Por qué en Venezuela la naturaleza tiembla, pero el Estado asesina

Existe una premisa que siempre intentamos cumplir cuando se desata una catástrofe natural: no es momento de politizar. Procuramos estar en silencio mientras enterramos a nuestros muertos. Como ciudadana, me niego a aceptar esa mordaza. Es imposible e inmoral no politizar esta devastación. Porque si bien la naturaleza es la responsable del movimiento de las placas tectónicas, el Estado —esa maquinaria corrompida durante 27 años por el chavismo, el madurismo y el interinato de Delcy Rodríguez— es el responsable absoluto de que un fenómeno geológico se haya convertido en una tragedia de tal magnitud.

Cualquier geólogo, ingeniero o estudiante de secundaria en Venezuela sabe que el centro-norte del país, especialmente el eje Caracas-La Guaira, descansa sobre un sistema de fallas sísmicas activo. La historia nos lo ha gritado: 1812, 1900 y el recordado terremoto de Caracas de 1967. Lo que ocurrió el 24 de junio de 2026, con un inusual doblete sísmico, no fue una sorpresa impredecible. La sismicidad de la franja costera central es una realidad documentada durante siglos. El problema no fue la furia de la naturaleza: fue la vulnerabilidad criminal creada por casi tres décadas de corrupción, desvío de fondos y desprecio absoluto por la vida humana.

Hoy, el Estado La Guaira huele a muerte. Más de 350 infraestructuras, la inmensa mayoría ubicadas en el litoral central, han sufrido daños severos o han quedado literalmente hechas polvo. Y no se trata de edificios antiguos vencidos por el tiempo. El epicentro de la debacle estructural tiene un nombre y un apellido político: Gran Misión Vivienda Venezuela.

Complejos habitacionales emblemáticos —el Urbanismo Hugo Chávez Frías (en Catia La Mar) y el edificio Opppe 30 (Caraballeda), por mencionar algunos— se desplomaron cual castillos de arena. ¿La razón? Se construyeron siguiendo los criterios de la demagogia electoral: sin estudios de mecánica de suelos, con materiales de ínfima calidad y omitiendo las normas antisísmicas más básicas para abaratar costos. Integrantes de cientos de familias perecieron sepultados bajo losas de concreto que ni siquiera contaban con el acero de refuerzo idóneo. Esa infraestructura no fue diseñada para dar un hogar seguro: fue diseñada para quemar dinero público y comprar votos.

Durante las “horas de oro” posteriores al sismo (los instantes vitales en los que se define la frontera entre la vida y la muerte), el Estado venezolano simplemente no existió para proteger. Los centros de salud, ya desmantelados por décadas de saqueo de los fondos públicos, colapsaron inmediatamente. No había insumos, no había plantas eléctricas, no había planes de emergencia. En hospitales, el personal médico trabajando a oscuras se vio forzado a pedir a los familiares de heridos graves que salieran a buscar gasas, Gerdex, analgésicos, bacitracina y otros materiales básicos.

Aun así, donde el Estado fracasó miserablemente, emergió el milagro ciudadano. La solidaridad brotó de las ruinas. Vecinos escarbando con las manos desnudas y utilizando picos y mandarrias improvisadas salvaron a los suyos. Resulta humillante, por demás, para la retórica del régimen, que los primeros rescatistas profesionales en llegar a las zonas cero no fueran venezolanos, sino los enviados desde El Salvador.

La respuesta de la administración interina de Delcy Rodríguez no fue facilitar las labores de rescate: fue militarizar y bloquear. Diosdado Cabello ordenó restringir el acceso a La Guaira, cortando el paso a las caravanas de donaciones independientes. En Charallave, alcaldes del PSUV prohibieron los centros de acopio ciudadanos, obligando a canalizar todo a través del partido. Hasta el SEBIN se dedicó a amenazar a locutores que transmitían por TikTok los rescates. Su prioridad nunca ha sido salvar vidas: ha sido controlar la narrativa.

Sin embargo, nada ilustra mejor la podredumbre moral de este sistema que lo vivido en el oriente del mismo Estado Vargas (La Guaira). Mientras rescatistas voluntarios suplicaban por maquinaria pesada, el ministerio retuvo durante horas una grúa industrial frente a unos escombros. ¿Para qué? Para grabar un spot de propaganda televisiva de cuatro minutos. Condenaron a muerte a quienes yacían bajo las láminas de concreto con el único propósito de simular la eficiencia de la vía estatal.

Y a la vez que eso ocurría, las denuncias se multiplicaban: efectivos de las Fuerzas Armadas y cuerpos policiales, esos que en algún momento juraron defender a los ciudadanos, fueron grabados saqueando negocios destruidos y, en un acto de vileza indescriptible, robando pertenencias personales y documentos de los cadáveres atrapados en las ruinas. No actuaron como un cuerpo de rescate: actuaron como aves de rapiña.

Esta hecatombe de proporciones apocalípticas, agravada por más de 300 réplicas, nos deja una lección: Venezuela no soportaría un desastre más si continúa sometida a la tiranía. Insisto: el problema nunca fue la furia de la naturaleza; fue la nula gestión pública, la anulación del Estado de Derecho, la destrucción de nuestras instituciones de salud y salvamento civil, y la corrupción asesina en la infraestructura.

Con Nicolás Maduro desde una celda en Brooklyn convocando a una cínica “serenidad”, y un régimen interino más preocupado por la censura que por los insumos médicos, queda claro que el problema de Venezuela no es solo geológico, sino estructural y político.

Reconstruir el país no será únicamente cuestión de levantar nuevas vigas y verter concreto conforme a códigos sismorresistentes. Venezuela necesita una reconstrucción profunda, sí, pero no solamente de sus inmuebles. Necesitamos reconstruir LA REPÚBLICA. Necesitamos instituciones de emergencia despolitizadas y profesionales. Necesitamos hospitales financiados y equipados. Necesitamos hacer cumplir las normativas de infraestructura. Y necesitamos erradicar la corrupción que convierte las edificaciones en ataúdes. Nada de esto será posible con un narcoestado en el poder.

Mi sentido pésame a la familia de mis hermanos venezolanos; los acompaño como una ciudadana venezolana más. El Estado les falló, el gobierno les falló y las instituciones también fallaron. Sepan que no están solos en este soplo de oscuridad; hay una diáspora con el corazón en la mano que los abraza a la distancia y que siente el dolor de ustedes cual si fuera suyo. Vamos a salir de esta, ¡PORQUE NOS TENEMOS!


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Adriana Rodríguez

Activista y analista política venezolana residente en Argentina. Staff Writer de El Insubordinado. Miembro de Vente Venezuela y de LOLA Buenos Aires (Ladies of Liberty Alliance). Cuenta con más de una década de experiencia en activismo político y promoción de referentes cívicos.

En Vente Argentina participa en el área de formación de Cuadros Políticos, donde contribuye al desarrollo estratégico y a la capacitación de nuevos liderazgos democráticos.

Profesionalmente es Project Manager y consultora en gestión tecnológica, especializada en optimización de procesos administrativos y en la implementación de soluciones basadas en IA. Actualmente estudia Administración de Empresas y Economía, integrando estos conocimientos con el análisis político y social desde una perspectiva liberal.

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.