El acoso en Colombia no es inofensivo: es la antesala de la muerte

Valentina Soto

“Esto evidencia la existencia de un continuo de violencia que inicia en prácticas aparentemente menores y que puede escalar hasta consecuencias irreversibles.”

En Colombia, el acoso sexual se ha incorporado a la vida cotidiana de tal manera que, en muchos casos, ha dejado de generar rechazo. Conductas que deberían entenderse como formas de violencia son frecuentemente minimizadas, justificadas o interpretadas como situaciones “normales”. Esta naturalización constituye la base de un problema estructural que atraviesa distintos espacios sociales y que, lejos de ser aislado, tiene consecuencias profundas y persistentes.

Por eso mismo, resulta fundamental comprender cómo se manifiesta el acoso en la práctica. En Colombia, este no suele comenzar con hechos evidentes de agresión, sino con comportamientos que han sido sistemáticamente trivializados: miradas insistentes, comentarios incómodos o insinuaciones reiteradas. Estas conductas, frecuentemente desestimadas, constituyen el punto de partida de dinámicas que, al no ser cuestionadas, tienden a intensificarse con el tiempo.

En ese proceso, lo que inicialmente puede parecer una acción aislada puede transformarse en patrones de obsesión y control. La repetición de conductas, el seguimiento no solicitado, la insistencia pese al rechazo y la construcción unilateral de vínculos inexistentes configuran escenarios que vulneran la autonomía de las personas. Lo que en ocasiones se presenta como interés o insistencia termina convirtiéndose en una forma de dominación.

La relación entre estas conductas y las formas más extremas de violencia no es hipotética. En 2025, al menos 621 mujeres fueron víctimas de feminicidio en Colombia, y en numerosos casos existían antecedentes de acoso, control o violencia previa que no fueron atendidos oportunamente. Esto evidencia la existencia de un continuo de violencia que inicia en prácticas aparentemente menores y que puede escalar hasta consecuencias irreversibles.

Pese a ello, persiste una tendencia a fragmentar el fenómeno, separando el acoso de otras expresiones más graves de violencia, como si no existiera conexión entre ellas. Esta desconexión dificulta una comprensión integral del problema y contribuye a su permanencia. La violencia, en este sentido, no surge de manera repentina, sino que se construye progresivamente en entornos donde ciertas conductas son toleradas o invisibilizadas.

En el plano normativo, el país cuenta con herramientas jurídicas para abordar esta problemática. La Ley 1257 de 2008 establece medidas de protección frente a diversas formas de violencia contra las mujeres. No obstante, la existencia de este marco no garantiza su aplicación efectiva.

En la práctica, persisten múltiples barreras. Denunciar sigue siendo un proceso complejo, que en muchos casos implica revictimización. Las investigaciones no siempre avanzan con la diligencia necesaria y, en distintos contextos, quienes denuncian enfrentan estigmatización o aislamiento. Esto pone en evidencia que la brecha entre la norma y la realidad continúa siendo significativa.

Más allá del ámbito jurídico, el problema se sostiene en patrones culturales que relativizan el acoso. Se justifica dependiendo de la intención, se minimiza en ausencia de contacto físico y, con frecuencia, se cuestiona la experiencia de la víctima. Este conjunto de prácticas revela una comprensión limitada del consentimiento, entendido erróneamente como algo implícito o negociable, cuando en realidad debe ser claro, libre y reversible.

En este contexto, resulta insuficiente centrar las estrategias únicamente en la protección de las posibles víctimas. Es necesario avanzar hacia transformaciones culturales que cuestionen las conductas que configuran el acoso, promoviendo una comprensión más clara de los límites y del respeto por la autonomía individual. De lo contrario, se continuará trasladando la responsabilidad hacia quienes enfrentan la violencia, en lugar de hacia quienes la ejercen.

En consecuencia, el acoso sexual no puede seguir siendo entendido como un fenómeno menor o aislado. Su normalización contribuye a la reproducción de violencias más graves y a la consolidación de entornos inseguros. Ignorar esta relación implica desconocer la naturaleza estructural del problema.

Colombia no enfrenta un vacío normativo ni una falta de información sobre esta realidad. El desafío radica en cerrar la brecha entre el reconocimiento formal del problema y su abordaje efectivo. Esto exige no solo la aplicación rigurosa de la ley, sino también una transformación cultural que permita identificar y cuestionar las prácticas que sostienen el acoso.

En ese sentido, el reto no consiste únicamente en sancionar las formas más extremas de violencia, sino en dejar de normalizar aquellas conductas que las anteceden. Porque es precisamente en esa normalización donde se configura el inicio de una cadena que, con demasiada frecuencia, termina en consecuencias irreversibles.

Valentina Soto

Resido en la ciudad de Neiva-Huila, soy líder juvenil, estudiante de Derecho, estoy realizando un diplomado en Formulación y Evaluación de Proyectos y un diplomado en Ciencias Políticas. Me he desempeñado en diferentes cargos públicos como: Consejera Municipal de Juventud, Presidenta del Consejo Municipal de Juventud.

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