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Terminó la primera vuelta presidencial, pero sería un error pensar que ya tenemos alguna certeza sobre el futuro inmediato del país. Por el contrario, tengo la impresión de que lo más difícil apenas comienza.
Los resultados dejan una realidad imposible de ignorar: Colombia continúa atrapada entre dos extremos políticos que cada vez parecen más distantes entre sí y más incapaces de construir puntos de encuentro. Mientras tanto, las posiciones moderadas, las voces de centro y quienes intentan analizar los problemas nacionales sin fanatismos terminan siendo arrinconados por una polarización que se ha convertido en la principal característica de nuestra vida pública.
Eso es precisamente lo que más me preocupa.
Duele ver cómo el país parece oscilar permanentemente entre la extrema izquierda y la extrema derecha, como si no existieran caminos alternativos. Más preocupante aún es que cualquier propuesta que no encaje plenamente en alguno de esos dos bloques termina siendo atacada antes de ser escuchada.
Esta elección demuestra que aún nos falta madurez política como nación.
La primera vuelta no produjo un ganador. Produjo dos finalistas. Y existe una diferencia enorme entre ambas cosas.
Algunos sectores celebran como si la Presidencia ya estuviera definida. Otros reaccionan como si la derrota fuera irreversible. Ninguna de las dos posiciones parece ajustarse a la realidad. Lo cierto es que el país entró en una nueva etapa de la contienda electoral donde los apoyos de quienes quedaron por fuera de la competencia serán determinantes.
Precisamente allí radica una de las mayores incertidumbres.
Los millones de votos obtenidos por los candidatos que no avanzaron a la segunda vuelta representan un caudal político que puede inclinar la balanza en cualquier dirección. Particularmente los sectores más cercanos al centro político tendrán una enorme responsabilidad en las próximas semanas, pues buena parte de sus electores podrían terminar definiendo quién gobernará Colombia durante los próximos cuatro años.
Por eso considero que nadie puede sentirse seguro.
La historia electoral colombiana demuestra que una ventaja en primera vuelta no garantiza absolutamente nada. Las alianzas, los respaldos, la capacidad de convocatoria y la estrategia política de cada campaña pueden modificar sustancialmente el panorama.
Sin embargo, existe otro aspecto que me genera una preocupación aún mayor.
La democracia no solo depende de los votos. También depende de la confianza que los ciudadanos depositen en las instituciones y en las reglas del juego.
Cuando comienzan a surgir cuestionamientos anticipados sobre los resultados electorales, cuando las campañas elevan el tono de la confrontación y cuando la ciudadanía empieza a percibir que cualquier resultado será cuestionado por uno u otro sector, el ambiente político se vuelve particularmente delicado.
Toda denuncia debe investigarse. Toda reclamación legítima debe ser atendida. Toda irregularidad comprobada debe corregirse. Pero la prudencia también es una obligación democrática.
Colombia necesita que quienes aspiran a gobernarla actúen con responsabilidad. El país no puede convertirse en escenario de una confrontación permanente donde cada actor político considere ilegítimo cualquier resultado que no le favorezca.
Lo que viene en los próximos días probablemente será una de las campañas más intensas de los últimos años. Veremos negociaciones, alianzas, adhesiones, rupturas y estrategias destinadas a conquistar a los votantes indecisos.
Pero más allá de quién gane, existe una pregunta que debería preocuparnos a todos:
¿Qué país quedará después de esta elección?
Porque una nación profundamente dividida, donde los ciudadanos terminan viéndose como enemigos irreconciliables, es una nación que corre el riesgo de debilitar sus propias instituciones.
Tengo la sensación de que estamos entrando en un momento decisivo para la democracia colombiana. No porque una candidatura represente por sí sola el fin del país o la salvación definitiva de la República, sino porque la polarización ha alcanzado niveles que amenazan con impedir cualquier diálogo racional.
Estamos frente a una segunda vuelta que definirá mucho más que un presidente.
Definirá si Colombia es capaz de tramitar sus diferencias dentro del respeto institucional o si seguirá profundizando una confrontación que cada día parece más difícil de controlar.
Por eso creo que debemos prepararnos para semanas complejas.
La elección aún no ha terminado.













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