
Las democracias no colapsan de un día para otro. Su deterioro suele comenzar mucho antes de que las instituciones se quiebren formalmente. Empieza cuando la ciudadanía pierde confianza en el ejercicio político, cuando el debate público se vacía de contenido y cuando el desespero social convierte el miedo, la indignación y la frustración en herramientas de movilización política. En esos contextos emergen figuras que prometen encarnar la voz “auténtica” del pueblo, presentándose como alternativas frente a unas élites consideradas incapaces, corruptas o desconectadas de la realidad social. Colombia parece estar atravesando precisamente ese momento histórico.
El ascenso de personajes mediáticos como Abelardo de la Espriella no debe interpretarse simplemente como una anécdota política ni como un fenómeno pasajero impulsado por las redes sociales. Más bien, constituye el síntoma de una crisis más profunda: el desgaste de la representación democrática y el debilitamiento progresivo de la confianza ciudadana en la institucionalidad. A ello se suma la evidente incidencia de los medios de comunicación en la configuración de la opinión pública colombiana, muchas veces atravesada por intereses políticos, económicos e ideológicos que influyen en la manera en que se posicionan determinadas figuras y se construyen ciertas narrativas sobre el país. En el contexto del actual gobierno, esta disputa mediática se ha intensificado, evidenciando fuertes polarizaciones tanto en los discursos políticos como en la cobertura informativa. Esto no implica desconocer los errores, contradicciones y limitaciones de la administración actual, los cuales deben ser objeto de crítica y responsabilidad pública, que como sujetos críticos podemos hacer independiente de las afinidades que haya, dejando a un lado el endiosamiento que hoy se evidencia entre “fanáticos” de izquierda y derecha. Sin embargo, tampoco puede ignorarse que, pese a dichas dificultades, se han impulsado apuestas sociales y reformas que han buscado responder a problemáticas históricas de sectores tradicionalmente excluidos, pero esto no es un tema que pretendo abordar aquí.
El problema surge cuando el debate democrático deja de centrarse en la discusión estructural de políticas públicas y se reduce a confrontaciones mediáticas, narrativas emocionales y disputas de imagen. En ese escenario, la experiencia política, el conocimiento institucional y la capacidad de gestión pierden valor frente a la habilidad para producir impacto comunicativo, viralidad y movilización emocional. La historia demuestra que este fenómeno no es nuevo. Uno de los ejemplos más importantes para comprender los riesgos del deterioro democrático es el fracaso de la República de Weimar en Alemania. Aunque formalmente era una democracia constitucional moderna, la profunda crisis económica, la humillación nacional posterior a la Primera Guerra Mundial y la pérdida de legitimidad de las instituciones crearon las condiciones para el surgimiento de liderazgos autoritarios capaces de capitalizar el descontento social. La población comenzó a percibir que la democracia liberal era incapaz de resolver los problemas reales de la sociedad, y en medio de esa desesperanza emergieron discursos basados en la emocionalidad, la polarización y la promesa de restaurar el orden. Algo no muy distante de la realidad discursiva que atraviesa hoy el país, marcada por narrativas centradas en la crisis de seguridad y en la promesa de recuperar el “orden” y la “democracia”, apelando al miedo colectivo y a la sensación de pérdida de control institucional para legitimar liderazgos fuertes, discursos de autoridad y propuestas simplificadas frente a problemas estructurales complejos. En muchos casos, la idea de “restablecer el orden” termina convirtiéndose en un recurso simbólico que moviliza emocionalmente a la ciudadanía, aun cuando detrás de dicha promesa existan profundas tensiones sobre el significado mismo de la democracia, la participación política y las libertades ciudadanas.
Lo cuestionable no es la existencia de líderes carismáticos, sino la incapacidad de las instituciones democráticas para responder a las necesidades sociales y contener la radicalización política. Cuando la ciudadanía deja de creer en el sistema democrático, cualquier figura que prometa ruptura, autoridad o transformación inmediata puede convertirse rápidamente en símbolo de salvación colectiva. La crisis de Weimar enseñó que las democracias pueden destruirse desde dentro, utilizando incluso los mecanismos democráticos para debilitar las propias instituciones.
Esta reflexión resulta especialmente pertinente para comprender las democracias contemporáneas. Hoy, en muchos países, los liderazgos políticos ya no se construyen principalmente desde la experiencia estatal o incluso la herencia tradicional de un apellido en la política, sino desde la lógica del espectáculo, la confrontación mediática y la emocionalización del discurso público. El caso colombiano no es aislado. El ascenso de figuras como Donald Trump, Javier Milei o Nayib Bukele demuestra que el fenómeno responde a una transformación global de las democracias contemporáneas. No obstante, pensar que esta estrategia constituye una novedad absoluta sería un error histórico. La política siempre ha utilizado mecanismos de construcción simbólica, exaltación de líderes y movilización emocional para conquistar legitimidad y adhesión popular. Lo que cambia en la actualidad no es la existencia de estas prácticas, sino la velocidad, el alcance y la intensidad con las que operan gracias a los medios digitales y las redes sociales.
A lo largo de la historia, numerosos líderes comprendieron que el poder político no depende únicamente de programas de gobierno o capacidades administrativas, sino también de la habilidad para construir relatos colectivos capaces de conectar emocionalmente con la sociedad. En el siglo XX, figuras como Juan Domingo Perón o Getúlio Vargas utilizaron la radio, los actos masivos y una fuerte narrativa nacionalista para consolidar liderazgos profundamente personalistas. Mucho antes de internet, la política ya había entendido que las emociones movilizan más que los discursos técnicos.
Aquí resulta importante recuperar la reflexión del filósofo Giorgio Agamben y su concepto de Homo Sacer. Agamben plantea que las democracias modernas poseen la capacidad de reducir al individuo a una “vida desnuda”, es decir, a una existencia despojada de verdadera participación política y sometida a decisiones soberanas que pueden excluirlo simbólica o materialmente del orden democrático. Cuando grandes sectores sociales sienten que el sistema político no los representa, que sus derechos son precarios y que las instituciones funcionan únicamente para determinadas élites; aparece una sensación colectiva de abandono político. En ese contexto, los outsiders mediáticos logran presentarse como intérpretes del resentimiento social. Construyen la idea de que existe un “pueblo real” traicionado por las instituciones tradicionales y ofrecen una narrativa de confrontación directa contra el sistema. Esta lógica debilita aún más las mediaciones democráticas, porque desplaza el debate racional por la identificación emocional con el líder. La política contemporánea parece entonces moverse peligrosamente entre dos extremos: por un lado, democracias incapaces de responder eficazmente a las demandas sociales; por otro, liderazgos mediáticos que capitalizan el descontento mediante discursos simplificados y altamente emocionales. En ambos casos, el ciudadano termina atrapado en una sensación de precariedad política permanente.
La paradoja colombiana es especialmente compleja. El vacío de legitimidad institucional abre espacio para figuras cuya principal fortaleza no es necesariamente la capacidad de gobernar, sino la capacidad de producir espectáculo político. La indignación ciudadana se convierte así en un mercado de representación simbólica donde quien domina la atención pública parece automáticamente apto para dirigir el Estado. El verdadero riesgo no radica solamente en la aparición de outsiders, sino en la transformación estructural de la democracia en espectáculo. Haciendo el recuento histórico y viendo nuestro escenario colombiano y latinoamericano, vemos el peligro que representa que la política se organice alrededor de emociones instantáneas, escándalos y figuras personalistas; desaparecen los debates profundos sobre problemas estructurales. La ciudadanía deja de participar como sujeto político crítico y comienza a consumir la política como entretenimiento.
La experiencia histórica demuestra que las democracias no fracasan únicamente por golpes de Estado o imposiciones militares. También pueden deteriorarse lentamente cuando pierden legitimidad social, cuando las instituciones dejan de representar a la ciudadanía y cuando el espectáculo sustituye el pensamiento político. La pregunta de fondo no es solamente si figuras mediáticas como Abelardo de la Espriella poseen o no las capacidades para gobernar Colombia. La pregunta verdaderamente preocupante es ¿Qué tipo de crisis democrática permitió que la visibilidad mediática comenzara a valer más que la construcción colectiva, la experiencia pública y el fortalecimiento institucional?













Comentar