«Espero que mi propio sexo me disculpe… si trato a las mujeres como criaturas racionales en vez de halagar sus encantos fascinantes y considerarlas como si estuvieran en un estado de eterna infancia, incapaces de valerse por sí mismas».
— Mary Wollstonecraft (1792).
Doscientos treinta y cuatro años después, tengo que pedirles el mismo permiso. Soy mujer, soy libertaria y sí, soy feminista, feminista liberal, porque la única igualdad que existe, la única posible y la única digna de defenderse, es la igualdad ante la ley. El resto lo dejo por fuera: para mí sí es importante razonar.
Y razonar hoy exige decir algo que muchas no quieren escuchar: el feminismo contemporáneo ha perdido su sujeto de derecho. Lo ha perdido porque es incapaz siquiera de definirlo. ¿Qué es una mujer? Una adulta femenina con cromosomas XX. Y, si esa definición incomoda, el problema no es biológico: es ideológico.
Un movimiento que no puede definir a quién defiende no defiende a nadie: defiende una idea de sí mismo.
Mary Wollstonecraft no pidió protección: pidió razón. Escribió: «Deseo persuadir a las mujeres para que intenten adquirir fortaleza, tanto de mente como de cuerpo». No dijo privilegios, no dijo cuotas, no dijo subsidios. ¡Dijo fortaleza! De mente y de cuerpo.
Hoy el Estado nos trata como inválidas mentales. Como si necesitáramos de su presencia constante, de su mano extendida, de su tutela perpetua para poder desarrollarnos. Perdónenme, pero no lo creo. No considero en lo más mínimo la necesidad inminente de que alguien o algo me sostenga para poder hacer lo que quiero hacer.
La igualdad no consiste en darme lo que otro tiene porque yo no lo tengo: consiste en dejarme hacer las cosas para conseguirlo, si es lo que quiero. Esa diferencia entre recibir y conquistar es la que separa a una mujer libre de una mujer dependiente. Y es la diferencia que el feminismo contemporáneo se empeñó en borrar.
El feminismo de hoy ya no es un movimiento a favor de la mujer: es un caballo de Troya en contra del hombre. Un instrumento político revestido de causa social, que cambió la razón por el resentimiento y la libertad individual por la dependencia colectiva.
Wollstonecraft lo anticipó con una claridad que duele: «Aquellos seres que son sólo objetos de piedad, y de esa clase de amor que ha sido denominada como su hermana, pronto se convertirán en objetos de desprecio». Eso es exactamente lo que está pasando. Cada vez que una mujer acepta ser tratada como víctima permanente del sistema, no se libera: se degrada. Y, al hacerlo, degrada también a todas las que decidimos no pedir permiso para pensar.
La igualdad material es imposible, ¡y más aún la igualdad de oportunidades! Somos diferentes, todos, y eso no es una tragedia: es la condición misma de la libertad. La igualdad material solo es alcanzable en un sistema económico: ese sistema se llama «comunismo», que es lo mismo que la miseria repartida en partes iguales.
Ayn Rand lo dijo con una precisión que no admite réplica: «En una sociedad capitalista, todas las relaciones humanas son voluntarias. Los hombres son libres de cooperar o no, de tratar con los demás o no, según su propio juicio, convicciones e intereses individuales». Esa es la sociedad que deberíamos estar reivindicando: una donde la mujer no necesite que nadie le abra la puerta, sino que nadie se la cierre.
¡Las cuotas de género son el monumento perfecto al fracaso de esta lógica!
Siempre que el Estado intenta resolver un problema con una intención inequívoca y bienintencionada, lo hace mal. Porque es antinatural, porque es ilegítimo, porque sustituye el mérito por la aritmética y la capacidad por la categoría. Una mujer que llega a un cargo por una cuota no representa a las mujeres: representa al sistema que determinó que ella no podía llegar sola.
Y no me vengan con la estúpida excusa de que la crítica es por nuestro sexo. No, no es por el sexo: es por el abandono de la capacidad de razonar sin la ayuda de nadie más. Músculo que no se ejercita, se atrofia. Y muchas de las mujeres que hoy se llenan la boca de “sororidad” y “lucha de género” no encarnan más que un músculo atrofiado del pensamiento, cómodo en su dependencia y furioso con quien se atreve a señalarlo.
Wollstonecraft escribió algo que debería estar grabado en la entrada de cada congreso, de cada ministerio y de cada universidad de este continente:
«Desechando, pues, esas bellas frases femeninas que los hombres utilizan con condescendencia para dulcificar nuestra dependencia servil, y despreciando esa débil elegancia de mente, esa sensibilidad exquisita y dulce docilidad de conducta que se supone constituyen las características sexuales del vaso más frágil, deseo mostrar que la elegancia es inferior a la virtud».
La elegancia es inferior a la virtud, y la virtud comienza donde termina la excusa.
No somos sujetos de condescendencia. No somos criaturas frágiles que necesitan protección estatal para sobrevivir al mundo. No somos un bloque electoral al que se le reparten migajas disfrazadas de derechos. ¡Somos seres racionales! Y la mujer se hizo libre el día exacto en que se hizo responsable de sus actos. No tenemos que culpar hoy a nadie más de lo que nos ocurre. Eso es lo lógico: eso es lo que debe defender una mujer libre y racional.
No podemos darnos el lujo de ignorar la política, de ser recipientes de mero clientelismo, incapaces de pensar, de criticar y de razonar; de convertirnos en la burla de naciones enteras y deslegitimar lo que somos: mujeres adultas. Eso es político. Y, aunque hoy muchas de quienes acceden por cuota no lo adviertan, créanme: dentro de poco no podrán escapar de sus consecuencias.
Wollstonecraft cerró su vindicación con estas palabras:
«Amo al hombre como a mi prójimo; pero su cetro, real o usurpado, no se extiende a mí, a menos que la razón de un individuo exija mi homenaje; e incluso entonces la sumisión es a la razón, y no al hombre».
Que la mujer adquiera carácter. Sé que soy ambiciosa ante la dulce dependencia servil y cómoda de algunas, envuelta en odio bajo los velos del “heteropatriarcado” y la “lucha de género”. Sé que Wollstonecraft también lo fue. Por eso terminó llamando a lo que plasmaba «sueños utópicos». Y respondió con una frase que hoy, 234 años después, sigue siendo la más subversiva que una mujer puede pronunciar:
«Gracias a ese Ser que los imprimió en mi alma y me otorgó la fuerza mental suficiente para atreverme a ejercer mi propia razón».
Atreverse a ejercer la propia razón. Eso es feminismo. Todo lo demás es ruido.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.














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