Pintar un océano…

 “El exceso de optimismo fue el precipicio al que acudimos en estas elecciones. Se esperaba que la primera vuelta mostrara una consolidación y respaldo tras tener el primer gobierno de izquierda en la historia de nuestro país. Y a mi parecer, ingenuo para algunos, así lo fue”.

Lunes. 12:42 del mediodía. Quito.

Jamás fuimos tan optimistas como en los tiempos del Estallido Social. Una manifestación de compromiso iluminaba nuestras acciones y los jóvenes que votaban por primera vez sentían el respaldo de un movimiento social. Eran tiempos difíciles, la represión y desprecio de clases políticas y fuerzas públicas nos sometieron a ver los aspectos más desgarradores de la condición humana. A diario nos enterábamos de hechos terribles que ocurrían en otras ciudades y era sorprendente asumir que cada vez que salíamos a protestar podía ser la última. La elección auténtica de cada uno hizo que un proyecto se respaldara. De esos hechos han transcurrido varios años y las elecciones de ayer, 31 de mayo de 2026, merecen que tratemos de comprender cómo se mueve el espectro político y social de nuestro país.

El exceso de optimismo fue el precipicio al que acudimos en estas elecciones. Se esperaba que la primera vuelta mostrara una consolidación y respaldo tras tener el primer gobierno de izquierda en la historia de nuestro país. Y a mi parecer, ingenuo para algunos, así lo fue. La tranquilidad del mayor voto hacia un proyecto progresista fue eclipsada por el sorpresivo número de votos que un proyecto outsider ha tenido en la historia. Semejante coyuntura encendió inquietudes que merecen ser atendidas. Según se dice, la discusión de poder y la realidad operativa ilustran la realidad sobre el sector que opera el aparato estatal: no se ha dejado de ser oposición. La polarización en Colombia es un fenómeno normal, como el índice de fortalecimiento de grupos ilegales o hectáreas de coca. Al decir “normal” no estoy legitimándolo, solo quiero ponerlo en un plano de inmanencia donde se pueda ubicar el debate. Parecía sorpresivo que Paloma Valencia asumiera las banderas de un centro político, pero en el panorama de competir entre Cepeda y De la Espriella era casi la única opción. Eso vaticinaba una derrota inminente. No solo para ella, que parecía importarle muy poco, sino para la posibilidad de tener un centro político con fuerza real. La base que apoyaba a Valencia, como candidata de Uribe, migró en las últimas dos semanas de campaña. Si el Centro Democrático ya no representaba la radicalidad, el paso natural era encontrar un espectro que no quisiera moderación y que afrontara sin matices lo que por muchos llega a concebirse como una amenaza existencial. Nadie puede negar que De la Espriella leyó muy bien ese movimiento social y más que propuestas programáticas, asimiló una actitud que recordaba la primera candidatura de Álvaro Uribe Vélez. Es así como regresa la vieja promesa del orden.

“Polarización” es la palabra que ha adquirido mayor atención tras los resultados. Dos visiones de país generan un maremágnum. Poco importan las propuestas. Debemos ocuparnos de los relatos que hoy mueven los nervios de todo un país. Aunque el respaldo de Cepeda se interprete como una unión importante, existió una incomodidad general por la decisión de no salir a los debates. Aunque se llenaran escenarios, parecía que se había llegado a un techo en el cual era muy difícil convocar más personas. Habrá quien interprete esto como una unidad basada en el miedo al adversario y no como un movimiento social guiado hacia un fin. Sin embargo, nadie puede evitar que, tras décadas de persecución estatal y estigmatización, existe en realidad un movimiento unificado con potencial de continuar con el segundo gobierno progresista del país. Se sigue siendo oposición y se siguen sumando motivaciones.

Acaso nos sorprende que la gran mayoría del espectro político del país hoy esté de la mano con De la Espriella. Hoy la indignación recorre las calles. Los improperios y ataques  aumentan en las redes sociales. Les pregunto: ¿realmente están sorprendidos del resultado? De la Espriella ha capitalizado el temor histórico a la izquierda, producto de políticas exteriores estadounidenses. El anti-petrismo, el señalamiento del enemigo, la vuelta a los buenos valores —sea lo que sea que signifique eso en nuestro país—, eran los relatos que más fácil entrarían en la mediación. La emoción dirige gran parte de las elecciones. No ser un showman implica no estar en la vanguardia masiva. ¿Resultaba mejor que Cepeda cambiara de carácter? ¿Aburre mucho la presencia de una persona intelectual y pasiva en sus expresiones? ¿No era eso algo de lo que criticábamos hace años?

Que nadie se imagine, empero, que el relato securitario iba a acabarse con la llegada de la Paz Total. Nada era más arriesgado que defender intentos y acuerdos de paz en un país cuyo conflicto no ha cesado. De ahí que se acusara al gobierno de tolerarse o beneficiarse de la presencia de actores criminales en el país. De ser esto cierto, ¿dónde queda la patria? ¡Ah, qué palabra tan delicada y maleable! Puede significar todo y a la vez nada. De la Espriella compitió y consolidó esta palabra en su relato. La patria está amenazada, secuestrada y vandalizada por el progresismo que representa Petro y continuaría Cepeda. ¿Qué es aquello que se amenaza? Se busca reivindicar una nación que atesora la justicia, la seguridad y el orden —otra palabra delicada y maleable. Ese uso de palabras caló también. Ya no era la lucha de los nadies contra los de siempre, ahora era la de todos contra los de siempre. En menos de cuatro años los nadie pasaron a ser los mal señalados de siempre, desconociendo totalmente la lucha de los excluidos que en 2022 se manifestaron. Sin embargo, ante los nuevos relatos a combatir —somos seres de relatos—, no se ha sabido cómo acomodarse en esta épica.

De esta forma nos sentimos fuera de juego. ¿Cómo caminar en esta incomprensión? Mientras que el sector representado por De la Espriella empieza la cacería de votos por los electores de centro que quedaron sin candidato. La baja participación en zonas históricamente movilizadas indica que hay un sector de la ciudadanía que se está quedando por fuera de esta disputa. No porque sea apático, sino porque no se reconoce en ninguna de las dos patrias en pugna.

La primera vuelta nos ha dejado incómodos, no hay que desconocerlo. Esa misma incomodidad es la que nos mantiene vivos. No es momento de culpas. Las culpas son un lujo de los proyectos que ya se sienten dueños del tiempo. Nunca el sector progresista ha dejado de ser oposición. No porque no hayamos hecho nada —se han hecho cosas que ningún otro gobierno se atrevió a intentar—, sino porque la estructura profunda del poder en Colombia no se desmonta con una presidencia. Por tanto, la tarea sigue siendo pintar un océano con un pincel.

Juan Camilo Parra Avila

Soy filósofo de la Universidad Industrial de Santander, escritor y gestor cultural en El Cocuy, Boyacá. Director de la editorial independiente Espeletia Ediciones y representante legal de Los Eudaimones, empresa filosófica y cultura.

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