La reencarnación de Laureano

Laureano Gómez murió el 13 de julio de 1965, pero pareciera que hubiera reencarnado en Álvaro Uribe, en una versión mucho más degradada y malvada”


Poco o nada se enseña hoy en los colegios de la historia de la Colombia del Siglo XX, de la cantidad de guerras que desangraron al pueblo colombiano durante este tiempo; hay varios libros que narran y documentan estas guerras, que son como todas: crueles, sangrientas y desmedidas, algunos tildarán estos libros de historia de “amarillistas y exagerados”, y no los juzgo, pues para cualquier persona, con sentido común y un  poco de humanidad es imposible comprender que llevemos más de doscientos años de república matándonos los unos a los otros en interminables guerras sin fin.

Una de esas interminables guerras, se llevó a cabo en el periodo que se conoce como “la violencia”, como si fuera el único periodo de violencia que ha existido en Colombia. La violencia es la denominación del periodo histórico en Colombia, entre 1925 a 1958 en el cual los partidarios del Partido Conservador y el Partido Liberal se mataban los unos a los otros en una guerra civil que jamás se declaró. Este periodo se caracterizó, no por ser el único, pero sí por ser uno de los más violentos en la historia del país; el extremo de la violencia llegó tan alto y desmedido, que por aquellos tiempos se volvió cotidiano presenciar, hablar o escuchar de asesinatos, agresiones, persecuciones, masacres, destrucción de la propiedad privada, terrorismo, descuartizamientos, vejámenes y violaciones de personas por su afiliación política. El periodo de la violencia llegó a su punto más agudo y recrudecido el 9 de abril de 1948, día en que cayó asesinado el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán. Su muerte provocó una trágica reacción de sus simpatizantes, que desembocó en lo que se conoce como el Bogotazo, todo el país en llamas, y en medio de estas, saqueos, riñas, y machetazos que iban y venían, volando brazos, piernas y cabezas en las calles llenas de humo provocado por los incendios de todos los locales comerciales que solo apaciguaron lentamente la intensa llovizna.

En este periodo varios personajes y grupos se hicieron famosos por los atroces hechos que ambos protagonizaron: por el lado de los conservadores, estaba la policía política conservadora conocida como “los Chulavitas” sus primeros miembros eran originarios de Boyacá, los “pájaros” del valle del cauca, y las “guerrillas de paz”; y por el lado de los liberales conocidos como “los cachiporros”, organizados en las guerrillas liberales. Las cifras de muertos en este periodo no son exactas, pero se estima que este periodo de guerra bipartidista causó entre 113.000 y 300.000 muertos y el desplazamiento forzado de más de dos millones de personas, equivalente a casi una quinta parte de la población total de Colombia, de aproximadamente 11 millones de habitantes en aquel tiempo.

Uno de los protagonistas más controvertidos en la época de la violencia, quien nació en Bogotá el 20 de febrero de 1889, y murió también en Bogotá el 13 de julio de 1965 a los 76 años por una enfermedad gastrointestinal, llamado “Hombre Tempestad” y “El Tribuno del siglo xx”, apodado por sus rivales liberales como “El Monstruo”, “el Basilisco”, y “El Genocida”, fue periodista, ingeniero y político, fue presidente de la república entre 1950 y 1951 cuando su enfermedad lo obligó a retirarse de su cargo dejando al mando de la presidencia a Roberto Urdaneta Arbeláez; él, el del apellido de origen germánico y carácter temerario, Laureano Eleuterio Gómez Castro, quien intentó volver a la presidencia el 13 de junio de 1953, pero fue depuesto en un golpe de Estado por el general Gustavo Rojas Pinilla.

Su vida pública antes de ser elegido como candidato único a la presidencia de la república en 1950, estuvo acompañada de múltiples puestos burocráticos que le permitieron expresarse públicamente siempre con un carácter arrogante, de machito gritón y autoritario, siempre creía tener la razón y nunca le gustaba nada; opositor y rival de los miembros y los gobiernos de ideología política contraria a la suya, pero también fuerte crítico y opositor de los gobiernos ejecutados por su propio partido, incluso su proceder y oratoria en debates del congreso lograron que en 1921 su copartidario y presidente de la república por aquel entonces, Marco Fidel Suárez renunciara, después de hacerle oposición desde 1918; Gómez fue uno de los líderes más radicales y extremistas de su partido político, el Partido Conservador colombiano, pero también, hay que admitirlo, uno de los oradores más promisorios de Colombia. Su poder llegó a tanto, que le permitió ser uno de los autores e inventores del sistema antidemocrático del frente nacional, el periodo en que los señores de corbata ponían presidente en Colombia, sin preguntarle al pueblo si estaban o no, de acuerdo, linda democracia la de este país desde tiempos remotos. Sin embargo, finalizando el periodo del frente nacional, su enemistad con la facción recatada y escogida del partido conservador lo llevó a distanciarse de su antiguo padrino político, mariano Ospina Pérez, quien fue presidente antes que él.

Gómez siempre demostró su admiración y atracción por el nazismo y el franquismo, hechos que le valieron varias veces su expulsión de Colombia en la década de 1940, era racista, clasista y segregacionista. En 1930 el presidente Enrique Olaya Herrera lo nombró ministro plenipotenciario en Alemania, y estando allí pudo observar de cerca el paulatino ascenso de Hitler. Durante su periódico El Siglo propinó duros comentarios contra los inmigrantes judíos en Colombia; su antisemitismo creció con el pasar de los años y en 1942 lideró un plebiscito para expulsar a estos judíos, también lanzó discursos racistas en contra de las poblaciones indígenas  y afro descendientes, en un discurso en 1930 dijo: “nuestra raza proviene de la mezcla de españoles, los indios y los negros. Los dos últimos caudales de herencia son estigmas de completa inferioridad”. A las negritudes las acusó de ser mentirosas e infantiles cuando dijo:

“el espíritu del negro, rudimentario e informe, como que permanece en perpetua infantilidad. La bruma de una eterna ilusión  lo envuelve y el prodigioso don de mentir es la manifestación de esa falsa imagen de las cosas, de la ofuscación que le producen el espectáculo del mundo, del terror de hallarse abandonado y disminuido en el concierto humano”

Y a las poblaciones indígenas les atribuía malicia, insignificancia y derrotismo al decir:

“la otra raza salvaje, la raza indígena de la tierra americana, segundo de los elementos bárbaros de nuestra civilización, ha transmitido a sus descendientes el pavor de su vencimiento. En el rencor de la derrota, parece haberse refugiado en el disimulo taciturno y la cazurrería insincera y maliciosa. Afecta una completa indiferencia por las palpitaciones de la vida nacional, parece resignada a la miseria y la insignificancia. Está narcotizada por la tristeza del desierto, embriagada con la melancolía de sus páramos y bosques”.     

Su racismo, clasismo y segregación no los disimulaba, atacaba abiertamente a las minorías del país, y era aplaudido ciegamente por sus hordas fanatizadas que celebraban su entusiasmo tal vez sin siquiera entender la gravedad de sus declaraciones; desde su oratoria enardecida siempre incito irresponsablemente al odio y a la violencia, tal vez nunca empuñó un arma en sus manos, pero sus palabras y sus discursos llevaron a Colombia al recrudecimiento de la violencia, hundiendo al país en una guerra civil invisible y no declarada; los ríos de Colombia se llenaron de sangre y por sus corrientes flotaban los miembros descuartizados de cuerpos previamente torturados.

Con el frente nacional se tenía la ilusión de que Colombia por fin pudiera dejar atrás la violencia y la guerra que tanto había golpeado a este pueblo ya hastiado de tanta sangre que había visto derramar, mas sin embargo, a pesar de reducir la violencia bipartidista, al repartirse el poder entre dos únicas opciones, estas dos ramas dejaron por fuera a los demás, excluyendo toda posibilidad de participación democrática de otras corrientes alternativas; de esa exclusión de los demás surgiría la violencia posterior: para aquel entonces ya la guerra campesina se había recrudecido en el Sumapáz y en el Tolima, en el Valle y en Caldas, y no tardarían en nacer los grupos guerrilleros de extrema izquierda en Santander y en el Huila.

De las anteriores guerras citadas no se recompone Colombia, hoy convivimos con estas guerras heredadas de generación en generación, algunos grupos extremistas      –muy pocos- se han desmovilizado y se han reincorporado a la vida civil, pero otros insisten en una revolución degrada y desviada de sus objetivos desde hace muchos años. En el poder sigue gobernando una especie de sistema parecido al frente nacional, una serie de gobiernos adueñados del poder que se turnan entre sí, negándole la posibilidad a las fuerzas alternativas de proponer y ejecutar cambios que se llevan posponiendo desde hace siglos ya. A la cabeza de esta hegemonía está un hombre, temible y de carácter fuerte a pesar de su baja estatura, Álvaro Uribe Vélez, el señor de las sombras, nacido en Medellín el 4 de julio de 1952, abogado, empresario, y político, la prensa local e internacional lo muestra como el político más influyente del siglo XXI en Colombia, presidente de la república por primera vez en dos ocasiones seguidas: de 2002 a 2006 y de 2006 a 2010, esta reelección la obtuvo gracias a una reforma a la constitución que consiguió sobornando a medio congreso, y con ayuda de los grupos paramilitares, armados e ilegales de autodefensa; fue senador de la República desde 1986 hasta 1994, y después de salir de la presidencia volvió a ser elegido senador de la República entre 2014 y 2018, y entre 2018 y 2022, más sin embargo renunció a su cargo por verse involucrado en el delito de fraude procesal, soborno y manipulación de testigos para inculpar al senador Iván Cepeda en un delito que no había cometido; fue alcalde de Medellín entre octubre y diciembre de 1982, solo duro en su cargo un poco más de dos meses cuando salió de este por sospechas de sus nexos con narcotraficantes del cartel de Medellín, fue el entonces gobernador de Antioquia Álvaro Villegas, quien le pidió su renuncia por petición del entonces Presidente de la República Belisario Betancourt al enterarse de la cercanía entre Uribe y los temibles narcotraficantes, más sin embargo su salida fue disimulada y la mantuvieron con total discreción en común acuerdo entre Uribe, Villegas y Betancourt; tiempo después fue gobernador de Antioquia entre 1995 y 1997; fue director de la aeronáutica civil entre 1980 y 1982 y estando allí, Iván duque Escobar, padre del hoy presidente de la república Iván duque Márquez, lo denunció por las licencias que otorgó a personas relacionadas con el narcotráfico, un año después del retiro de Uribe de la aeronáutica civil, en septiembre de 1983, el consejo nacional de estupefacientes, presidido por el ministro Rodrigo Lara Bonilla, ordeno a la institución suspender los vuelos de naves de narcotraficantes y derogar cientos de licencias, señalando que en el pasado esa entidad había adolecido de una actitud pasiva y negligente por parte de su director.

Al llegar a la presidencia como un falso liberal, presentó su política de seguridad democrática que proponía  involucrar a la ciudadanía como colaboradores activos en la lucha contra los grupos de ideologías contrarias a la suya, argumentando que debía ser la sociedad y no solo los órganos de seguridad quien debía colaborar para obtener un éxito militar satisfactorio frente a los grupos armados al margen de la ley; el proyecto fue presentado por Uribe y la entonces ministra de defensa y hoy vicepresidenta de la República Marta Lucía Ramírez, en el departamento de putumayo el 29 de junio de 2003, este fue uno de los pilares del gobierno de Uribe, más sin embargo tanta dicha no podía ser cierta, los abusos en el uso de la fuerza fueron denunciados varias veces por distintas organizaciones de derechos humanos. Al involucrar a la ciudadanía y armarla para que se tomara la justicia por mano propia y se encargara de la seguridad que era tarea del estado, lo que logró fue exponer a los civiles a un mayor grado de la intensidad del conflicto armado, por parte de todos los grupos armados, incluyendo los abusos que cometen algunos miembros de los organismos de seguridad.

Otro aspecto negativo que no puede pasar desapercibido, es el problema de las ejecuciones extrajudiciales o mal llamadas falsos positivos, esta problemática salió a la luz a finales del año 2008,  e involucra a miembros del ejército de Colombia con el asesinato sistemático de civiles inocentes, que fueron engañados para ser reclutados y posteriormente asesinados a sangre fría, totalmente fuera del contexto del conflicto armado, para hacerlos pasar luego como guerrilleros muertos en combate dentro del conflicto armado que vive el país. Estos asesinatos tenían como objetivo presentar resultados por parte de las brigadas de combate.

Laureano Gómez murió el 13 de julio de 1965, pero pareciera que hubiera reencarnado en Álvaro Uribe, en una versión mucho más degradada y malvada, Uribe al igual que Gómez, es un cobarde que no va al frente de batalla ni manda a sus hijos a pelear sus guerras, sino que desde su discurso de odio, incita a la ciudadanía a matarse por defender una falsa democracia, siempre habla de venganza, de odio, de muerte, en su discurso nunca cabe el perdón. Denigra y pordebajea siempre a las minorías del país, menosprecia a las negritudes, a las tribus indígenas, a la mujer, a los pobres; sus leyes y propuestas benefician al grande y millonario empresariado esclavista; tilda de “guerrillero”, “comunista” y “traidor a la patria” a todo aquel que no apoye su idea de exterminio a los sectores opositores de sus ideas; su discurso, al igual que el discurso de Gómez, inyectan de odio y deseo de venganza a sus oyentes, que se convierten en ciegos fanáticos, portadores de odio y venganza sin razones ni argumentos valederos.

Uribe al igual que Gómez desprecia la democracia, y su política es fascista y nazista, Uribe no quiere la paz para este país, no le conviene, porque sus intereses económicos están por encima de la paz y la vida del pueblo colombiano.

Es hora de un cambio, ya está bueno de tanta violencia, muerte y destrucción; esta guerra, este desangre interminable, nos ha hundido en el atraso, la miseria y la degradación humana, nos ha convertido en una sociedad indolente que normalizo ver los ríos llenos de sangre y de cuerpos descuartizados. Tan solo la paz, el perdón y la reconciliación, podrán salvar a Colombia, tan solo con una política que defienda la vida por encima de cualquier interés particular, podremos llevar a Colombia hacia el progreso, y podremos empezar a construir una Nación próspera, que sirva de ejemplo para las futuras generaciones y las demás sociedades.

Leonardo Sierra

Soy bogotano, me gusta leer, amante del arte, la literatura, y la música. creo en el cambio, así que propongo cambios para esta sociedad colombiana en la que vivo, creo en la paz, la reconciliación y el perdón. respeto y defiendo toda clase de libertad y expresión.

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