La verdadera rebeldía: ser joven y de derecha hoy en día

“La verdadera rebeldía nunca fue levantar el puño contra lo de afuera. Fue siempre atreverse a pensar incluso contra los tuyos.”

Nos enseñaron que la juventud es sinónimo de ruptura, que rebelarse es levantar el puño contra lo establecido. Pero nadie nos advirtió que, en ciertos círculos, lo establecido dejó de ser el orden y pasó a ser la izquierda. Por eso, la verdadera transgresión hoy no es repetir consignas impresas en la camiseta que te dieron al entrar a una protesta, sino atreverse a pensar distinto de tus propios compañeros de generación.

Crecí escuchando que ser joven era ser progresista casi por definición biológica, como si la edad trajera consigo una ideología de fábrica. Descubrí, sin embargo, que muchos de quienes hoy se proclaman rebeldes jamás han tenido que defender una idea frente a un auditorio hostil. Han tenido, eso sí, que repetirla. Y hay una diferencia abismal entre defender algo y repetirlo: lo primero exige pensamiento; lo segundo, apenas memoria.

Soy joven, colombiano y orgullosamente de derecha. Lo digo sin rodeos porque soy un convencido de que esconder la posición política de quien escribe es la primera forma de cobardía intelectual. Pero aun siendo militante de un partido de derecha, no escribo esto para defender a un partido ni a ningún dirigente, sino algo más incómodo: el derecho a llegar a una conclusión política por cuenta propia, incluso cuando esa conclusión te deja fuera del consenso generacional que se supone debías compartir.

Declararme de derecha en un salón de clase, en una sobremesa, en una conversación de trabajo, suele producir un silencio breve y una mirada evaluativa, como si acabara de confesar una carencia moral. No me quejo de esa incomodidad. La agradezco. Fue precisamente ese silencio el que me obligó a leer más, a argumentar mejor, a no dar nada por sentado. La rebeldía cómoda no exige nada; la incómoda te forma.

Pero hay una buena noticia, y es que algo está cambiando, aunque no de manera lineal ni triunfalista. En 2021, apenas el 7 por ciento de los jóvenes colombianos se ubicaba ideológicamente en la derecha; dos años después esa cifra había subido a más de la tercera parte. Los estudios más recientes de la Universidad del Rosario muestran que en 2024 el 82 por ciento se identificaba con el centro o la derecha, mientras que apenas el 18 por ciento se reconocía afín a la izquierda. No es una revolución conservadora ni una ola homogénea: la mayoría sigue votando por moderación antes que por bandera. Pero el dato desmonta el mito de una juventud monolíticamente progresista. Y desmontarlo ya es, en sí mismo, un acto de libertad.

En mi caso, mi ideología se ha ido construyendo viendo cómo se administra el país: una “Paz Total” que negoció con el crimen sin exigirle nada a cambio, mientras el Estado retrocedía en las regiones que más lo necesitaban. No es un asunto de cifras aisladas, sino un patrón: una izquierda que confunde comprender las causas de la violencia con ser permisiva frente a sus responsables, que prefiere la mesa de diálogo indefinida a la autoridad ejercida con firmeza, y que trata cada institución como un obstáculo a vencer en lugar de un contrapeso que proteger. Esa desconfianza hacia las instituciones que no controla es, para mí, la verdadera cara de un proyecto que se presenta como emancipador y termina debilitando lo que mantiene libre a un país: la ley aplicada por igual a todos.

No defiendo mis ideas desde un escritorio ni desde una hoja de vida. Las defiendo desde lo que soy: un hijo, un estudiante, alguien que todavía vive rodeado de las personas y las costumbres que lo formaron. Y quizás por eso desconfío de un país empeñado en desmontar, una por una, las cosas que a mí me dieron sentido: la familia, la autoridad que se gana con respeto, la idea de que hay cosas que no se negocian ni se reinventan cada cuatro años. No es nostalgia. Es la sospecha, cada vez más fundada, de que una sociedad no se sostiene solo con derechos individuales proclamados a gritos, sino con instituciones que alguien respeta y un orden que alguien está dispuesto a defender. Defiendo la autoridad legítima, la familia como lugar donde se forma el carácter antes que el Estado, y la idea de que la libertad sin responsabilidad ni límites no es libertad: es desorden con buenas relaciones públicas. Me preocupa vivir en un país donde cuestionar la autoridad se aplaude por principio y respetarla se sospecha por costumbre. No niego que hay tradiciones que merecen revisarse; niego que haya que destruirlas todas para demostrar que uno piensa distinto.

No escribo esto para demostrar que mi generación se equivocó al escoger la izquierda casi por reflejo, como quien hereda un color de camiseta sin preguntar por qué. Escribo para proponer algo más simple: que una generación de verdad libre no necesita el permiso de nadie para pensar distinto, ni una etiqueta generacional que le diga, antes de que lo piense, qué debe defender. Ser joven, colombiano y de derecha, en un país donde lo contrario se asume por default, no es traicionar a mi generación. Es, tal vez, la única forma honesta que me queda de pertenecer a ella.

La verdadera rebeldía nunca fue levantar el puño contra lo de afuera. Fue siempre atreverse a pensar incluso contra los tuyos.

Sebastian Avila Cabal

Soy joven, colombiano y orgullosamente de derecha. Estudiante de Relaciones Internacionales y Jurisprudencia. Tengo una convicción firme en la libertad, la democracia, el Estado de derecho y la defensa de las instituciones. Me apasionan la política, el derecho y los asuntos internacionales, y participo activamente en el debate público colombiano.

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