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Escuché a un votante de De La Espriella genuinamente preocupado porque la segunda vuelta se realizaría en medio del Mundial de fútbol. Su angustia era esta: la gente que va a ir a ver el Mundial, la gente que “tiene modo”, votaría por De La Espriella y no estaría en Colombia para hacerlo.
El sesgo de esa preocupación me llamó poderosamente la atención.
Primero, porque ese elector, que seguramente no tiene con qué ir a ver el Mundial, cree que hace parte de ese grupo de colombianos que, por votar por ese candidato, ya pertenece al mundo de las camionetas, la ropa costosa y las boletas internacionales para partidos de fútbol.
Segundo, porque ese ciudadano parece creer que las mayorías que votaron por el abogado con residencia en Miami son diez millones de ricos como él cree serlo: empresarios exitosos defendiendo su riqueza del comunismo. Resulta particular, además, que crean que hay tantos ricos en Colombia y, al mismo tiempo, sostengan que el país va tan mal.
La preocupación, además, es infundada. Entre los posibles cien mil o ciento cincuenta mil colombianos que se aspira asistan a los partidos del Mundial, muchos serán migrantes ya instalados en esos países. No puede decirse seriamente que el simple hecho de poder ver un partido del Mundial convierta a alguien en votante de De La Espriella. Ni siquiera puede afirmarse que todas esas personas hayan votado.
Pero la anécdota revela algo más profundo: esta elección se libra contra un electorado que vive, como en la canción de Rubén Blades, en una ciudad de plástico.
Un electorado aspiracional, convencido de que su estilo de vida está en riesgo por el comunismo, después de años de propaganda que le hizo creer que la clase media existe exclusivamente por el esfuerzo individual de sus integrantes.
Me encuentro, por ejemplo, con amigos egresados de la universidad pública, profesionales trabajadores, personas que tienen una vida sostenida por salario, deuda y estabilidad precaria, pero que creen que todo se debe únicamente a su propio esfuerzo.
Olvidan que su carrera fue subsidiada. Que los servicios públicos de su casa en estrato dos fueron subsidiados. Que el transporte público que los llevó a la universidad fue regulado por el Estado. Que están vivos porque existen un Invima y un ICA que impidieron que algún comerciante les vendiera veneno disfrazado de alimento. Y, aun así, repiten con solemnidad que van a votar “para poder ser empresarios”.
Enfrentamos este 21 de junio una elección muy difícil. Van a asistir a las urnas muchos convencidos de que su vida es resultado exclusivo de su propio mérito y de que habría sido exactamente la misma si hubieran nacido en el margen de la ciudad o en el barrio más lujoso. Muchos de los que pueden ir al Mundial, pero se quedarán únicamente para votar por Abelardo —entran risas—, representan esa ficción social.
Y lo estamos enfrentando mal.
Como en el plebiscito de 2016, muchos fueron a las urnas a elegir la guerra porque la guerra no les tocaba. Preferían ver morir campesinos antes que desencajar de su relato cómodo. Son razones de plástico. Y aunque columnas como esta no van a incidir en nada, porque sé muy bien que esas gentes que se creen clase media cuando son simples trabajadores no me van a leer, debo expresar mi profunda angustia.
La democracia llega, como casi siempre, a un punto de inflexión en el que un encantador de serpientes, sin nada genuino en su propuesta, nos lleva en fila, felices y aplaudiendo, hacia el abismo.
La peor parte es que esos diez millones de ricos imaginarios, para garantizar su estilo de vida ficticio —hecho de deudas y de la confusión deliberada entre subsidio y mérito—, necesitan además destriparnos a nosotros, los “zurdos”.
He estado buscando en internet, sin éxito, si conviene más mantenerme gordo para ser más difícil de destripar o rebajar para poder correr y que no me cojan. No me decido. Porque parece que nos van a destripar como a los argentinos: a punta de hambre.
Será mejor guardar calorías.
Vamos a ver qué ocurre.













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