“En un país en el que la desigualdad educativa aflige constantemente, necesitamos más que instructores, requerimos maestros que enciendan la chispa del pensamiento crítico, la sensibilidad ética y el deseo de construir una sociedad más justa”
Si Platón viviera hoy y llegara a un salón de clase rural en Colombia, ¿qué percibiría? ¿Se sorprendería por la diversidad de pensamientos y voces? Quizá haría una pausa, respiraría hondo… y luego, con su voz pausada, diría: “Aquí falta formar el alma, no solo transmitir contenidos”. Esta escena me permite rememorar un taller de filosofía al que asistí con mis estudiantes, evoco no la información conceptual que compartían con ellos, sino los momentos en los que, juntos, profundizábamos en el sentido de vivir con justicia. El ideal platónico, en el fondo, habla de eso.
En La República, Platón presenta la educación como un proceso de transformación del alma hacia el bien. A través de la célebre alegoría de la caverna, presenta cómo el verdadero aprendizaje consiste en dejar atrás las sombras para alcanzar la luz del conocimiento esencial. Estudios actuales, que analizan su propuesta pedagógica, coinciden en que la educación era el medio por excelencia para alcanzar una sociedad justa, pues sin ciudadanos formados en la virtud, no es posible construir un bien común sólido. Clabrese, Claudio. “Comunidad y Pedagogía. La filosofía platónica de la educación.” (2006).
Platón concibe el alma como tripartita, racional, irascible y apetitiva. A partir de ello, propone una educación diferenciada según la naturaleza de cada individuo. Los productores reciben formación básica en música y gimnasia; los guardianes, además, son formados en disciplina y valor; mientras que los futuros gobernantes, los filósofos-reyes, recorren un largo camino educativo que abarca desde los ejercicios físicos y musicales en la infancia, hasta el estudio de las matemáticas, la dialéctica y la práctica política. Solo a los cincuenta años, si han demostrado virtud y sabiduría, están preparados para gobernar. Así se forman, según Platón, los líderes que comprenden el bien y pueden dirigir una polis justa Reale, Giovanni. Historia del pensamiento filosófico y científico”, Vol. I, Herder, (2001).
Consideremos tres ideas vigentes y transformadoras, desde mi experiencia:
Primero, el maestro como guía del alma no es quien impone conocimientos, es quien acompaña el despertar del pensamiento propio. En mis clases, he comprobado que cuando mantengo un dialogo reciproco con mis estudiantes, estos encuentran su voz propia, su motivación.
Segundo, la educación integral une cuerpo y espíritu; música y gimnasia. Este equilibrio, que los griegos llamaban kalokagathía —la unión entre lo bello y lo bueno—, nos sigue interpelando. Hoy, muchas veces reducimos la educación a contenidos académicos, olvidando lo emocional, lo corporal y lo artístico, que también forman parte del desarrollo humano.
Tercero, la educación como base de una sociedad justa. Platón insistía en que cada persona debe formarse según su potencial, para aportar al equilibrio de la comunidad. Si bien, hoy rechazamos su rigidez jerárquica, se rescata la idea de formar ciudadanos conscientes desde sus talentos y realidades, valorando la diversidad como riqueza, no como obstáculo.
Claro está, hay aspectos éticamente cuestionables en su propuesta. Platón defendía la censura de mitos y obras artísticas que consideraba perjudiciales. Además, su confianza en una élite ilustrada para gobernar irrumpe con los principios democráticos y participativos que defendemos. Sin embargo, su énfasis en una educación ética, formadora e innovadora sigue siendo fuente de inspiración para quienes creemos en una escuela que va más allá de las pruebas estandarizadas.
Desde mi trayectoria, recuerdo un grupo de estudio, en el que junto con docentes de filosofía discutíamos fragmentos de La República. Una compañera comentó: “Esto me hace pensar que no solo enseño mi materia, también educo en lo humano”. Ese día comprendí que el ideal platónico cobra vida cuando la enseñanza se convierte en una experiencia de formación integral y significativa.
Formar ciudadanos sabios, conscientes y justos no es un sueño antiguo, es un llamado perentorio. Platón nos invita a entender la educación como luz para el alma, no solo como preparación laboral. En un país en el que la desigualdad educativa aflige constantemente, necesitamos más que instructores, requerimos maestros que enciendan la chispa del pensamiento crítico, la sensibilidad ética y el deseo de construir una sociedad más justa.
No necesitemos filósofos-reyes gobernando nuestras ciudades. Pero sí requerimos educadores que, como el maestro socrático, retorne a la caverna —a las realidades complejas de nuestras aulas rurales—, enciendan la luz del pensamiento y acompañen a cada estudiante en su viaje hacia la verdad. Ese, sin duda, sería un ideal educativo digno de La República… y de Colombia.













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