![]()
Hay una pregunta incómoda que atraviesa la filosofía de la tecnología de los últimos veinte años: si la tecnología es tan poderosa como decimos, ¿por qué resuelve tan pocos de los problemas que realmente nos duelen? Tenemos modelos capaces de escribir código, plegar proteínas y generar videos realistas, y al mismo tiempo tenemos crisis climática, desigualdad creciente, hambre, escasez de agua y sistemas de salud que no llegan a la mayoría. Es un problema cultural y estructural que varios filósofos llevan años señalándola.
En este artículo quiero profundizar en estos temas éticos en tres partes: primero, el diagnóstico de Luciano Floridi sobre qué tipo de realidad habitamos; segundo, el problema bioético del mejoramiento humano y a quién beneficia; tercero, la crítica al concepto mismo de innovación y el destino al que nos lleva.
1. La infoesfera: no usamos la tecnología, vivimos en ella
Floridi propone que el giro informacional constituye una cuarta revolución. Copérnico nos sacó del centro del universo, Darwin cortó el cordón umbilical con la creación divina, Freud demostró que ni siquiera somos transparentes para nosotros mismos, y Turing —dice Floridi— completa el proceso: un “desplazamiento y reevaluación de la naturaleza y el rol fundamental de la humanidad en el universo” (Floridi, 2012, citado en Almendros y Echeverría, 2019).
El concepto central es la infoesfera: “el entorno completo constituido por todas las entidades informacionales, sus propiedades, interacciones, procesos y relaciones mutuas” (Floridi, 2007, p. 59). No es el ciberespacio ni “lo digital”. Incluye lo analógico y lo offline, porque también son hábitats de información. Y esto no es una metáfora: Floridi sostiene que las TIC están re-ontologizando la realidad, es decir, ejecutando “una forma muy radical de reingeniería, que no solo diseña o estructura un sistema de nuevo, sino que transforma fundamentalmente su naturaleza intrínseca” (Floridi, 2007, p. 60).
De ahí se sigue uno de los conceptos antropológicos mas importantes. No somos ciborgs ni transhumanos: somos inforgs, “organismos informacionales mutuamente conectados e insertos en un entorno informacional que compartimos con otros agentes informacionales, tanto naturales como artificiales” (Floridi, 2014). Y no en sentido protésico —el reloj inteligente, el teléfono— sino en el sentido en que el agua de mar es salada. La frontera entre lo online y lo offline dejó de ser operativa: Floridi la reemplaza por lo onlife, la forma de vida propia de la infoesfera.
Un caso cotidiano: el reloj inteligente que me regaló mi esposa. Salgo a trotar sin el celular, sin nada en la mano, en lo que cualquiera describiría como un momento offline. Pero la carrera no ocurre fuera de la infoesfera: ocurre como información. El recorrido, el ritmo cardíaco y la cadencia quedan registrados y, al sincronizarse, se integran a un análisis histórico de mi rutina. Lo relevante no es que el dispositivo extienda mis capacidades —Floridi rechaza explícitamente tanto la lectura protésica como la hipótesis de la mente extendida—, sino que la carrera pasa a existir en dos registros simultáneos: el vivido y el informacional. Y el segundo termina gobernando al primero, porque el próximo trote se ajusta a la métrica del anterior. Nunca hubo un afuera al cual desconectarse.
Un segundo caso, del trabajo: escribimos specs —especificaciones con la descripción precisa de lo que se quiere construir— y agentes de IA toman ese trabajo, lo implementan y lo entregan para revisión final. Esto es, en sentido estricto, un sistema multiagente: la agencia queda distribuida entre quien redacta la especificación, el agente que la ejecuta y quien revisa el resultado. La formulación de Floridi describe la situación con precisión: los agentes artificiales morales son accountable pero no necesariamente responsables. El agente responde por lo que hizo sin ser responsable de haberlo hecho, y la responsabilidad no se disuelve: se redistribuye hacia la especificación. Escribir un spec es decidir qué entidades existen en el dominio y qué relaciones son admisibles: re-ontologización en sentido estricto, ejecutada como tarea rutinaria.
2. Una ética para entidades informacionales
De esa ontología Floridi deriva una ética de la información con tres rasgos que la separan de la tradición.
Es no antropocéntrica: los agentes morales incluyen entidades no humanas (artificiales) y no individuales (distribuidas), como sistemas multiagente, empresas e instituciones (Floridi, 2009). Es orientada al paciente: lo relevante no es solo quién actúa, sino quién recibe la acción. Y es ecuménica en lo axiológico: toda entidad, interpretada como conjunto de información, tiene un valor moral mínimo y merece respeto.
El criterio de evaluación no son las intenciones ni los fines, sino la entropía informacional: el grado de orden o desorden que una acción produce en el ecosistema. Floridi es explícito en que esta ética no prescribe decálogos; ayuda a detectar problemas, no a resolverlos por adelantado.
Y aquí llega la crítica que más me interesa. Lola S. Almendros y Javier Echeverría (2019) reconocen la potencia del marco, pero señalan su punto ciego: lo axiológico y lo político no entran en escena al pensar la topología de la infoesfera. Floridi describe un ecosistema donde los conflictos dependen de las actuaciones de los agentes, sin considerar las constricciones estructurales para ejercer esa agencia. La frase que resume la objeción es simple y contundente:
“La estructura del sistema no se libra de privilegios. La distribución de la agencia no supone necesariamente equidad en su ejercicio.”
En palabras mas simples, que todos seamos inforgs no significa que todos seamos inforgs iguales. La infoesfera no es un ecosistema neutral, porque la información tiene valor y se valora, y el poder de re-significar es el poder de otorgar valor. Los autores lo cierran con una tesis que vale para cualquiera que trabaje en tecnología: la justificación de la actividad ingenieril tras el giro informacional ya no reside en lo político-social, sino en lo empresarial.
Sara Degli-Esposti (2023) aterriza esto en casos concretos: el papel de la IA en la automatización de la injusticia y en la perpetuación de dinámicas antiguas de discriminación y segregación, que ahora reaparecen bajo la etiqueta técnica y aséptica de “sesgos algorítmicos” también conocido en el ecosistema. de la IA como bias. Su demanda —abrir la caja negra, regular el oligopolio digital— es exactamente la dimensión política que el marco de Floridi deja fuera.
3. Bioética: el mejoramiento humano y sus beneficiarios
El mismo problema se agudiza cuando pasamos de los datos a los cuerpos.
Antonio Luis Terrones Rodríguez (2018) describe un desplazamiento de paradigma en medicina: del terapéutico —anclado en una tradición que entiende la naturaleza humana como intangible, donde solo cabe curar o reparar— al de perfeccionamiento. El transhumanismo se construye sobre la máxima de un perfeccionamiento ilimitado y un reto sobre la superación de la muerte y al envejecimiento. Sus argumentos, sistematizados por Nick Bostrom, son razonables en abstracto: aumento de la esperanza de vida, de la capacidad intelectual, del bienestar.
Esto conecta con Hans Jonas y su principio de responsabilidad, incluida la heurística del temor: anticipar imaginativamente las consecuencias catastróficas como condición para una ética orientada al futuro. Y nombra el problema: “nos enfrentamos a un importante desafío bioético relacionado con el desarrollo de la tecnología por medio de la IA y su influencia sobre los aspectos biotecnológicos planteados por el transhumanismo”.
Por otro lado el debate bioético suele plantearse en términos de si es lícito mejorar al ser humano. Pero la pregunta más urgente es otra, y es la que surge al cruzar a Terrones con Almendros y Echeverría: ¿mejoramiento para quién?
Las terapias génicas, las intervenciones de longevidad y las interfaces cognitivas no aparecen en el mundo como bienes públicos. Aparecen como productos, con un precio, en mercados donde ya existen grande brechas de acceso. Si la agencia distribuida no garantiza equidad en la infoesfera —donde el costo marginal de replicar información es casi cero—, mucho menos la garantiza en la biosfera, donde cada tratamiento tiene un costo real y escaso. El riesgo no es un futuro de posthumanos. El riesgo es un presente donde la brecha deja de ser económica o educativa y pasa a ser biológica: una minoría con acceso a más años de vida y más capacidad cognitiva -Los humanos mejorados-, y una mayoría que envejece y enferma como siempre.
Eso ya no es una desigualdad que se corrige con política pública. Es una desigualdad que se hereda y establece una distancia transhumanista difícil de superar entre generaciones.
4. El problema es el concepto de innovación
¿Por qué la tecnología se orienta sistemáticamente hacia la innovación? Podemos analizar la respuesta que ofrecen Lucien von Schomberg y Vincent Blok (2021).
Su punto de partida es histórico y desarma una obviedad. Innovar no significó siempre lo que significa hoy. En la Grecia antigua el concepto era político: “introducir un cambio en el orden establecido” (Godin, 2015). Entre el siglo IV y el XIX siguió siendo político, y mayormente peyorativo: innovador era quien amenazaba el orden. Solo alrededor de 1800 adquirió connotación positiva asociada al progreso, y apenas en los últimos sesenta años, con el ascenso de la economía dominante y la popularización del concepto por Schumpeter, se convirtió en lo que hoy damos por descontado: innovación tecnológica, es decir, tecnología que llega al mercado. Como resumen los autores, innovación tecnológica es, en la práctica, innovación comercializada.
Los marcos de Innovación Responsable (RI) —con sus cuatro dimensiones: anticipación, reflexividad, inclusión y capacidad de respuesta— intentan reorientar la innovación hacia lo socialmente deseable y éticamente aceptable. Pero von Schomberg y Blok demuestran que estos marcos nunca cuestionan qué es innovación; la presuponen como innovación tecnológica.
El paradigma tecnoeconómico impone la comercializabilidad como único modo válido de imaginar el cambio. Por eso la innovación social (comercio justo) y la innovación actitudinal (cambios de estilo de vida) quedan fuera del discurso. El ejemplo que dan es perfecto: el debate sobre el consumo excesivo de carne se restringe a la carne in vitro, en lugar de considerar también formas innovadoras de potenciar fuentes de proteína no cárnicas. Una solución es un producto patentable. La otra no.
Las consecuencias prácticas son tres, y las tres suenan familiares: asimetrías de poder (quien diseña y quien financia pesan más que el público), asimetrías de información (la transparencia que la RI exige destruye la ventaja competitiva que el mercado exige) y resultados impredecibles (el caso de los biocombustibles, que terminaron encareciendo los alimentos y golpeando a países en desarrollo).
5. Ciencia ficción capitalista, o cómo quedarnos sin mundo
Michel Nieva (2024) le pone nombre al destino de esa lógica. En Ciencia ficción capitalista. Cómo los multimillonarios nos salvarán del fin del mundo, sostiene que el capitalismo tecnológico se nutre del imaginario de la ciencia ficción del siglo XX —un género con un sesgo blanco, anglosajón y masculino, cargado de valores coloniales— para producir soluciones utópicas que legitiman proyectos empresariales privados.
Los mismos actores cuyo modelo productivo acelera la crisis climática se presentan como quienes nos salvarán de ella, y la salvación que ofrecen no es reparar el planeta sino abandonarlo. El autor describe el sueño de colonizar Marte como un espacio donde acelerar los mecanismos destructivos del capitalismo, no donde corregirlos. La criogenia, la inmortalidad, el turismo espacial y el mejoramiento radical pertenecen al mismo catálogo: fantasías futuristas de una élite que puede permitirse un futuro distinto al de todos los demás.
El resultado es lo que Nieva llama una humanidad sin mundo: viajeros cósmicos fotografiándose mientras el planeta que los hizo posibles muere lentamente.
Conclusión
La salida que proponen von Schomberg y Blok no es abandonar la innovación, sino recuperar su orientación política original: innovación como cambio del orden establecido que atienda al bien común más allá de la actual ola de privatización. Almendros y Echeverría llegan a una conclusión paralela desde la formación de ingenieros: recuperar el sentido sociopolítico del avance pasa por formar profesionales conscientes no solo de estos cambios, sino de su papel en ellos.
Para quienes construimos software, eso se traduce en una pregunta bastante concreta que casi nunca aparece en un documento de arquitectura: ¿para quién sirve lo que estoy construyendo, y quién queda afuera?
No es una pregunta filosófica. Es una decisión de diseño.
Referencias
- Almendros, L. S. y Echeverría, J. (2019). Ingenierías, sociedades digitales e infoesfera. Una interpretación de la filosofía y la ética de la información de Luciano Floridi. Revista Iberoamericana de Ciencia, Tecnología y Sociedad – CTS, 14(41), 149-167.
- Degli-Esposti, S. (2023). La ética de la inteligencia artificial. Los libros de la Catarata.
- Floridi, L. (2009). Against digital ontology. Synthese, 168, 151-178. https://doi.org/10.1007/s11229-008-9334-6
- Floridi, L. (2012). Pasos a seguir para la filosofía de la información (A. A. Morán Reyes, trad.). Revista Interamericana de Bibliotecología, 35(2), 213-218.
- Nieva, M. (2024). Ciencia ficción capitalista. Cómo los multimillonarios nos salvarán del fin del mundo. Anagrama.
- Terrones Rodríguez, A. L. (2018). Inteligencia artificial y ética de la responsabilidad. Cuestiones de Filosofía, 4(22), 141-170. https://doi.org/10.19053/01235095.v4.n22.2018.8311
- von Schomberg, L. y Blok, V. (2021). Technology in the Age of Innovation: Responsible Innovation as a New Subdomain Within the Philosophy of Technology. Philosophy & Technology, 34, 309-323. https://doi.org/10.1007/s13347-019-00386-3














Comentar