El silencio del heredero

En los pliegues sombríos de los conflictos modernos, donde el narcotráfico y el terrorismo se funden en una misma entidad depredadora, surge un fenómeno perverso: la apropiación de la identidad. No es raro que estos grupos bauticen sus frentes armados o sus laboratorios de muerte con nombres de lugares, héroes populares o, en un acto de profanación aún más hondo, con el nombre de personas. Particularmente repulsivo es el caso en el que se adopta el nombre de un padre para bautizar un frente armado y/o un laboratorio de cocaína, y su hijo guarda un silencio cómplice.

Desde cualquier perspectiva de la filosofía moral, esa conducta no es una simple omisión: es una acción cargada de significado. Es un acto de aquiescencia que demanda un severo escrutinio ético, máxime cuando su hijo es filósofo de profesión.

Nada de esto debería sorprender. Al fin y al cabo, hablamos del heredero político del Foro de São Paulo, del socialismo del siglo XXI, de las FARC y del petrismo; del mismo personaje que desconoció los resultados de la primera vuelta presidencial en Colombia.

La ética de la memoria y la responsabilidad filial

Entremos en materia. La primera línea de análisis nos lleva a la ética de la memoria. Un nombre, especialmente el paterno, no es una mera etiqueta: es un legado, un receptáculo de honor, historia y valores transmitidos. Consentir que ese nombre sea secuestrado para glorificar la violencia, el envenenamiento de comunidades y la destrucción del tejido social constituye una traición moral inexpiable.

El hijo, en su condición de custodio natural de ese legado, tiene una obligación prima facie de protestar, de deslindar claramente la memoria de su progenitor de la barbarie. El silencio, en cambio, sugiere una peligrosa neutralidad donde no puede haberla. En palabras del filósofo Emmanuel Levinas: “nuestra responsabilidad por el otro se extiende incluso a la forma en que permitimos que se utilice su nombre y su recuerdo”. Aquí se falla al otro (el padre) y a la comunidad.

La complicidad por omisión y el daño social

El segundo pilar de la crítica se cimienta en la teoría de la complicidad por omisión. El silencio en un contexto de atrocidad pública no es vacío: es interpretado. En la lógica rapaz del poder criminal, la falta de objeción equivale a un endoso tácito: un “permiso” simbólico para emplear ese nombre. Este acto (o no-acto) trasciende lo personal y deviene en un instrumento que fortalece al grupo delincuencial. Les brinda una pátina de legitimidad histórica o popular que no merecen, mancillando no solo el apellido, sino también la distinción entre el bien y el mal en la sociedad.

Desde un utilitarismo clásico, la acción (o inacción) que produce el mayor daño social es moralmente incorrecta. La conducta del hijo acarrea un daño demostrable: fortalece la narrativa del grupo criminal, confunde a la población y hiere a las víctimas de este, que contemplan cómo el nombre de alguien es enaltecido por sus victimarios. El bienestar general se ve profundamente afectado por esta omisión.

La dignidad humana y la apología implícita

Finalmente, debemos apelar al principio fundamental de la dignidad humana. Los grupos narcoterroristas representan la antítesis de la dignidad: reducen a las personas a objetos, ya sea como mercancía (en el narcotráfico) o como blancos (en el terrorismo). Asociar el nombre de una persona a esta maquinaria de deshumanización es un ultraje.

Quien enmudece ante tal ultraje, fracasa en defender la dignidad que ese nombre debería evocar. Se configura, entonces, una apología implícita. No hace falta enaltecer verbalmente a los bandidos: basta con no condenar su uso del apellido para que se construya una anuencia pasiva. Sentirse “orgulloso” o sencillamente no sentirse indignado por esta usurpación es, en esencia, validar que el honor de uno está ligado al poder delictivo y no a la virtud. Es una inversión moral grotesca.

En conclusión

No existe justificación moral ni ética para el silencio cómplice ante la profanación de un nombre familiar por parte de la barbarie. Justo donde correspondería erguirse una voz firme que diga: “ese no es mi padre, esos no son nuestros valores”, el vacío de una protesta se convierte en un eco que amplifica el mensaje delictivo.

Guardar silencio no es neutral: es ponerse del lado del opresor. Es aceptar que la memoria de un padre sea reescrita no con hechos de vida, sino con los crímenes de unos bandidos. Es traicionar el deber filial más esencial: proteger el honor del nombre que se lleva, limpiándolo de toda infamia, y evitar que sea usado como estandarte para enaltecer a quienes siembran el dolor y la muerte. El honor no se hereda: se preserva con actos. Y algunos actos, entre ellos callar cobardemente, manchan para siempre un legado.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

El Che Pérez Blanco

La Paz, Bolivia (1968 — Manhattan, siempre presente en la copa correcta). Don Che Pérez Blanco es un enigma, un oxímoron que los círculos más exclusivos de Nueva York celebran con un respeto tan cáustico como fascinado. Nacido en el polvo violeta de los barrios altos de Bolivia, donde el hambre tenía la forma del estaño de Antenor Patiño y el frío del altiplano, sobrevivió a base de ajenjo y bibliotecas ilegales hasta que una beca expiatoria de la ONU lo arrojó a Oxford. Allí, el muchacho de las punas descubrió que la revolución no venía del fusil, sino del foie-gras y la cuchara de émbolo; se doctoró en hedonismo estratégico y perfeccionó el arte de combatir el capitalismo desde el centro de sus excesos. Hoy, este “lord sin tierra” (como él se autodenomina, con una ironía que escuece) reparte su tiempo entre partidos de polo en Bridgehampton, donde carga con hándicap dos y un maletín de piel de cocodrilo que guarda un ejemplar anotado de «El Capital», y veladas de cetrería en el Hudson Valley, donde critica la acumulación primitiva mientras degusta un Romanée-Conti del 85.

Su biografía no oficial, «Del catre al caviar», es un devocionario de pésimo gusto para la izquierda caviar y un manual de cinismo para la derecha filantrópica. Polémico hasta en el silencio, se hizo famoso por abandonar una cena de recaudación del MoMA tras descubrir que el salmón no era salvaje y, acto seguido, redactar un manifiesto contra la “revolución light” que fue portada de «Vanity Fair». Dicen que prepara un ensayo titulado «Pérez tenía razón… pero olvidó el postre». Sea como fuere, El Che Pérez Blanco no liberará a los pobres, pero les ha enseñado a vestir mejor la derrota.

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