Liberalismo: un paso más allá de la izquierda y la derecha

¡Me tienen hasta la chucha con eso de que el «liberalismo es de derecha»! No, no lo es. Y no lo es porque el liberalismo va siempre un paso adelante. Por más que infelices como Agustín Laje y sus huestes dispersas por la región insistan en arrimarlo a esa orilla, mientras guardan un vergonzoso silencio ante los pasos en falso de Kast, Milei o Abelardo, reitero: no, no somos de derecha; mucho menos de izquierda.

No lo somos porque nuestra filosofía se encuentra más allá de esas dos orillas, pobladas por liderazgos muy cuestionables —nosotros también los tenemos; obvio, nunca falta el poco admirable o el que peca por imbécil— y, peor aún, por ideas que tienen de libertad lo que mi socio Cristian Toro tiene de cuero cabelludo, o sea: ¡nada!

La confusión surge porque seguimos aceptando un espectro político bastante reducido. Por décadas nos enseñaron a pensar la política como una línea recta horizontal: a un lado, la izquierda; al otro, la derecha; y en la franja intermedia, quienes congeniaban con ideas que provenían de una y otra corriente o no terminaban de decidirse. Ahora bien, el liberalismo no es el punto medio entre las dos expresiones más comunes del colectivismo; ergo, no es una derecha más “contemporánea”, “educada” o “tolerante”. No. El liberalismo es algo muy distinto. Entre sus premisas fundamentales no está quién gobierna, qué tradición se conserva ni qué revolución se promete, sino hasta dónde puede llegar el poder sobre la vida del individuo.

Leonard Read lo dijo con una claridad que todavía irrita a más de uno: «El libertario no tiene nada que ver con la “izquierda” o la “derecha”, porque rechaza cualquier forma de autoritarismo: el uso de la fuerza policial para controlar la vida creativa del ser humano». Ahí radica la diferencia. El liberal no cambia de convicciones dependiendo de quién ocupe La Moneda, la Casa Rosada, la Casa de Nariño o cualquier otro palacio presidencial de este planeta. Si el Estado atropella la libertad, el problema sigue siendo el atropello por más que quien firme el decreto ore, use corbata, invoque a la patria o proclame consignas revolucionarias.

La izquierda suele enaltecer la libertad tras hablar de ciertos estilos de vida y de decisiones personales específicas, pero la olvida apenas aparecen la propiedad, el mercado o la independencia financiera. La derecha, por su parte, puede promover con conveniente vehemencia la empresa privada y los impuestos bajos, pero acto seguido reclama que el Estado vigile conductas privadas, imponga determinada moral o convierta sus preferencias culturales y religiosas en obligación general. Las dos vertientes fantasean con una libertad condicionada. Y una libertad condicionada a que el individuo viva como a nosotros nos gusta carece de libertad, ¡porque sencillamente no lo es!

Por eso al liberalismo no le corresponde escoger entre dos jaulas según cuál tenga barrotes más finos o cortinas de mejor calidad. En lo absoluto. El liberalismo no necesita permiso alguno para defender simultáneamente la libertad económica, la libertad de expresión, la libertad de conciencia, la libertad sexual, la libertad de asociación, la propiedad privada y el derecho de cada individuo a construir su propia vida en tanto no viole los derechos ajenos. No existe contradicción en hacerlo: la contradicción se hace evidente si se pretende reivindicar la libertad solo en aquellos espacios donde coincide con nuestros gustos y preferencias personales.

Y probablemente ahí reside nuestra mayor insubordinación frente a la política tradicional: el liberal consecuente se enfrenta hoy a la izquierda, mañana a la derecha o a las dos al tiempo. No vive en una neutralidad cobarde: tiene un principio desde el cual juzgar las incongruencias de ambas. No somos equidistantes: somos independientes; no estamos en medio: estamos fuera de ese eje.

Desde esa perspectiva, cobra especial relevancia Gloria Álvarez, quizá la figura que mejor encarna la lucha por recuperar un liberalismo latinoamericano ajeno al tutelaje conservador. Antes de que comenzaran a proliferar esos «lobos conservadores disfrazados de ovejas liberales», en palabras de la propia Gloria, su voz contribuyó a instalar con enorme fuerza regional una agenda centrada en la libertad individual, el combate al populismo y la crítica simultánea a los colectivismos de izquierda y de derecha. Hoy, cuando vuelve a poner sobre la mesa una eventual candidatura presidencial en su natal Guatemala, su trayectoria merece ser leída al margen de coincidencias totales con sus formas, métodos o posiciones particulares. Hay en ella algo más difícil de falsificar: honestidad intelectual, conocimiento de aquello que defiende, coherencia sostenida y una dimensión humana y espiritual que integra su identidad pública. ¡Tampoco es menor que sea mujer! Para nada. En una época en la cual una considerable parte de las viejas categorías revolucionarias se ha agotado, la mujer se consolida entre los grandes sujetos políticos de nuestro tiempo; no reducida a cuota o decoración, sino protagonista capaz de disputar espacios que durante siglos le fueron restringidos. En ese sentido, la relevancia de Gloria trasciende una posible candidatura: es actualmente el rostro más visible de ese liberalismo latinoamericano que busca volver a reconocerse a sí mismo.

El error, entonces, no consiste en ubicarnos mal dentro del espectro: consiste en seguir aceptando que debemos caber dentro de él. El liberalismo no nació para decorar la derecha, moderar la izquierda ni transformarse en apéndice útil de ninguna de las dos. Su tarea es otra: marcarle límites al poder, defender la autonomía del individuo y preservar una tradición política que no requiere autorización para existir. ¡Por eso estamos un paso más allá! No porque hayamos abandonado la política: porque nos negamos a reducir la libertad al lenguaje estrecho de sus trincheras favoritas. Y si el liberalismo latinoamericano anhela encontrar de nuevo su rumbo, tendrá que recordar precisamente eso: que su fuerza nunca dependió de parecerse a la derecha o a la izquierda: nació de atreverse a ser una filosofía única, la que mayor avance y prosperidad ha propiciado a nuestra especie.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

El Insubordinado

Valparaíso, Chile (6 de diciembre de 1998). Una fecha que los documentos registran y la memoria disputa.

No hay biografía verificable de “El Insubordinado”, porque El Insubordinado desconfía de las biografías: de lo que fijan, de lo que omiten y de la pequeña violencia con que convierten una vida en argumento. Lo que existe son rastros: un ensayo sin firma que circuló en tres idiomas antes de que alguien preguntara quién lo había escrito; una silla vacía en una conferencia de Viena donde se esperaba su presencia; una conversación en un bar cerca de Leadenhall Market que tres personas recuerdan de tres maneras incompatibles.

Se dice que estudió economía. Se dice que la abandonó cuando entendió que la mayoría de los economistas no estudian la libertad, sino las condiciones bajo las cuales la gente acepta no tenerla. Leyó a Bastiat como quien lee una carta dirigida a él. Leyó a Hayek como quien desactiva una trampa. Leyó a Camus para recordar que la lucidez, si no duele un poco, probablemente es otra forma de consuelo.

No milita, no representa, no pertenece. Estas no son virtudes que cultiva: son consecuencias naturales de alguien que aprendió a distinguir entre una idea y la tribu que la administra. Su trabajo, si puede llamarse así, consiste en identificar el momento preciso en que una convicción se vuelve liturgia. Lo ha hecho en ministerios y en asambleas de activistas con la misma atención, porque el mecanismo es idéntico: alguien deja de pensar y empieza a pertenecer, y los demás aplauden porque eso los libera de pensar también.

Los textos que se le atribuyen —Manual para desertores voluntarios, La obediencia como deporte nacional, entre otros— circulan sin firma, copiados y recopiados, a veces con su nombre y a veces con el de otro. No parece importarle. Una idea que necesita autor para sostenerse, solía decir, todavía no está lista.

Prepara algo nuevo. No se sabe el título. Solo una línea encontrada al margen de un cuaderno, sin fecha: «El problema nunca fue quién gobierna. El problema es por qué sigues obedeciendo».

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