Nací en la ciudad. El campo me terminó adoptando

Si Tato Bores siguiera escribiendo monólogos, probablemente diría que en Argentina uno puede planificar cualquier cosa… menos el destino. Y tendría razón.

Yo estudié Derecho convencida de que iba a tener un estudio jurídico, clientes, expedientes y alguna discusión elegante sobre doctrina.

El problema fue descubrir que caminar por los pasillos de Tribunales me generaba más taquicardia que vocación.

Entonces apareció el campo.

O mejor dicho, descubrí que siempre había estado ahí.

Nací en Rosario, pero en las sobremesas familiares mi abuelo “Kelo” sentenciaba, con esa autoridad que solo tienen los abuelos: “Ese yuyo nos va a traer problemas.” Yo pensaba que exageraba. Como casi todos los nietos, descubrí bastante tiempo después que el viejo venía leyendo el diario del futuro.

También recuerdo a la Ornella de ocho años, parada al costado de la ruta durante el conflicto por la famosa 125. Había tractores, banderas, bocinazos y productores defendiendo una causa que yo no entendía. Mi mayor preocupación era otra: cuánto faltaba para llegar.

La vida, que tiene un humor bastante particular, decidió años después ubicarme en una entidad que representa y defiende los derechos de los pequeños productores agropecuarios.

Y ahí empezó la verdadera facultad.

Aprendí que mientras Raúl rezaba para que dejara de llover, José miraba el mismo cielo rogando exactamente lo contrario. Que los caminos rurales existen… hasta que llueve. Que las retenciones generan más debates que un clásico rosarino. Y que el federalismo argentino es esa materia que primero se estudia en la Constitución y después se desaprueba cuando uno recorre el interior.

También descubrí otra curiosidad.

Todavía hay quien se sorprende cuando una mujer trabaja en un ámbito históricamente ocupado por hombres. Al principio respondía. Hoy prefiero sonreír. Es más eficiente.

Sin darme cuenta, el paisaje que antes veía por la ventanilla del auto empezó a tener nombres, historias y personas.

Nací en la ciudad.

Pero el campo terminó adaptándome.

A veces imagino a mi bisabuelo, trabajando los campos de Nogoyá, mirando todo este recorrido con absoluta tranquilidad. Como diciendo: “Tardaste… pero llegaste.”

Si alguien le hubiera dicho que un día iba a estudiar el campo, defender a sus productores y discutir sobre retenciones con absoluta seriedad, probablemente se habría reído.

Por suerte, el destino nunca consulta el plan de carrera.

El problema es que me termine apasionado del tema, como mi abuelo en la sobremesa.

Ornella Trosero

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.