Solo ocho países han levantado el trofeo; otros aprendieron a ganar el Mundial sin siquiera disputarlo.
Mientras Europa conserva la hegemonía deportiva y comercial, China y los países del Golfo llevan una década buscando otros caminos para compartir la propiedad del balón.
España venció a Argentina y levantó su segunda Copa del Mundo. La tensión posterior —los gestos y la resistencia de algunos integrantes de la delegación argentina a aceptar la derrota— prolongó un partido que ya había terminado. El episodio no define a un país, pero dejó una imagen sugerente: incluso entre quienes conocen la gloria, entregar la Copa puede sentirse como abandonar una propiedad.
La historia ayuda a comprender esa reacción. Después de 23 ediciones, solo ocho países han sido campeones. Todos pertenecen a Europa o Sudamérica y cinco de ellos —Brasil, Alemania, Italia, Argentina y Francia— concentran 18 títulos.
El fútbol se presenta como la narrativa democrática por excelencia. Durante noventa minutos, una selección modesta puede resistir, encontrar un contragolpe y derribar a una potencia. Pero una cosa es ganar un partido y otra construir las condiciones para levantar la Copa: ligas competitivas, clubes solventes, canteras, entrenadores, medicina deportiva, continuidad institucional y una cultura que enseña a interpretar el juego como un idioma.
Juan Villoro llamó “Dios es redondo” a uno de sus libros, quizá porque el balón conserva la facultad religiosa de suspender por un instante las jerarquías del mundo. Borges, bastante menos conmovido por el fútbol, acaso habría reconocido alrededor de la Copa uno de sus laberintos: innumerables caminos posibles que, al final, conducen casi siempre a las mismas habitaciones.
Sobre la cancha todavía caben la herejía y el milagro. Vista desde la historia, la Copa pertenece a una aristocracia diminuta.
Sin embargo, existe otro campeonato que no se decide en una final. Durante la última década, empresas, fondos soberanos, plataformas y gobiernos compitieron por controlar los activos que convierten el juego en una industria. El mercado europeo superó los 40 mil millones de euros en la temporada 2024-2025. Las cinco grandes ligas generaron 21.6 mil millones. El fútbol se hizo más global en su consumo, pero no en la propiedad de sus beneficios.
La división internacional del trabajo resulta familiar. África y América Latina producen una parte considerable del talento; Europa lo detecta, compra, desarrolla y comercializa. El futbolista puede nacer en Dakar, Medellín o Montevideo, pero el valor termina concentrado en ligas, clubes, estadios, marcas y derechos audiovisuales administrados desde Londres, Madrid, París o Múnich.
China y los países del Golfo comprendieron que no necesitaban formar una selección campeona para disputar un lugar dentro de ese negocio. Lo interesante es que siguieron caminos distintos y obtuvieron resultados también diferentes.
China intentó entrar por la puerta principal. A mediados de la década pasada, conglomerados del país compraron participaciones en Inter de Milán, Manchester City, Atlético de Madrid y otros clubes europeos, mientras la Superliga china ofrecía salarios descomunales a figuras internacionales. Por un momento pareció que el nuevo centro del fútbol mundial podía desplazarse hacia Oriente.
La expansión duró poco. Los controles a la salida de capitales, el endeudamiento corporativo, la pandemia y la debilidad del fútbol chino frenaron el proyecto. En 2024, el grupo chino Suning perdió el control del Inter de Milán tras incumplir un préstamo por 395 millones de euros. China había intentado comprar un lugar entre los dueños, pero el fondo estadounidense Oaktree Capital Management, terminó quedándose con el club.
No desapareció de la industria; cambió de posición. En lugar de controlar grandes equipos, fortaleció su presencia en manufactura, tecnología, patrocinio y consumo. Hisense, Mengniu y Lenovo llevaron sus marcas al Mundial de 2026; esta última proporcionó sistemas de inteligencia artificial y análisis utilizados por las 48 selecciones. China no conquistó el fútbol, pero aprendió a venderle pantallas, mercancías, infraestructura y tecnología. No tocó el balón; su huella aparecía en casi todo lo que rodeaba al juego.
El Golfo avanzó con mayor paciencia. Qatar convirtió al Paris Saint-Germain en una marca global: desde la llegada de Qatar Sports Investments, sus ingresos pasaron de 99 a 837 millones de euros. Abu Dabi transformó al Manchester City y lo colocó en el centro de City Football Group, una red de doce clubes. Arabia Saudita adquirió Newcastle United y su fondo soberano controla 75 por ciento de Al Hilal, Al Nassr, Al Ahli y Al Ittihad.
Pero reducir esa estrategia a la compra de equipos sería perder lo esencial. Emirates, Etihad y Qatar Airways convirtieron camisetas y estadios en escaparates para aerolíneas y destinos turísticos. Qatar organizó el Mundial de 2022; Arabia Saudita será sede del de 2034; Aramco se convirtió en socia global de la FIFA. Clubes, patrocinios, medios, turismo y grandes acontecimientos forman parte de una misma política de diversificación y posicionamiento internacional.
Eso no significa que cada dólar invertido haya producido utilidades. Algunos clubes acumulan pérdidas y ninguna contabilidad puede traducir con precisión una Champions League en turistas, prestigio diplomático o influencia política. El rendimiento también se mide en revalorización de activos, visibilidad y poder blando. Incluso así, ni un fondo soberano puede comprar automáticamente tradición, legitimidad o afecto.
Tampoco conviene imaginar que China y el Golfo sustituyeron a los dueños tradicionales. Europa conserva las ligas más valiosas y Estados Unidos amplía su presencia mediante fondos, plataformas y derechos audiovisuales. Los recién llegados no conquistaron el centro: compraron asientos dentro de él. La regulación intenta alcanzarlos con controles financieros y límites a la multipropiedad, pero suele llegar cuando el capital ya diseñó el siguiente pasadizo.
El fútbol funciona, así como un espejo hiperbólico de la economía mundial. Cada vez más países participan, más aficionados consumen y más pantallas transmiten; sin embargo, los campeones siguen siendo pocos y quienes controlan el valor son todavía menos.
España levantó la Copa. Mientras unos cuentan estrellas bordadas sobre las camisetas, otros cuentan clubes, fábricas, datos, rutas aéreas, derechos y contratos.
Una forma de ganar exige historia, talento y noventa minutos de perfección. La otra consiste en poseer los activos que convierten esa perfección en dinero. La primera deja una estrella sobre la camiseta. La segunda procura ser dueña de la fábrica que la cose, de la pantalla que transmite la celebración y, si es posible, hasta del estadio donde se levanta el trofeo.
El fútbol seguirá siendo de todos. La Copa deportiva pertenece a unos cuantos; la otra, la invisible, a muchos menos todavía.














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