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¡Uy, qué calor tan tremendo el que hace acá! Estoy seguro que esa fue la exclamación más recurrente que se escuchó entre quienes desde las 7:30 p.m. del viernes 8 de mayo esperaban la llegada de Nacho Vegas en un estrecho e infernal corredor de La Pascasia. La calurosa espera era armonizada con una consigna in crescendo: ¡Nacho, Nacho, Nacho! Y Nacho Vegas apareció como diamante entre carbón. Se trató de una aparición rápida y fugaz. Su porte asturiano me recordó el de un poeta de la Generación del 27 ataviado en unas zapatillas semipreciosas. Una sonrisa tenue y esquiva fue su respuesta a la convicción que devela la lucha de un nombre precioso sobre la tierra: ¡Antifascista, Antifascista!
Y por fin se abrieron las puertas, el insoportable calor se evaporó de golpe ante un escenario pequeño y poético. El ambiente se tornó tan íntimo como eléctrico. En el centro del escenario se encontraba una combativa bandera de Palestina y la proyección a toda pantalla de la ilustración interior del álbum Vidas Semipreciosas. La ilustración de Candela Sierra –ganadora del Premio Nacional del Cómic en 2025– es una evocación encantadora de El jardín de las delicias de El Bosco. Las 15 canciones de Vidas Semipreciosas se encarnan en retratos cotidianos y fantásticos alusivos a la fragilidad, la imperfección humana, el amor y la lucha social.
Avanzaba la noche y el ambiente se tornó cada vez más eléctrico y etílico, puesto que no faltó, nunca falta, el “Dionisio” de temporada que se embriaga hasta el delirio antes de empezar el concierto y que de buenas a primeras le da por subirse al escenario vaya uno a saber para qué. Y así pasó, pero a aquel “Dionisio” –al que seguramente se le fue la mano sobrellevando el calor del infernal pasillo de La Pascasia a base de Club Colombia– lo bajaron del escenario con un grito estridente y colectivo: ¡Bájenlo, bájenlo, bájenlo! “Dionisio” se bajó, no armó mala hostia y se perdió en el delirio; tal vez, comprendió que vivir es fuga y fragilidad.
En medio de la espera, el público, entregado y electrizado, se apropió de la identidad política del escenario. Y como en esta familia somos de izquierdas, el concierto, aún sin empezar, tomó visos de mitin popular: ¡Cepeda, presidente; Cepeda, ¡presidente! ¡Uribe, paraco, el pueblo está berraco! ¡Antifascista, Antifascista! ¡Palestina vencerá! Porque en tiempos de lobos los seguidores de Nacho Vegas saben que sin justicia “libertad” no es cosa cierta, por eso, poco les importa que les digan rojos, progres, comunistas, que los llamen como quieran. Ante las efusivas consignas la bandera de Palestina ondeaba con dignidad y firmeza. Fue algo precioso.
Y así surgió un resplandor: llegó Nachín con otra lúgubre canción. La descarga eléctrica del público fue descomunal. Y lo que siguió, si la memoria no me falla –ya que también me dejé tentar por el buen Dionisio– fueron cerca de dos horas de intensa y salvaje poesía; mi cuerpo temblaba en medio del éxtasis colectivo; en algún momento me fundí en el abrazo de un desconocido; otro me miró con ojos extraviados y me preguntó por Nieve, ¿por quién?; otro lloraba en cada hora fantasmal. Y llegó el momento culmen –para mí– con el grito de un hijo que inmortalizó el legado de una madre que fue causa e inspiración; fortaleza y lucha; siempre, siempre: ¡Antifascista!
Nacho Vegas y su formidable banda recorrieron un repertorio que se extiende ya por 25 años de carrera artística y que encuentra en Vidas Semipreciosas una preciosa evolución creadora. Nacho respondió a su electrizado público con sencillez y poesía. Es su primera vez en Medellín y espero que no sea la última. Y ojalá que sea en otro lugar, porque en La Pascasia, con su infernal corredor y pavor a la cerveza ajena, hay actores poco memorables.
Para Juanda y Marce, feliz aniversario.













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