El problema básico en el mundo hoy: homenaje a Ayn Rand (V)

Al Poniente y El Insubordinado presentan a sus lectores la quinta parte de Textbook of Americanism, un artículo escrito por Ayn Rand y divulgado originalmente en 1946 en THE VIGIL, publicación de la ALIANZA CINEMATOGRÁFICA PARA LA PRESERVACIÓN DE LOS IDEALES AMERICANOS (Beverly Hills, California).

El texto forma parte de un proyecto más amplio concebido por la autora para definir y esclarecer los principios básicos de las cuestiones públicas dentro del ámbito político. Sin embargo, la serie quedó inconclusa: las doce preguntas que integran esta serie constituyen apenas la tercera parte de ese proyecto; el resto nunca llegó a escribirse.

Para una mejor comprensión de esta entrega, conviene leer también las cuatro anteriores:


10. ¿Puede existir una sociedad sin un «principio moral»?

Mucha gente hoy día tiene la pueril noción de que la sociedad puede hacer lo que le plazca; que los principios son innecesarios, que los derechos son solamente una ilusión y que la conveniencia es la guía práctica para la acción.

Es verdad que la sociedad puede abandonar los principios morales y transformarse en un rebaño precipitándose ciegamente hacia su destrucción. Es verdad que un ser humano puede degollarse en cualquier momento que desee hacerlo, mas no puede hacer eso si desea sobrevivir… y la sociedad no puede abandonar los principios morales si aspira a subsistir.

La sociedad consiste en un gran número de hombres y mujeres que viven juntos en un mismo territorio y que se relacionan entre sí. A menos que haya un código moral definido y objetivo, que los hombres y las mujeres comprendan y observen, estos no tienen manera de relacionarse unos con otros: ninguno puede saber qué puede esperar de su vecino. Aquel ser humano que no reconoce moralidad alguna es un criminal; no puedes hacer nada al tratar con un criminal, salvo tratar de romperle el cráneo antes de que él te lo rompa a ti. No hay ningún otro lenguaje, no existen otras normas de conducta admitidas recíprocamente. Hablar de una sociedad sin principios morales es proponer que hombres y mujeres vivan unos junto a otros como criminales.

Todavía observamos, por tradición, tantos preceptos morales que los consideramos evidentes y no nos damos cuenta de cuántas acciones son posibles en nuestra vida diaria gracias a los principios morales.

¿Por qué puedes entrar con seguridad en una tienda atestada de gente, hacer una compra y salir de nuevo? La multitud a tu alrededor necesita mercancías; la multitud podría fácilmente dominar a los pocos vendedores, saquear la tienda y quitarte tus bolsas y tu billetera. ¿Por qué no lo hacen? No hay nada que los detenga y nada que te proteja —excepto el principio moral de tus derechos individuales a la vida y a la propiedad—.

No cometas el error de pensar que las multitudes se refrenan simplemente por el miedo a la policía. No. No habría suficientes policías en el mundo si las personas creyeran que saquear es correcto y práctico. Y si ellas creyeran esto, ¿por qué los agentes de policía no podrían creerlo también? ¿Quiénes, entonces, serían los policías?

Además, en una sociedad colectivista el deber de la policía no es proteger tus derechos: es violarlos.

Ciertamente sería lo conveniente para la multitud saquear la tienda —si aceptamos la conveniencia del momento en tanto regla de acción válida y apropiada—, pero ¿cuántas tiendas, cuántas fábricas, granjas u hogares tendríamos, y por cuánto tiempo, bajo esta norma de la conveniencia?

Si descartamos la moralidad y la sustituimos por la doctrina colectivista del poder ilimitado de la mayoría; si abrazamos la idea de que la mayoría puede hacer lo que le plazca, y que cualquier cosa hecha por una mayoría está bien, porque la hace una mayoría —siendo esta la única norma del bien y el mal—, ¿cómo pueden aplicar los individuos esto a su vida real? ¿Quién es la mayoría? En relación con cada individuo en particular, todos los demás son miembros potenciales de esa mayoría que puede destruirlo a voluntad en cualquier momento. Entonces, cada uno de ellos se convierte en enemigo; cada uno tiene que temer y sospechar de todos los demás; cada uno debe tratar de robar y asesinar primero antes de que le roben y lo asesinen a él.

Si crees que esto no es más que teoría abstracta, echa una mirada a Europa para tener una demostración práctica. En la Rusia soviética y en la Alemania nazi, los ciudadanos privados hicieron el trabajo más detestable del Directorio Político del Estado —traducido asimismo como Administración Política del Estado o GPU (ГПУ en alfabeto cirílico)— y de la Gestapo, espiándose unos a otros, entregando a sus propios parientes y amigos a la policía secreta y a las cámaras de tortura. Este fue el resultado en la práctica del colectivismo en teoría. Esta fue la aplicación concreta de ese depravado y vacío eslogan colectivista que les parece tan altisonante a los que no piensan: «El bien común está por encima de los derechos individuales».

Sin derechos individuales, ningún bien común es posible.

El colectivismo, que coloca al grupo por encima del individuo y les dice a las personas que sacrifiquen sus derechos para “el bien de sus hermanos”, desemboca en una situación en la que no tenemos más alternativa que temernos, odiarnos y destruirnos los unos a los otros.

Paz, seguridad, prosperidad, cooperación y buena voluntad entre los seres humanos —todas estas cosas tenidas por socialmente valiosas— únicamente son posibles en un sistema de individualismo, en el que cada ser humano está seguro de poder ejercer sus derechos individuales y tiene la certeza de que la sociedad está ahí para protegerlos, no para destruirlos. Entonces cada ser humano sabe lo que puede o no puede hacerles a sus vecinos, y lo que sus vecinos —ya sea uno o un millón de ellos— pueden o no pueden hacerle. Solo entonces es libre de tratar con ellos como amigo y en pie de igualdad.

Sin un código moral, ninguna sociedad humana apropiada es posible. Sin el reconocimiento de los derechos individuales, ningún código moral es posible.

11. ¿Un principio moral es el mayor bien para el mayor número?

«El mayor bien para el mayor número» es uno de los eslóganes más corrompidos que se le han impuesto a la humanidad. Este eslogan no tiene ningún significado concreto y específico. No hay forma de interpretarlo con benevolencia, aunque sí muchas maneras de utilizarlo para justificar los actos más atroces.

¿Cuál es la definición de “el bien” en este eslogan? Ninguna, excepto: «lo que sea bueno para el mayor número». ¿Quién, en cada caso específico, decide lo que es bueno para el mayor número? Por supuesto, el mayor número.

Si consideras esto moral, tendrías que estar de acuerdo con los siguientes ejemplos, que son aplicaciones exactas de tal eslogan en la práctica: que el 51 % de la humanidad esclavice al otro 49 %; que nueve caníbales hambrientos se coman al décimo; que una turba de linchamiento asesine a un hombre al que consideran peligroso para la comunidad.

Había 70 millones de alemanes en Alemania y 600 mil judíos. El mayor número (los alemanes) apoyaba al gobierno nazi, que les decía que alcanzarían su mayor bien exterminando al menor número (los judíos) y arrebatándoles su propiedad. Este fue el horror consumado en la práctica por un macabro eslogan legitimado en la teoría.

Y podríamos decir que la mayoría en todos estos ejemplos tampoco obtuvo un genuino provecho para sí misma. No, no lo obtuvo. Porque “el bien” no se determina contando números ni se logra sacrificando a unos por otros.

Los insensatos creen que este eslogan implica algo vagamente noble y virtuoso, que les dice a los seres humanos que se sacrifiquen en beneficio del mayor número. Si así fuera, ¿debería el mayor número de personas obrar con rectitud y sacrificarse en favor del menor número, que sería tan malvado como para consentir el sacrificio? ¿No? Bueno, entonces, ¿debería el menor número actuar con nobleza y sacrificarse por el mayor número, que sería malvado?

Los que no piensan asumen que cada hombre o cada mujer que pregona este eslogan se incluye generosamente entre el menor número, para entregarse al sacrificio por el mayor. ¿Y por qué debería hacerlo? No hay nada en el eslogan que le ordene proceder así. Es mucho más probable que trate de colocarse dentro del mayor número y empiece a sacrificar a los demás. Lo que el eslogan le dice en realidad es que no tiene otra opción que robar o ser robado, aniquilar o ser aniquilado.

La maldad de este eslogan reside en lo que implica: que “el bien” de una mayoría debe ser logrado a costa del sufrimiento de una minoría; que el bienestar de un hombre depende del sacrificio de otro.

Si profesamos la doctrina colectivista de que el ser humano existe solo para los demás, entonces se sigue que cada placer del que disfruta —o cada bocado que come— es malvado e inmoral si otros dos de sus congéneres lo anhelan. Llevada esa premisa hasta sus últimas consecuencias, los seres humanos no pueden comer, respirar ni amar. Todo ello sería egoísta. ¿Y qué ocurre si otras dos personas quieren a tu pareja? Conforme a semejante lógica, la convivencia se vuelve imposible y no queda más salida que acabar exterminándose los unos a los otros.

Es en el reconocimiento de los derechos individuales donde puede definirse y alcanzarse el bien, sea privado o público. Cuando cada individuo es libre de existir por sí mismo —sin sacrificar a otros en su beneficio ni ser sacrificado en beneficio ajeno—, cada uno puede trabajar por el mayor bien que logre para sí mismo, por su propia decisión y por su propio esfuerzo. Y la suma total de dichos esfuerzos particulares constituye la única forma posible de bien social y general.

No creas que lo contrario de «el mayor bien para el mayor número» es «el mayor bien para el menor número». Lo contrario es esto: para cada ser humano vivo, el mayor bien que pueda lograr mediante su propio y libre esfuerzo.

Si eres afín al individualismo y deseas preservar el estilo de vida norteamericano, la mayor contribución que puedes hacer es desterrar de una vez por todas ese eslogan vacío de tu pensamiento, de tus discursos y de tu credo: «el mayor bien para el mayor número». Rechaza cualquier argumento e impugna cualquier propuesta que solo encuentren justificación en este eslogan. Es una mina explosiva: un precepto del colectivismo puro y duro. No puedes aceptarlo y decir que eres un individualista. No. Decide: o es lo uno o es lo otro.


La última entrega llevará la discusión hasta su conclusión con una pregunta definitiva: ¿el motivo cambia la naturaleza de una dictadura?


Este artículo fue publicado originalmente en El Insubordinado.

El Insubordinado

Valparaíso, Chile (6 de diciembre de 1998). Una fecha que los documentos registran y la memoria disputa.

No hay biografía verificable de “El Insubordinado”, porque El Insubordinado desconfía de las biografías: de lo que fijan, de lo que omiten y de la pequeña violencia con que convierten una vida en argumento. Lo que existe son rastros: un ensayo sin firma que circuló en tres idiomas antes de que alguien preguntara quién lo había escrito; una silla vacía en una conferencia de Viena donde se esperaba su presencia; una conversación en un bar cerca de Leadenhall Market que tres personas recuerdan de tres maneras incompatibles.

Se dice que estudió economía. Se dice que la abandonó cuando entendió que la mayoría de los economistas no estudian la libertad, sino las condiciones bajo las cuales la gente acepta no tenerla. Leyó a Bastiat como quien lee una carta dirigida a él. Leyó a Hayek como quien desactiva una trampa. Leyó a Camus para recordar que la lucidez, si no duele un poco, probablemente es otra forma de consuelo.

No milita, no representa, no pertenece. Estas no son virtudes que cultiva: son consecuencias naturales de alguien que aprendió a distinguir entre una idea y la tribu que la administra. Su trabajo, si puede llamarse así, consiste en identificar el momento preciso en que una convicción se vuelve liturgia. Lo ha hecho en ministerios y en asambleas de activistas con la misma atención, porque el mecanismo es idéntico: alguien deja de pensar y empieza a pertenecer, y los demás aplauden porque eso los libera de pensar también.

Los textos que se le atribuyen —Manual para desertores voluntarios, La obediencia como deporte nacional, entre otros— circulan sin firma, copiados y recopiados, a veces con su nombre y a veces con el de otro. No parece importarle. Una idea que necesita autor para sostenerse, solía decir, todavía no está lista.

Prepara algo nuevo. No se sabe el título. Solo una línea encontrada al margen de un cuaderno, sin fecha: «El problema nunca fue quién gobierna. El problema es por qué sigues obedeciendo».

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