A 10 años del acuerdo de paz: otra reflexión más

En algunas universidades del país se han realizado eventos por la paz. Me han gustado algunos. Recientemente, la Universidad de Antioquia realizó el propio; antes lo hizo la Universidad Javeriana del Valle, la Uniminuto de Bello. La idea general que circula desde las academias es: hay que meterle fuerza a la paz, bajo el manto de que esta nos hace mejor sociedad y miremos.
Inicialmente, ante ese marco me encuentro de acuerdo. Me gusta. Y, sobre ello, quiero escribir que, tras mirar 10 años hacia atrás, es posible tener un balance aproximado con las búsquedas que se tienen con relación al proceso de implementación. Sí, porque yo tengo mis búsquedas y aspectos que dejo de lado y justifico. A mí no me interesa el Estado y su diseño institucional, no me interesa Comunes y su desarrollo político. No me interesan las disidencias y sus lógicas mafiosas.
En esos aspectos, el proceso de paz ha generado mucho dolor. Ha creado mucha frustración. Incluso, ha hecho que una parte de la sociedad quiera la guerra. Eso está mal y de eso debemos hablar.
Además, en la implementación no se ha producido alineación cognitiva con el sentido de la paz, ni microterritorial ni nacional, homogéneamente. Eso es por nosotros y también por los enemigos de la paz, los mafiosos, conservadores, Estados Unidos e Israel; el mundo con la deshumanización campante que impide los procesos de negociación e implementación y la ausencia de prohibición explícita de la producción y circulación de armas.
Sin embargo, la implementación de la paz ha generado algo que reivindico mucho. Me hace confiar en esos procesos, me hace estimularlos y me lleva a exigirlos. Cuando me acerco a los territorios, encuentro en muchos un fortalecimiento de procesos organizativos de base campesina con demandas agrícolas, culturales, de género, ambientales, juveniles impresionantes; y el apelativo de esos procesos me encanta más: Asociación Campesina. Eso es una victoria.
En el Bajo Cauca, en el Urabá, en el Norte, en el Magdalena Medio, en el Nordeste, en el Suroeste, en el Oriente de Antioquia, si algo hemos tenido estos 10 años son un conjunto de esfuerzos convencionales y disruptivos que se han consolidado, emergido y articulado, y eso es suficiente para escribir: ha valido cada maldito segundo la implementación de esta paz imperfecta.
Un proceso político que se organiza vence el individualismo, vence la apatía y hasta la propia moralidad individual que se choca con la otra con frecuencia; eso es victoria. Un proceso organizativo que avanza reclama, está pendiente y politiza demandas. Hace falta mucho más, claro que sí, pero esto, en efecto, es un resultado, y digo, no planeado de la implementación.
A la Paz Total le hicieron críticas ciertas. Pero nunca la relacionaron con la demanda de Paz Completa que existe en el país desde el 2015. El afán de figurar con sentido crítico al gobierno nacional del cambio no contribuyó a ese esfuerzo sensato, necesario y fundamental para el país. Pero me quedo con la crítica del profesor Mauricio García: la Paz Total es un ejemplo de futuro, se debe volver a intentar, pero con otra política de seguridad. Nunca se debe desechar.
Hoy sabemos que uno de los resultados de una implementación de paz es una mayor política confrontacional, lo que llamaba Chantal Mouffe política agonística. Y ese es el modelo de sociedad sana, vibrante, democrática y con ganas de echar pa’lante.
Bello, Antioquia, 23 de septiembre de 2026.

Julián Andrés Granda

Sociólogo, magister en Estudios Latinoamericanos y actualmente, estudiante doctoral.

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