Wall Street, tanto en el cine como en el imaginario popular, se ha instalado como el símbolo del capitalismo en su versión más salvaje. Rascacielos llenos de hombres de traje y corbata, millones de dólares cambiando de manos, corredores de bolsa intentando ganar dinero antes que el resto y tiburones esperando para devorarse entre sí. Si existe un enclave que encarna todo aquello contra lo que Karl Marx escribió, quizá sea ese. En principio, China debería encontrarse en el extremo opuesto. Al fin y al cabo, hablamos de un país gobernado desde hace 77 años por el Partido Comunista de China (PCCh), fundado en 1921 y en el poder a partir de la proclamación de la República Popular China, encabezada por Mao Zedong, el 1 de octubre de 1949. Allí debería reinar la planificación central, la propiedad estatal y una economía organizada para superar las relaciones capitalistas. Wall Street y Lujiazui deberían ser dos mundos completamente incompatibles. Y hay un pequeño problema con esta imagen: China se convirtió en una potencia económica mundial utilizando muchas de las herramientas que el comunismo clásico pretendía erradicar.
Para entender la contradicción corresponde comenzar por el comunismo. Según Karl Marx y Friedrich Engels, la «sociedad comunista» supondría la desaparición de las clases sociales y de la propiedad privada de los medios de producción y, en su fase más desarrollada, una distribución de los bienes basada en las necesidades. No se trataba simplemente de que el Estado administrara algunas empresas o regulara el mercado. La aspiración era transformar las relaciones económicas que sostenían al capitalismo. Mao Zedong intentó avanzar hacia ese horizonte después de la fundación de la República Popular China. La agricultura fue colectivizada, la propiedad privada de la tierra fue eliminada progresivamente y los agricultores fueron organizados primero en cooperativas y luego en comunas populares. La industria fue nacionalizada y la planificación central pasó a ocupar el lugar del mercado. El Estado decidía qué producir, cuánto producir y cómo distribuir los recursos. En otras palabras, si alguien hubiera irrumpido en Pekín en esa época hablando de inversión extranjera, competencia empresarial y emprendimiento privado, probablemente no habría sido “invitado a dar una conferencia sobre innovación”.
El experimento maoísta alcanzó uno de sus puntos más extremos con el «Gran Salto Adelante», iniciado en 1958. Mao se propuso acelerar la industrialización y aumentar la producción agrícola mediante una movilización masiva de la población. Las comunas populares se expandieron y millones de personas fueron incorporadas a un sistema productivo diseñado desde el Estado. El desenlace fue una de las mayores catástrofes humanitarias del siglo XX. Las estimaciones sobre el número exacto de víctimas varían, pero existe un amplio consenso en que la hambruna provocó decenas de millones de muertes. Las políticas de colectivización, los objetivos de producción irreales, la manipulación de las estadísticas y la incapacidad de corregir los errores contribuyeron al desastre. El mercado, por lo visto, no era necesario. Tampoco parecía serlo la posibilidad de decirle al gobierno que sus cifras estaban equivocadas.
La situación no terminó con el «Gran Salto Adelante». En 1966 se desató la «Revolución Cultural», una campaña destinada a combatir aquello que Mao y sus seguidores consideraban elementos burgueses o contrarrevolucionarios. Millones de personas fueron perseguidas, intelectuales y profesores fueron humillados, las universidades sufrieron enormes interrupciones y parte del patrimonio cultural fue destruido. El objetivo era purificar la revolución, aunque resulta difícil concebir qué cantidad de pureza revolucionaria podía necesitar un país después de haber pasado por semejante convulsión. Durante esos años también se consolidó el culto a la personalidad de Mao. Su rostro inundó carteles, libros, discursos y ceremonias públicas, mientras el Libro Rojo se erigió en un símbolo de la época. Marx había proyectado una sociedad sin clases; Mao, al menos, convivía sin sobresaltos con la idea de que una persona ocupara el «centro de la revolución».
Mao murió en 1976. Dos años después, China dio un giro bastante curioso para un país gobernado por un Partido Comunista: abrazó de forma escalonada mecanismos propios del mercado. Bajo el liderazgo de Deng Xiaoping cobró impulso la llamada «Reforma y Apertura». Las comunas agrícolas fueron desmanteladas gradualmente, las familias adquirieron mayor autonomía para gestionar sus parcelas y vender sus excedentes, se amplió el espacio para la iniciativa privada y los pequeños emprendimientos, se establecieron Zonas Económicas Especiales como Shenzhen y el país abrió sus puertas al comercio y a la inversión extranjera. China descubrió que dejar a las personas crear, comerciar y obtener beneficios tenía un potencial nada despreciable para generar riqueza. Deng condensó buena parte de esta filosofía en su famosa frase sobre el gato: «no importa que sea blanco o negro, mientras cace ratones». La ideología podía esperar; primero había que conseguir que el gato cazara.
El cambio fue profundo, con una particularidad que lo vuelve todavía más interesante: China no abandonó al Partido Comunista para llevarlo a cabo. No hubo una transición hacia una democracia liberal ni una ruptura con el sistema político creado por Mao. El Partido preservó el control político y, desde esa posición, reconfiguró de raíz el funcionamiento de la economía. Ganaron terreno las empresas privadas, la inversión extranjera, la competencia, el comercio internacional y la acumulación de capital. China empezó a producir para el mundo y el mundo empezó a invertir en China. La paradoja era formidable: una nación conducida por un Partido que había llegado al poder prometiendo acabar con el capitalismo constataba que los capitalistas podían ser demasiado útiles, ¡incluso peligrosamente útiles!
El saldo fue un entramado difícil de encajar en las categorías tradicionales. China conserva empresas estatales estratégicas, planificación económica y una enorme capacidad de intervención gubernamental, a la vez que da cabida a empresas privadas, grandes fortunas, inversión extranjera y una economía estrechamente integrada al comercio mundial. Por eso suele hablarse de «capitalismo de Estado» o de una «economía socialista de mercado». El nombre es discutible. Lo que admite escaso margen de discusión es que la economía china actual dista radicalmente de aquella que imperaba en tiempos de Mao. La diferencia no es menor: China pasó de una economía cerrada y fuertemente planificada a figurar entre las mayores potencias manufactureras y comerciales del planeta. Hoy compite en industrias como los vehículos eléctricos, las energías renovables, las telecomunicaciones, la inteligencia artificial y la tecnología. Los comunistas chinos, aparentemente, aprendieron que el capital extranjero también puede ser revolucionario cuando llega acompañado de fábricas y dólares.
Aquí se revela la paradoja central del ensayo: China no pasó a ser Estados Unidos, el Partido Comunista no dejó de gobernar y el Estado retiene una capacidad de intervención que ningún liberal clásico consideraría pequeña. La clave es que Pekín comprendió algo que Mao no había querido aceptar: una economía genera mucha más riqueza si las personas tienen incentivos para producir, invertir y comerciar. El Partido no tuvo que desaparecer: solo favoreció que el mercado hiciera parte del trabajo. ¡Y funcionó! De ahí emerge una ironía imposible de disimular: una de las mayores mutaciones económicas de la historia contemporánea fue impulsada por un gobierno que nunca dejó de llamarse comunista.
La China del siglo XXI mantiene un régimen político de partido único, con rigurosas restricciones sobre la competencia electoral, la libertad de prensa, la expresión política y otras libertades civiles. Esa dimensión no debería confundirse con su modelo económico. China puede tener una economía con importantes mecanismos de mercado sin convertirse por eso en una democracia liberal. De hecho, una de las características más particulares de su sistema es precisamente la arquitectura que acopla apertura económica y control político. Los empresarios pueden enriquecerse, competir y expandirse; el límite lo fija el Partido, que se reserva la última palabra. Es capitalismo con alguien sentado permanentemente en la oficina del director.
Por ende, utilizar el desarrollo económico chino como prueba del éxito del marxismo presenta un problema. Si por comunismo entendemos una economía basada en la eliminación de la propiedad privada, la planificación central y la ausencia de mecanismos de mercado, la experiencia china posterior a 1978 difícilmente puede invocarse como demostración de ese modelo. Las reformas que transformaron la economía china hicieron justamente lo contrario: redujeron el peso de la planificación central, introdujeron incentivos de mercado, permitieron la expansión de la actividad privada y abrieron el país al comercio internacional. La China que alcanzó rango de potencia mundial no es exactamente la China de Mao: es aquella que procuró apartarse de varias de sus políticas económicas sin romper con el Partido que él fundó.
Entonces, ¿China es comunista? La respuesta depende de qué estemos hablando. Políticamente, sí: el país está gobernado por el Partido Comunista de China y su ideología oficial continúa vinculada al marxismo-leninismo y al pensamiento de Mao, entre otras formulaciones posteriores. Económicamente, la respuesta es mucho más intrincada. La China contemporánea combina propiedad estatal, planificación e intervención gubernamental con empresas privadas, mercados, inversión extranjera y comercio internacional. No es la economía comunista clásica que Marx y Engels imaginaron, pero tampoco es un capitalismo liberal al estilo suizo. Es una fórmula propia, muy peculiar y, para algunos, contradictoria.
Quizás la ironía más grande sea que China no necesitó dejar de llamarse comunista para incorporar varias de las herramientas del capitalismo. Mao hizo una revolución contra el sistema capitalista. Deng abrió las puertas al mercado. Los empresarios entraron. Llegaron los inversores. Las fábricas comenzaron a producir para todo el planeta y China terminó ocupando un lugar entre las grandes potencias económicas. El Partido Comunista siguió allí, observando el proceso y asegurándose de que nadie olvidara quién tenía el mando.
China es un país que conserva «la hoz y el martillo» al tiempo que fabrica para el mundo, atrae capital extranjero, produce multimillonarios y compite por el liderazgo de la economía global. Marx quería superar al capitalismo. Mao intentó construir el camino hacia esa superación. Deng concluyó que, antes de hacerlo, convenía aprender a utilizarlo. Y China descubrió una fórmula insólita: dejar que el capitalismo produzca la riqueza, mientras el Partido Comunista decide quién puede gastar el dinero.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.














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