Caudillo Wi Fi

El político profesional suele creer en algo mucho más concreto y bastante menos elegante que las ideas: coger poder y no perderlo nunca. Toda su inteligencia está organizada alrededor de esa gimnasia social y psicológica del trepador que aprende a moverse entre trampas, venganzas, cambios de gobierno y odios acumulados sin dejar el pellejo en el intento y a caer, cuando cae, a contrapelo de la gravedad, hacia arriba.

En lo intuitivo tiene similitudes con Joseph Fouché, aquel “genio tenebroso” que convirtió el mimetismo político en artificio sublime al sobrevivir como funcionario a regímenes tan contrarios como la revolución francesa, el imperio napoleónico y la restauración borbónica, para terminar, muriendo rico, noble y en la cama. Fouché demuestra que el maquiavelismo puede aprenderse perfectamente sin haber leído a Niccolò Machiavelli.

Y nuestros políticos, en efecto, practican el maquiavelismo sin necesidad de leer a Maquiavelo porque son sobrevivientes prácticos de la política. Muchos jamás lo han leído. Algunos apenas lo recuerdan vagamente de algún bachillerato remoto. Pero además prefieren no mencionarlo demasiado porque en Colombia nadie quiere confesarse maquiavélico. Aquí la astucia siempre intenta presentarse como virtud popular, necesidad histórica o simple malicia administrada burocráticamente.

En realidad, la verdadera formación del político colombiano ocurre en otra parte. En el concejo municipal donde aprendió a dilatar decisiones sin decir nunca que no; en el directorio político donde descubrió que las lealtades duran menos que un tinto y las humillaciones más que un matrimonio; en la campaña perdida donde entendió que el resentimiento tiene mejor memoria que la gratitud; en conversaciones privadas donde aprendió simultáneamente a simular conocimiento administrativo y a esquivar legalidades incómodas.

Su universidad no fue la filosofía política sino la administración práctica de las debilidades humanas.

Sabe quién necesita plata, quién necesita reconocimiento, quién aguanta humillaciones por ambición, quién vive endeudado, quién odia en silencio y quién traicionaría a la madre por una notaría pequeña.

Y sobre todo entiende algo esencial sobre nuestra sociedad: casi todos defendemos las reglas cuando sirven para controlar a otros, pero nos sentimos injustamente perseguidos cuando esas mismas reglas nos ponen límites a nosotros.

Por eso su moral no es exactamente inexistente. No es amoral. Eso sería demasiado sofisticado intelectualmente. Tiene más bien la ética callejera del rebuscador exitoso: una mezcla de viveza, necesidad, resentimiento social y admiración por el que “se mueve”: llama, negocia, teje alianzas, visita oficinas, mantiene contactos, reparte favores, detecta oportunidades, cambia de bando a tiempo, aparece donde hay decisión o presupuesto.

No cree demasiado en la ley porque siempre la vio aplicada como garrote para unos y sombrilla para otros. Cree más bien en no dejarse joder. En caer parado. En que el bobo es el que paga completo. En que el culpable es quien se deja pillar.

Su verdadero cinismo aparece precisamente en la relación entre ética y política.

No cree que la moral deba desaparecer de la vida pública. Cree algo más eficaz: que puede convertirse en instrumento de combate, legitimación y castigo. La ética deja entonces de ser un límite del poder para transformarse en una de sus armas.

Por eso puede pasar, en un mismo día, de los derechos humanos a la justificación del atropello; de allí, al discurso republicano o a la defensa de una supuesta independencia entre ética, derecho y política, sin demasiada incomodidad interior. En su experiencia, la política nunca fue el reino de la coherencia sino el arte práctico de sobrevivir entre enemigos, aliados temporales, normas interpretables y verba escurridiza. Suele afirmar que la ética, como principio y límite de la moral, la política y el derecho, pertenece al mundo de la metafísica; pero como garrote pertenece al struggle for life. Y ahí sí la acepta, aunque no para sí mismo.

Quizá por eso el político profesional colombiano vive siempre bordeando una frontera curiosa: suficientemente cerca del código penal para producir miedo y suficientemente lejos para esquivarlo. Y lo hace, con especial pericia, usando ingeniosas coartadas verbales.

Por eso nunca ordena del todo. Nunca amenaza frontalmente. Sugiere. Insinúa. “Miren a ver”. “Ustedes saben qué pienso yo”. “Resuelvan eso ustedes”. “Con mañita, pero con firmeza patriótica”. “La ley… pero depende”. Y el marrullero “presumiblemente”.

Después se aleja unos pasos, como esos niños de barrio que tiraban la piedra, escondían la mano y miraban para otro lado antes de que saliera la vecina furiosa.

Y sin embargo sería un error imaginarlo como un bruto. No lo es.

Posee una inteligencia real, aunque no ilustrada. Lee las bajas pasiones humanas con una precisión que muchos académicos envidiarían en secreto. Comprende el miedo mejor que muchos psicólogos y el resentimiento mejor que muchos sociólogos.

Cuando llega al poder no suele hacerlo porque tenga las mejores ideas sino porque entendió antes que otros qué humillaciones estaban creciendo y qué sectores sociales necesitaban un intérprete que hablara su idioma emocional, aunque jamás hubiera vivido realmente como ellos.

Ahí aparece quizá su talento más refinado: parecerse al elector sin confundirse nunca del todo con él.

Porque el político profesional entiende algo que muchos intelectuales todavía miran con cierto desprecio antropológico: la gente rara vez se moviliza solamente por programas de gobierno. También necesita pertenecer. Sentirse reconocida. Compartir entusiasmos, miedos y pequeñas rabias colectivas.

Por eso la política termina convirtiéndose en teatro. Y en vestimenta. La ruana medio usada pero todavía oliendo a almacén. El sombrero campesino sostenido con el cuidadoso fingimiento de quien jamás cargó un bulto. El bailecito torpe cuidadosamente espontáneo para que el ridículo produzca ternura. La foto con el cantante popular o con el goleador de moda para absorber algo del aplauso ajeno. Y el chalaneo convertido en épica campirana bajo techo domotizado.

Y alrededor de todo eso sigue circulando una liturgia política bastante antigua: bulla, mucha bulla, perifoneo, motos, pólvora, pitazos, porristas, cachuchas baratas, animadores sudorosos, gritos colectivos, sánduches de jamón y refrescos en cajita.

Muchos analistas ilustrados creen que todo eso es simplemente compra de votos. Se equivocan parcialmente. También es rito de pertenencia. El ciudadano no va solamente a escuchar propuestas. Va a sentirse parte de algo. A experimentar esa emoción tribal de confundirse con la multitud mientras alguien promete desde una tarima que todavía existe un lugar para él dentro del mundo.

El político profesional entendió eso mucho antes que muchos intelectuales. Y entendió además algo decisivo, el punto de inflexión modernista: la vieja plaza pública se miniaturizó.

Los grandes caudillos del pasado leían la plaza casi instintivamente. Escuchaban rumores, percibían humores colectivos, intuían resentimientos antes de que se volvieran visibles. La política tenía algo de termómetro social y capacidad de oler tormentas en el aire.

La diferencia es que hoy esa plaza cabe en un teléfono. Viaja en ondas electromagnéticas y mensajea cada treinta segundos.

La tecnología no acabó el viejo caudillismo. Lo volvió portátil, permanente y mucho más veloz. El político contemporáneo puede sentir casi en tiempo real los impulsos de la sociedad: sus irritaciones momentáneas, sus entusiasmos fugaces, sus miedos, sus odios, sus pequeñas euforias colectivas.

El viejo caudillo hablaba desde un balcón. El nuevo lleva la multitud en el bolsillo.

Y ahí está quizá el verdadero cambio. No en la existencia del caudillo —que siempre ha acompañado a las democracias fatigadas— sino en la potencia inédita de sus instrumentos.

Muchos de estos liderazgos no nacieron con las redes sociales. Ya existían antes de ellas. Provenían de formas políticas tradicionales: el empresario airado, el outsider de lenguaje lumpezco, el intérprete espontáneo del malestar popular. La tecnología simplemente multiplicó su capacidad de conexión emocional.

El político profesional de hoy está hecho con materiales antiguos, pero es caudillo wifi. No reemplaza al viejo caudillo. Lo actualiza.

Fabio Humberto Giraldo Jiménez

Profesor de Ciencias políticas de la Universidad de Antioquia, Medellín Colombia. Ejercí, además, como Director del Instituto de Estudios Políticos (5 años) y como Director general de Posgrados (5 años) de la misma universidad. Como profesor jubilado dicto actualmente una cátedra sobre opinión política y me dedico casi exclusivamente a la lectura y a la escritura de textos de opinión.

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