Los acreedores de la victoria

Durante años el candidato habló como hablan los hombres convencidos de que tienen una cita pendiente con la eternidad. Prometió cambiar el país, corregir injusticias, vengar agravios y abrir una época distinta. Recorrió plazas donde abundaba el entusiasmo, el miedo, la rabia y la esperanza. Finalmente ganó. Salió al balcón. Levantó los brazos. La multitud celebró. Durante algunas horas pareció que la voluntad popular había derribado todas las puertas.

A la mañana siguiente comenzaron a llegar los que la víspera habían sido compañeros de lucha. Pero ahora parecían otra cosa.

La noche anterior el país había asistido a una epopeya. Veinticuatro horas después comenzaba un inventario.

Mientras los ciudadanos todavía comentan los discursos de la victoria, alguien pregunta por la presidencia del Senado. Mientras unos celebran el nacimiento de una nueva época, otros calculan cuántas comisiones habrá que distribuir para que la nueva época alcance a nacer.

Antes de transformar el país hay que repartir el triunfo.

Todavía no se ha aprobado una sola reforma. No se ha cambiado una ley. No se ha movido una piedra del edificio nacional. Sin embargo, ya comenzó la distribución de las dignidades.

Como ocurre en ciertas familias, la herencia empieza a repartirse antes de terminar el velorio. El difunto todavía ocupa la habitación principal y ya circulan discretas preguntas sobre las llaves, las escrituras y el destino del comedor.

Los periódicos llaman a todo esto construcción de mayorías. La expresión es correcta. También elegante. Tiene la ventaja de evitar ciertas imágenes menos solemnes. Porque lo que empieza a formarse después de cada victoria se parece menos a una catedral que a un bazar.

Aparecen los vendedores de recuerdos. Los comerciantes de viejas lealtades. Los propietarios de agravios acumulados. Los especialistas en recordar una reunión celebrada tres años atrás, una entrevista concedida cuando nadie creía en el candidato o unos votos obtenidos en una región donde la derrota parecía inevitable.

Durante la campaña fueron aliados. En la celebración parecían socios. A la mañana siguiente empiezan a comportarse como dueños. Algunos tienen la paciencia de los herederos. Otros la puntualidad de los cobradores. Todos conocen con admirable precisión el valor de su aporte y con igual serenidad olvidan el de los demás.

Lo extraordinario es que muchos tienen razón. Los votos existieron. Las alianzas existieron. Las derrotas compartidas existieron. Buena parte de la victoria también les pertenece. Tal vez por eso llegan con tanta tranquilidad. No se presentan como invasores. Se comportan como propietarios que regresan a inspeccionar una obra en cuya construcción participaron.

Ahí comienza la verdadera educación política del vencedor. La noche anterior imaginó que recibía las llaves del poder. A la mañana siguiente descubre que existen otras copias.

Y mientras el país espera reformas, discusiones históricas y transformaciones profundas, siguen llegando visitantes. Unos traen una región. Otros una alianza. Otros una vieja fotografía tomada en los tiempos difíciles. Otros un permiso para realizar una venganza y satisfacer un odio.

Todos parecen convencidos de la misma idea: la victoria pertenece a quien la obtiene, pero también a quienes ayudaron a fabricarla.

Quizá esa sea la paradoja más persistente de la política. El hombre que gana las elecciones cree haber conquistado una fortaleza. Descubre, demasiado tarde, que ha llegado a una reunión de socios.

La noche de la victoria pertenece a la épica.

La mañana siguiente vuelve a quedar en manos de la comedia humana.

Fabio Humberto Giraldo Jiménez

Profesor de Ciencias políticas de la Universidad de Antioquia, Medellín Colombia. Ejercí, además, como Director del Instituto de Estudios Políticos (5 años) y como Director general de Posgrados (5 años) de la misma universidad. Como profesor jubilado dicto actualmente una cátedra sobre opinión política y me dedico casi exclusivamente a la lectura y a la escritura de textos de opinión.

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