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Pocas cosas son tan políticas como una universidad pública. Incluso cuando juega a que no lo es. Pero cuando llega el momento de mirarse al espejo, de hacerse una pequeña autopsia doméstica, aparece una prudencia casi conventual. Un vergonzante celibato analítico. Como si la universidad fuera un telescopio magnífico para observar galaxias lejanas, pero bastante torpe para verse la propia nariz.
Las escenas son conocidas. Asambleas convocadas para decidir asuntos que afectan a decenas de miles de personas y donde terminan hablando, con admirable vocación de permanencia, los mismos quince de siempre. Los veteranos del micrófono. Los propietarios simbólicos del megáfono. Gente muchas veces inteligente, disciplinada, incluso generosa en sus causas. El problema no es que existan. Toda sociedad necesita minorías intensas. El problema es el extraño silencio de los demás. Ese océano de ausencias. Esa multitud evaporada.
Durante años se explicó esa baja participación como apatía, indiferencia o falta de conciencia política. Puede ser. Pero quizá el fenómeno es más profundo. Tal vez no estamos asistiendo simplemente a una despolitización, sino a una transformación silenciosa del sujeto político mismo. La juventud contemporánea no necesariamente dejó de tener opiniones; más bien dejó de creer en ciertas liturgias. Sospecha del dirigente profesional de pasillo, del revolucionario con puesto fijo y del asambleísmo convertido, demasiadas veces, en una mezcla agotadora de rito, paciencia y resistencia lumbar.
Y además está la vida. Para muchos estudiantes la universidad es transporte, empleo precario, ansiedad económica, cansancio mental, almuerzos a medias y futuro incierto. Entre trabajar, estudiar, desplazarse y sostener la propia existencia, la épica asamblearia pierde atractivo. Y a veces, digámoslo sin demasiado romanticismo político, mucha gente simplemente deja de asistir porque siente que ya sabe exactamente cómo terminará la reunión.
Pero el cambio no es solamente social. También es tecnológico, cultural y hasta nervioso.
Hoy cada estudiante carga una pequeña multitud en el bolsillo. El teléfono móvil dejó de ser únicamente una herramienta. Es plaza pública, escenario moral, fábrica portátil de ansiedad y, al mismo tiempo, una de las formas más rápidas de aliviar esa misma ansiedad. Refugio para unos. Distracción para casi todos. Compañía cuando no hay otra. El algoritmo reorganizó buena parte de la experiencia colectiva sin pedir permiso al estatuto universitario o al protocolo cortesano de las organizaciones.
Por eso muchas formas tradicionales de participación empiezan a producir extrañeza. No porque las nuevas generaciones sean menos políticas, sino porque fueron socializadas en otra velocidad y en otra manera de pertenecer. La vieja militancia exigía permanencia y presencia; el algoritmo entrena para la fluctuación. Las organizaciones clásicas pedían disciplina; las redes premian la intensidad momentánea. Antes la política necesitaba cuerpos reunidos. Ahora muchas veces funciona como una sincronización dispersa de individuos aislados frente a una pantalla iluminada a las dos de la mañana.
La asamblea compite hoy no solo contra la apatía, sino contra TikTok, Instagram, WhatsApp, el agotamiento cognitivo y esa economía salvaje de la atención donde todo dura minutos y todo envejece en horas. El viejo y la vieja dirigente dentro de la universidad todavía cree que disputa ideas. Y claro que algo de eso hay. Pero muchas veces disputa algo más elemental: atención. Tiempo. Energía mental. Lo mismo ocurre afuera.
Sería un error concluir que esto destruyó la política. Lo que destruyó fue cierta manera de hacer política. La masa no desapareció: se miniaturizó. Ya no hay que salir a buscarla a la plaza porque ahora vibra en el bolsillo, opina desde la cama, se enfurece desde la alcoba y cancela desde el bus. La multitud ya no ocupa solamente las calles. Ahora también ocupa algo más íntimo y más difícil de apagar: el sistema nervioso.
Y la universidad sigue intentando interpretar este paisaje con categorías bastante viejas.
Por eso muchos de sus mecanismos de representación producen una sensación de repetición. Elecciones con participaciones mínimas otorgan legitimidades débiles; cuerpos colegiados convertidos en pequeños laberintos de reglamentos y protocolos; asambleas donde con frecuencia la correlación de fuerzas parece definida antes de abrir el micrófono. Incluso el lenguaje termina volviéndose excluyente: siglas, códigos internos, referencias históricas de grupo, pequeños dialectos ideológicos que funcionan como contraseña de iniciación a una secta. El recién llegado entra a ciertas reuniones como quien aterriza en una misa ya empezada.
Y entonces aparece la paradoja más incómoda: mientras más se invoca la participación, más vacías parecen las sillas.
No porque falten conflictos. La universidad está llena de ellos. Los tiene presupuestales, burocráticos, laborales, ideológicos, identitarios y personales, aunque estos últimos casi siempre se disfracen de grandes principios históricos. Hay disputas por recursos, reconocimiento y pequeñas cuotas de poder que a veces se defienden con intensidad desproporcionada. También por vanidades, caprichos y viejas heridas convertidas en discurso político. Pero una universidad sin conflicto sería más sospechosa que un jardín sin flores.
El problema comienza cuando el conflicto deja de ser conversación pública y se convierte en patrimonio relativamente estable de pequeños grupos que terminan hablando en nombre de comunidades enormes que ya no saben muy bien si realmente están siendo representadas o simplemente citadas: simplemente citadas.
Y esto no ocurre solamente entre estudiantes. Buena parte de las dinámicas profesorales y gremiales reproducen aquello mismo que suelen denunciar: asambleas semivacías, vocerías permanentes, participación episódica y culturas organizacionales bastante cerradas sobre sí mismas.
Tampoco la universidad como institución escapa a esa contradicción. Enseña sociología de las élites, pero termina produciendo, a su manera, pequeñas élites internas. Explica teoría crítica, pero rara vez aplica esa crítica sobre sí misma. Dicta cursos de ética profesional, aunque pocas veces discute seriamente su propia ética cotidiana: el pequeño autoritarismo administrativo, las guerras diminutas de ego académico, el clientelismo microscópico o esa curiosa costumbre universitaria de defender principios universales siempre y cuando no afecten demasiado el pequeño feudo propio.
Quizá ahí aparece una de las contradicciones más interesantes de la vida universitaria: creemos que producir conocimiento sobre algo equivale automáticamente a transformarlo.
Pero no necesariamente.
Un profesor puede explicar el imperativo categórico kantiano con brillantez y ser incapaz de ponerse en los pies del colega. Un estudiante puede citar a Foucault mientras reproduce mecanismos de exclusión bastante parecidos a los que denuncia. Saber no equivale automáticamente a transformarse. Un cardiólogo puede fumar. Un filósofo moral puede ser mezquino. Saber teorizar la democracia tampoco garantiza prácticas democráticas. A veces incluso produce personas muy sofisticadas para justificar sus propias incoherencias.
Y quizá tampoco hemos querido aceptar otra incomodidad más profunda: incluso en instituciones dedicadas a la racionalidad científica sobrevive una enorme cantidad de cultura mítica. No en el sentido ingenuo del término, sino como necesidad humana de pertenencia, fe grupal, héroes intelectuales, relatos morales simplificados y pequeñas ortodoxias emocionales que muchas veces operan con la intensidad de una religión secular.
La universidad enseña método, evidencia y verificación empírica, pero eso no elimina las lealtades afectivas, los dogmas de grupo ni ciertas formas de pensamiento casi litúrgico. A veces simplemente les cambia el lenguaje. Cambian los símbolos, el vocabulario y las bibliografías, pero no desaparece del todo la necesidad humana de construir relatos de salvación, enemigos absolutos o comunidades de elegidos.
Quizá una parte importante de nuestras discusiones universitarias consiste precisamente en eso: en la mezcla permanente entre análisis y pertenencia. Entre evidencia y lealtades afectivas. Entre pensamiento crítico e identidad de grupo revestida de lenguaje técnico.
Por eso resulta llamativo que en espacios llenos de expertos en sociología, psicología, antropología y comportamiento colectivo casi nunca se produzca una verdadera sociología de la política universitaria misma. Analizamos el clientelismo electoral del país, pero evitamos hablar de nuestros pequeños clientelismos domésticos. Criticamos el caudillismo colombiano mientras naturalizamos pequeños caudillismos de campus. Estudiamos la crisis de representación nacional, pero rara vez preguntamos por qué tantos representantes universitarios son elegidos con porcentajes mínimos de participación.
Y quizá habría que ir todavía más lejos. ¿Por qué universidades llenas de expertos en comportamiento humano estudian tan poco las nuevas formas digitales de agrupamiento colectivo que hoy moldean buena parte de la vida cotidiana? ¿Por qué seguimos observando al sujeto político como si todavía habitara únicamente la familia, la plaza, el sindicato o la asamblea, cuando gran parte de su experiencia transcurre dentro de arquitecturas algorítmicas diseñadas para modular emociones, atención, indignación y deseo?
Porque las nuevas tribus no siempre nacen espontáneamente. Muchas son inducidas, segmentadas y ensambladas a la medida. Se organizan menos alrededor de ideologías sólidas que de estímulos rápidos, afinidades instantáneas y recompensas cuidadosamente administradas.
Y sin embargo, en universidades donde se enseña a interpretar el comportamiento humano, rara vez analizamos con la misma intensidad esa nueva ingeniería invisible de la conducta. Como si el algoritmo fuera apenas una herramienta tecnológica y no uno de los grandes actores culturales y políticos de nuestra época.
Ahí aparece una contradicción difícil de ocultar: una institución que pretende formar pensamiento crítico, pero evita examinar honestamente sus propias formas de poder, termina pareciéndose demasiado a aquello que dice combatir.
Porque el problema ya no es solamente administrativo. Es cultural.
Consiste en aceptar que la universidad no es solamente un lugar donde se enseñan política, ética o democracia. Es también el lugar donde esas cosas se practican, se contradicen y muchas veces fracasan.
Y acaso la verdadera madurez institucional comienza cuando una universidad deja de estudiarse únicamente como ideal y empieza, por fin, a estudiarse también como síntoma.













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