“En el desarrollo de esta teatralidad, cada acto de gobierno se hace frente a las cámaras.”
Daniel Coronell en su columna “La farsa macabra”, enfatiza que antes de ser un hombre de Estado, Abelardo de la Espriella es un actor histriónico. Con esto se refiere a que cada acción que emprende es una representación teatral y mediática, que cambia según la conveniencia del momento. Ahora, nos toca verlo actuar bajo una narrativa en la que confluye el líder fuerte, el hombre exitoso de Miami (al menos en aspiración) y el faro moral refundacionista.
En el desarrollo de esta teatralidad, cada acto de gobierno se hace frente a las cámaras. Firma extradiciones, se pasea frente a cadáveres, se encarga de que su llegada a cualquier lugar no pase desapercibida con toda la parafernalia ad portas del helicóptero. Como buen xenófilo y sibarita, su imagen se adapta a la estética de Silicon Valley, es decir, la del CEO de una compañía exitosa, pero con el toque característico criollo. Abelardo, también fusiona elementos de personajes controvertidos. Como dijo Ariel Ávila, tiene el estilo de un mafioso italiano, pero también se le reconoce el toque presuntuoso de Trump, correspondiente a un multimillonario. De Bukele interpreta el hombre de armas y la fuerza, para quien no hay límites institucionales o morales para reducir al enemigo, sea este un grupo al margen de la ley, un periodista o un influencer. Mientras que en lo digital, intenta integrar la visión pop de Javier Milei para alimentar el mito del outsider.
Pero lo histriónico no solo se limita a la imagen. También hace parte de ello las emociones superficiales y cambiantes, es decir, los picos frecuentes en el estado de ánimo. Por ejemplo, romper en llanto de manera intempestiva frente al Señor de los Milagros de Buga, lanzar besos al auditorio mientras este espera su pronunciamiento frente a una tragedia, e interrumpir un discurso porque se sentía al borde del llanto, cuando días antes había repartido balones entre los afectados.
Otro rasgo característico es el habla impresionista o la vaguedad discursiva. Este tipo de personas captan el mundo como un todo emocional y, para transitarlo y entenderlo, hacen uso de la impresión general que los hechos causan en ellas y en los demás. Por ello, las promesas de campaña de Abelardo echaban mano del sensacionalismo, el ruido y el impacto, pero cuando debía llevarlas a lo concreto evadía el tema y dejaba esta labor al vicepresidente. Ya en el poder, adopta la misma actitud desafiante en cada espacio, y recurre constantemente a las arengas para exaltar los ánimos, cuando los argumentos escasean.
La búsqueda de aprobación también entra en el conjunto de características del histriónico. Para ellos, el pasado pisado, pues lo que importa es el clima emocional del presente y como se usa para obtener la atención de los demás. Por ello, no tienen vergüenza en profesar un día el ateísmo y luego ser el más ferviente de los creyentes. Defender abiertamente los derechos de la comunidad LGTBIQ+ y al día siguiente querer abolirlos. Defender el proceso de paz y luego desfinanciar la JEP y estigmatizarla. O querer eliminar la extradición y ahora firmarlas en video para las redes sociales. Pero cabe advertir que este rasgo, que parece tan común a todos los políticos, es posible confundirlo con las promesas incumplidas, como el de la austeridad, que deben clasificarse en el concepto de politiquería.
Para quien ha seguido sus acciones, no es ajeno que Abelardo busque solucionar los problemas del país o de particulares con la llamada a un “íntimo suyo”. Como decir que el problema arancelario con Estados Unidos se solucionaría con una conversación telefónica. Para los histriónicos hay un choque entre la fantasía y la realidad, ya que confunden relaciones de conveniencia con hermandades. Esto, sumado a la narrativa personal o yoismo, termina por complementar este perfil, que en últimas desea proyectar una imagen de estatus o de elegido. Los ejemplos, se pueden sacar de entre los escombros. Para Abelardo, quien llegó tarde a la repartición del miedo, no hay nada imposible.
Como colofón, debe analizarse su comportamiento en compañía de un superior. A pesar de las cámaras, su autoridad y fuerza se desdibujaron frente a Marco Rubio y adoptó una posición sumisa, que, si bien puede ser estratégica para sus fines personales, fue fatal para nuestro país. Entre lisonja y lisonja, con regalo de recursos estratégicos de por medio y una cena privada, vimos un Abelardo cuidadoso, adulador, obediente a la agenda internacional de Estados Unidos, buscando convertirse en el “favorito” y la validación de sus compatriotas norteamericanos.














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