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“¿Y si cada maestro, cada estudiante y cada comunidad visualizaran un futuro posible y empezaran hoy a construirlo?”
Pienso en la mañana en que realizábamos una campaña de recolección de desechos con estudiantes de una institución educativa. Nos encontrábamos a la orilla del río observando todo tipo de objetos cuando un estudiante preguntó ¿Qué podemos hacer para que las personas cuiden el entorno natural? No era solo una clase: era una invitación a cuidar nuestra casa común.
La educación para el desarrollo sostenible (EDS) nos enseña a asumir decisiones responsables desde perspectivas económicas, sociales y ambientales con una visión crítica, ética y, aún más importante, con un compromiso más justo y equilibrado. Se trata de proponer soluciones frente a problemáticas como la pobreza, el cambio climático y la pérdida de biodiversidad.
En Colombia, debido a su acontecer histórico aspectos como la conciencia, la equidad y la acción social adquieren especial relevancia. Permítaseme compartir tres experiencias desde cada uno de estos ejes.
Cuando trabajé con jóvenes en una zona rural, promovimos un taller de agroecología que despertó el interés por el cuidado del suelo y del agua. Ellos sembraron, analizaron la calidad del suelo y reflexionaron sobre la importancia de la tierra para mantener el equilibrio ecológico. Aquí vemos la conciencia hecha acción.
En un foro educativo de una institución urbana, acompañe a un grupo de estudiantes y docentes afrocolombianos a debatir sobre el acceso equitativo de su comunidad al sistema. Su voz antes silenciada, se convirtió en el motor de propuestas concretas: acceso a transporte escolar y más apoyo académico. Esto es educación basada en la equidad.
Y en una jornada con la universidad, facilitamos una actividad de reparación ambiental en un parque local. Profesores, estudiantes y vecinos intervinieron el lugar, sembraron árboles nativos y documentaron la flora y la fauna. La educación se convirtió en acción colectiva, en una semilla que germina en conciencia ciudadana.
Estos ejemplos ratifican que la EDS no es un contenido adicional, es una forma de enseñar, de aprender y de habitar el mundo. Como plantea Paulo Freire en Pedagogía del oprimido, “enseñar exige la síntesis en el pensamiento del oprimido y del opresor” (Freire, 1970). Educar para la sostenibilidad requiere formar personas capaces de cuestionar estructuras injustas y de actuar para modificarlas. Por eso, la Agenda 2030 de Naciones Unidas insiste en que el Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS 4) es el medio más efectivo para alcanzar desafíos globales, como, por ejemplo, la calidad educativa (ONU, 2015).
En la práctica, la EDS se integra con todas las asignaturas. En matemáticas, al analizar datos para tomar decisiones; en lengua, para construir narrativas de comunidad; en arte, para expresar emociones frente al entorno. En Colombia, estrategias pedagógicas como los Proyectos Ambientales Escolares (PRAE) han promovido iniciativas de cambio. Sin embargo, estos esfuerzos requieren mayor articulación, formación docente constante y un seguimiento que garantice su continuidad.
Y entonces ¿por qué estas iniciativas no trascienden? Una razón clave es que la mayoría de las veces se quedan en la fase de proyecto, sin permear la cultura institucional. Para superar esta barrera, se necesita una política educativa de largo aliento, con acompañamiento permanente y un enfoque que reconozca y valore los saberes locales —indígenas, campesinos y afrocolombianos— como parte esencial del currículo.
La EDS en zonas rurales es especialmente poderosa porque articula conocimientos ancestrales con ciencia y tecnología adaptada al contexto. En mi experiencia en Barbosa, vemos cómo las huertas escolares con semillas nativas no solo mejoraron la alimentación, sino que refuerzan la identidad cultural y el sentido de pertenencia. Es una educación que siembra raíces profundas y da frutos de esperanza.
La formación docente, en este proceso, es indispensable. No basta con la buena voluntad; se necesitan líderes educadores, con herramientas pedagógicas sólidas y capacidad de movilización comunitaria. Desde mi mirada filosófica, reflexionar sobre el sentido de lo común, de la vida y de la justicia nos ayuda a construir una ética orientada hacia el bien colectivo.
Así, la apuesta por la EDS en Colombia implica revisar la concepción de la educación: no únicamente para la preparación al mercado laboral, también como proyecto para la vida, para el cuidado mutuo y del entorno. Requiere valentía política, inversión en infraestructura ecológica, tecnologías apropiadas y formación docente continua. Como afirmó John Dewey, “la educación no es preparación para la vida; la educación es la vida misma” (Dewey, 1916).
La conclusión es clara: tenemos en nuestras manos la posibilidad real de convertir la educación en el motor más auténtico del desarrollo sostenible. Es nuestro compromiso educar para reparar y preservar. Soñemos con aulas donde las preguntas crezcan junto a las semillas, donde los estudiantes imaginen, crean y actúen por un planeta digno.
¿Y si cada maestro, cada estudiante y cada comunidad visualizaran un futuro posible y empezaran hoy a construirlo? Ese sería, sin duda, nuestro mayor legado: una generación que, más que heredar el mundo, lo cuide y lo trasforme.













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