La política de América Latina, por décadas, se entregó a un juego de niños: ofrecer seguridad emocional en vez de autosuficiencia. Los gobiernos nos aseguran que estarán al tanto de nosotros, que nadie caerá en el abismo, que siempre habrá un fondo, una subvención o un plan de rescate. Esta narrativa promete resguardo, cercano al paternalismo, aunque en realidad funciona como una máquina de desresponsabilización a gran escala. El Estado se transforma en un “Padre Todopoderoso” —semejante a una religión—; la izquierda representa a quienes manifiestan una indignación organizada y la derecha lleva a cabo ajustes que nadie cuestiona. El liberalismo, silencioso en el centro, es el único que se niega a promover una cultura del agravio y a confundir vulnerabilidad con victimización crónica.
Esa ficción se desmorona en Bolivia: la falta de dólares, la presión fiscal, las reformas en discusión y la recesión no son sorpresas; son las consecuencias de años de vivir por encima de nuestras capacidades económicas y por debajo de nuestros deberes cívicos. El liberalismo no festeja la crisis: la observa sin eufemismos. No porque disfrute el padecimiento, sino porque se rehúsa a seguir vendiendo ilusiones.
El Estado no es tu familia
Hacer que el Estado asuma el lugar de la familia, de la comunidad y de la autonomía personal es el mayor engaño político de este siglo. Se le pidió que organizara, cuidara, moralizara y protegiera. Con el paso del tiempo, el Estado dejó de ser solo un marco normativo y pasó a erigirse en proveedor de identidad y significado: si eres “beneficiario”, entonces tienes valor; si recibes un bono, entonces existes.
Esta falacia es desmantelada por el liberalismo: el Estado no es un padre emocional omnipotente. Es una entidad con límites, creada para impedir que unos impongan su voluntad sobre otros mediante el uso de la violencia. Su propósito no es suplantar la responsabilidad individual ni volverse un refugio afectivo. Si se acepta que el Estado es, fundamentalmente, un monopolio de la fuerza y no una sustitución paternal, será posible debatir sobre política con honestidad.
La política necesita víctimas
La víctima es un personaje central en el relato actual de la izquierda. Se le instrumentaliza, se le quita la sacralidad y se le eleva. La pobreza ya no es un desafío por resolver: adquirió una condición moral. Si eres pobre, tienes más legitimidad que los ricos; si eres rico, se asume que eres sospechoso por defecto. El liberalismo no niega que la pobreza es injusta, pero se opone a reducirla a un recurso retórico o a una puerta para obtener privilegios.
El liberalismo apuesta por el individuo, no por la condición de víctima. Considera al pobre como un ser humano con derechos, dignidad inherente y capacidad de tomar decisiones. Lo que reclama es justicia: equidad frente a la ley, respeto por la propiedad privada, normas claras y sanciones automáticas para quienes violen las reglas. No siente compasión por ti. El liberalismo se interroga: ¿por qué tan poca gente está dispuesta a sostener que la dependencia del Estado constituye un sistema de control, mientras la izquierda asume el papel de portavoz de los “sin voz”?
Ser liberal es el acto político más rebelde
La verdadera rebeldía hoy no consiste en disparar contra el sistema desde un altavoz pagado con nuestros impuestos. Consiste en entender que el Estado no es un enemigo ni un salvador: es una herramienta que solamente funciona dentro de fronteras definidas. Es rechazar la idea de que el mercado simboliza todos los males mientras la planificación estatal aparece revestida de virtud. También implica reconocer que el problema no radica en el capitalismo de libre mercado; radica en el capitalismo de privilegios, rentas, subsidios ilimitados y controles diseñados para beneficiar a una minoría a costa de la mayoría.
En ese contexto, el liberalismo adquiere un carácter casi incendiario: no glorifica al mercado; se niega a convertir al Estado en una entidad sagrada. En nuestros días, ser liberal supone aceptar que la igualdad no se alcanza redistribuyendo riqueza: se alcanza ampliando oportunidades. Que la justicia no se mide por la cantidad de dinero que reparte el Estado: se mide por el margen de libertad que conserva el individuo para desarrollarse sin pedir permiso.
Tratar a las personas como adultos
Este es el verdadero punto de inflexión: el liberalismo no se dirige a los adultos bajo una lógica infantil. No te hace pensar que el Estado tiene la obligación de proveerte con comida, vestido, educación y un entierro. Requiere que la persona asuma su vida, sus elecciones y, sobre todo, sus equivocaciones. No pretende que te encuentres “seguro”: pretende que seas libre. Y la libertad demanda responsabilidad, riesgos y consecuencias.
El liberalismo se niega a participar en un mundo donde la política derivó en una distribución de bienes. Prefiere discutir acerca de las restricciones, reglas y derechos del poder. No porque le agrade el frío institucional. No. Por la conciencia de que cuando el Estado se expande sin límites, la libertad disminuye. Y cuando la libertad se contrae… la rebeldía recupera su carácter revolucionario.
La verdadera transgresión: la libertad como responsabilidad
Hoy por hoy, lo que realmente es una transgresión no es protestar contra el “capitalismo salvaje”, levantar la voz ni hacerse a un par de banderas. En lo absoluto. La verdadera transgresión nace al admitir que la libertad no es un regalo: es una responsabilidad. Que ser libre significa aceptar que no habrá nadie que te salve, que nadie va a compensarte por tus malas decisiones y que el Estado no es tu ángel guardián.
El liberalismo, en su versión menos complaciente, está en contra de la cultura que busca permanentemente el confort. En contra de la idea de que siempre hay un culpable ajeno. En contra de la idea de que la pobreza legitima cualquier tipo de intervención. Se trata de un llamado a la madurez personal y política: dejar de ser víctimas y asumir el rol de actores principales.
Por ende, la libertad encarna el acto más subversivo: no huir del Estado, sino limitarlo; no depender de él, sino exigirle que cumpla con su función mínima. Desde este punto de vista, el liberalismo no es solo una opción más en el espectro ideológico: es el único lugar donde la dignidad individual se mantiene inalterada, sin intermediarios, sin padres digitales y sin consuelos verbales.
La incomodidad que provoca el liberalismo no se debe a su tono: reside en su insistencia en tratar a los individuos como adultos. Y en tiempos donde la política quedó atrapada en la competencia por el victimismo, eso termina siendo la última herejía posible.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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