de las mujeres que no comparten su visión; peor aún, insulta a todos los colombianos al asumir que son tan ignorantes —e idiotas— capaces de votar por una candidata exclusivamente porque es mujer y madre. Evidentemente, intenta apelar a la “sororidad”; y es tan descarado que, apoyado en fundamentos débiles, insultos baratos y tratando a las personas como borregos, pretende conseguir votos.

“Don Juan” no debería ser tan irrespetuoso, atrevido y arrogante al punto de insultar dos veces a las personas, ni tan torpe como para creer que un llamado colectivista a la sororidad femenina logrará modificar la tendencia de voto en su país; estrategia de la que claramente se están valiendo en la campaña de la candidata durante su recta final, algo profundamente triste, porque durante su labor en calidad de senadora ha sido brillante y disciplinada, pero el interés desmedido por las métricas comienza a jugarle en contra.

“Don Juan” debería, a su vez, tener claro que este es un momento en el que América Latina clama por libertad, por ideas opuestas al control estatal y burocrático; mientras tanto, él hace un llamado a la estupidez humana, al servilismo político y a ciudadanos sin criterio para que le sigan. Al final, lo único realmente importante es el poder, ¿cierto? No importa cómo se obtenga.

Finalmente, si por alguna desafortunada razón usted llega a leerme, le aconsejo aprovechar esos espacios que tan pocos tienen para hacer auténticos análisis y reflexiones genuinas. ¡No tire a la basura el privilegio de tener audiencia con semejante babosada! Ponga a funcionar su experiencia, su criterio y su conocimiento. Haga que quienes lo escuchan piensen, no que obedezcan ciegamente; de lo contrario, continuará alimentando esta era del imbécil satisfecho.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

El Che Pérez Blanco

La Paz, Bolivia (1968 — Manhattan, siempre presente en la copa correcta). Don Che Pérez Blanco es un enigma, un oxímoron que los círculos más exclusivos de Nueva York celebran con un respeto tan cáustico como fascinado. Nacido en el polvo violeta de los barrios altos de Bolivia, donde el hambre tenía la forma del estaño de Antenor Patiño y el frío del altiplano, sobrevivió a base de ajenjo y bibliotecas ilegales hasta que una beca expiatoria de la ONU lo arrojó a Oxford. Allí, el muchacho de las punas descubrió que la revolución no venía del fusil, sino del foie-gras y la cuchara de émbolo; se doctoró en hedonismo estratégico y perfeccionó el arte de combatir el capitalismo desde el centro de sus excesos. Hoy, este “lord sin tierra” (como él se autodenomina, con una ironía que escuece) reparte su tiempo entre partidos de polo en Bridgehampton, donde carga con hándicap dos y un maletín de piel de cocodrilo que guarda un ejemplar anotado de «El Capital», y veladas de cetrería en el Hudson Valley, donde critica la acumulación primitiva mientras degusta un Romanée-Conti del 85.

Su biografía no oficial, «Del catre al caviar», es un devocionario de pésimo gusto para la izquierda caviar y un manual de cinismo para la derecha filantrópica. Polémico hasta en el silencio, se hizo famoso por abandonar una cena de recaudación del MoMA tras descubrir que el salmón no era salvaje y, acto seguido, redactar un manifiesto contra la “revolución light” que fue portada de «Vanity Fair». Dicen que prepara un ensayo titulado «Pérez tenía razón… pero olvidó el postre». Sea como fuere, El Che Pérez Blanco no liberará a los pobres, pero les ha enseñado a vestir mejor la derrota.

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