El liberalismo después del orden liberal

El orden liberal podrá estar en crisis, pero seguimos discutiendo la política en sus propias coordenadas. Nuestros valores, incluso en las sociedades medianamente democráticas, siguen siendo liberales. Esa es la provocación central de Alexandre Lefebvre en Liberalism as a Way of Life.

Es una bocanada de optimismo en un clima intelectual dominado por el diagnóstico de que los valores liberales, es decir, los de la Ilustración, se están extinguiendo por completo. No es una definición exacta de lo que vivimos.

Una cosa es el colapso del orden hegemónico liberal y otra que los valores liberales sean repudiados universalmente. Parece lo mismo, aunque no lo sea.

Estamos hablando de que la gente espera que las discusiones públicas se rijan por la civilidad y que todas las voces tengan espacio. En suma, que el pluralismo sigue siendo una aspiración defendida, así como la tolerancia, la libertad de culto o la libertad de prensa. En otras palabras, no todo está perdido. Buena parte de la tradición política liberal perdurará por otras vías si los liberales abandonamos la nostalgia por un modelo agotado y nos abocamos a la construcción de uno nuevo.

En términos teóricos, la propuesta de Lefebvre es fascinante; en la práctica, mucho menos. El autor no termina de explicar en qué consistiría ese nuevo orden sustentado en valores liberales, distinto del anterior. Tampoco ofrece ejemplos de políticos, partidos o movimientos capaces de encarnar su andamiaje conceptual, ni de fuerzas que ya la estén defendiendo en la actualidad. Mucho menos plantea una hoja de ruta concreta para empezar a articularla. No sabemos, por ejemplo, cuál sería la política fiscal de este nuevo liberalismo ni el alcance de los derechos sociales que debería garantizar.

El problema quizá no sea el fin del liberalismo, sino la incapacidad de renovarlo

A pesar de lo anterior, supone una lectura muy sugerente, en tanto que invita al lector a concebir fórmulas distintas de las canónicas o de los excesos inherentes al libertarismo. Es un recordatorio de que el liberalismo posee una notable capacidad de autocrítica y, consecuentemente, de autoreforma. No pretende erigirse en guía definitiva, sino en una base o un piso compartido para la vida en común. En mi país, México, una oposición más intelectualmente lúcida estaría discutiendo y difundiendo ideas de esta naturaleza.

En la línea de otros autores que buscan la revitalización liberal, esta obra constituye uno de los primeros esfuerzos de una biblioteca emergente para la reinvención de nuestra tradición.

Conscientes de los errores y fracasos, pero orgullosos de nuestros triunfos y contribuciones, los liberales podríamos forjar algo digno de nuestro tiempo. Eso y no otra cosa hubieran querido Tocqueville, Mill y tantos otros. Nos corresponde estar a la altura de ese legado.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Raudel Ávila

Licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México y magíster en Relaciones Internacionales por la Universidad de Essex. Ha sido asesor en la Presidencia de la República, la Secretaría de Educación Pública y el Instituto Nacional Electoral (INE) de México. Es colaborador habitual del diario El Universal y de la revista Vértigo Político, y ha publicado también en Letras Libres.

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