El problema básico en el mundo hoy: homenaje a Ayn Rand (III)

Al Poniente y El Insubordinado presentan a sus lectores la segunda parte de Textbook of Americanism, un artículo escrito por Ayn Rand y divulgado originalmente en 1946 en THE VIGIL, publicación de la ALIANZA CINEMATOGRÁFICA PARA LA PRESERVACIÓN DE LOS IDEALES AMERICANOS (Beverly Hills, California).

El texto forma parte de un proyecto más amplio concebido por la autora para definir y esclarecer los principios básicos de las cuestiones públicas dentro del ámbito político. Sin embargo, la serie quedó inconclusa: las doce preguntas que integran esta serie constituyen apenas la tercera parte de ese proyecto; el resto nunca llegó a escribirse.

Para una mejor comprensión de esta entrega, conviene leer también las dos anteriores:


6. ¿De qué forma respetamos los derechos de los demás?

El ser humano tiene derechos individuales inalienables. Esto significa que los mismos derechos corresponden a cada persona, a todas las personas, en todo momento. Por consiguiente, los derechos de uno no pueden ni deben violar los derechos de otro.

Por ejemplo: un ser humano tiene derecho a vivir, pero no tiene el derecho a quitarle la vida a otro; tiene derecho a ser libre, pero no el derecho a esclavizar a otro; tiene derecho a buscar su propia felicidad, pero no el derecho a decidir que esta felicidad se base en la miseria —o el asesinato, el robo y la esclavitud— de otro. El derecho propio en virtud del cual una persona actúa determina ese mismo derecho en los demás y le sirve de guía para saber lo que puede o no puede hacer.

No caigas en el error colectivista de suponer que un individualista dice: «Haré lo que me venga en gana a costa de todos los demás». Un individualista es una persona que reconoce a plenitud los derechos individuales inalienables del ser humano: los suyos propios y los de los demás.

Un individualista es alguien que dice: «No voy a gobernar la vida de nadie —ni voy a dejar que nadie gobierne la mía—. No voy a dominar ni ser dominado. No seré amo ni esclavo. No me sacrificaré por nadie, ni sacrificaré a nadie por mí». Un colectivista es alguien que dice: «¡Juntémonos, camaradas… y entonces cualquier cosa vale!».

7. ¿Cómo determinamos si un derecho ha sido violado?

Un derecho solo puede ser violado mediante el uso de la fuerza física. Una persona no puede privar a otra de su vida, ni esclavizarla, ni impedirle buscar su felicidad, si no es usando la fuerza contra ella. Siempre que se obligue a otro a actuar sin su consentimiento libre, personal, individual y voluntario, su derecho ha sido violado.

Por tanto, podemos trazar una línea divisoria bien definida entre los derechos de un individuo y los de otro. Es una división objetiva no sujeta a diferencias de opinión, ni a la decisión de la mayoría, ni a los decretos arbitrarios de la sociedad. Ningún individuo tiene derecho a iniciar el uso de la fuerza física contra otro.

La regla práctica de conducta en una sociedad individualista es simple y bien definida: no puedes esperar ni exigir ninguna acción de otra persona, excepto con su consentimiento libre y voluntario.

Que nadie se deje engañar en este punto por un viejo truco colectivista que reza: «No existe la libertad absoluta, de ninguna manera, puesto que no eres libre de asesinar; la sociedad limita tu libertad al no permitirte asesinar; por lo tanto, la sociedad tiene el derecho de limitar tu libertad de cualquier forma que crea conveniente; ergo, olvídate de la ilusión de libertad: la libertad es lo que la sociedad decide que sea».

No es la sociedad ni ningún derecho social lo que te prohíbe matar, sino el derecho individual inalienable de otro ser humano a vivir. Esto no es un “término medio” entre dos derechos, sino una línea divisoria que preserva ambos derechos intactos. La división no se deriva de un edicto de la sociedad, sino de tu derecho individual inalienable. La definición de este límite no es establecida arbitrariamente por la sociedad, sino que está implícita en la definición de tu propio derecho.

Dentro de la esfera de tus propios derechos, tu libertad es absoluta.


La próxima entrega abordará dos nuevas preguntas: ¿cuál es la función apropiada del gobierno? y ¿puede haber un sistema social “mixto”?


Este artículo fue publicado originalmente en El Insubordinado.

El Insubordinado

Valparaíso, Chile (6 de diciembre de 1998). Una fecha que los documentos registran y la memoria disputa.

No hay biografía verificable de “El Insubordinado”, porque El Insubordinado desconfía de las biografías: de lo que fijan, de lo que omiten y de la pequeña violencia con que convierten una vida en argumento. Lo que existe son rastros: un ensayo sin firma que circuló en tres idiomas antes de que alguien preguntara quién lo había escrito; una silla vacía en una conferencia de Viena donde se esperaba su presencia; una conversación en un bar cerca de Leadenhall Market que tres personas recuerdan de tres maneras incompatibles.

Se dice que estudió economía. Se dice que la abandonó cuando entendió que la mayoría de los economistas no estudian la libertad, sino las condiciones bajo las cuales la gente acepta no tenerla. Leyó a Bastiat como quien lee una carta dirigida a él. Leyó a Hayek como quien desactiva una trampa. Leyó a Camus para recordar que la lucidez, si no duele un poco, probablemente es otra forma de consuelo.

No milita, no representa, no pertenece. Estas no son virtudes que cultiva: son consecuencias naturales de alguien que aprendió a distinguir entre una idea y la tribu que la administra. Su trabajo, si puede llamarse así, consiste en identificar el momento preciso en que una convicción se vuelve liturgia. Lo ha hecho en ministerios y en asambleas de activistas con la misma atención, porque el mecanismo es idéntico: alguien deja de pensar y empieza a pertenecer, y los demás aplauden porque eso los libera de pensar también.

Los textos que se le atribuyen —Manual para desertores voluntarios, La obediencia como deporte nacional, entre otros— circulan sin firma, copiados y recopiados, a veces con su nombre y a veces con el de otro. No parece importarle. Una idea que necesita autor para sostenerse, solía decir, todavía no está lista.

Prepara algo nuevo. No se sabe el título. Solo una línea encontrada al margen de un cuaderno, sin fecha: «El problema nunca fue quién gobierna. El problema es por qué sigues obedeciendo».

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