Polvo somos

El terremoto no solamente iguala al que padece con el que ayuda; también recuerda al que ayuda que él mismo es vulnerable.

Hay otra cosa que ocurre lejos de los escombros. Alguien mira las imágenes desde otra ciudad y llora. No conoce a los muertos, no puede levantar una piedra, llevar agua ni ayudar a sacar a nadie de debajo de la tierra. Está lejos. Sin embargo, llora. Le ha dolido el dolor de alguien que no conoce.

No es un hecho extraordinario. Miles de personas han llorado alguna vez ante una desgracia que no les pertenece directamente. También quien escribe estas líneas. Basta una imagen, un rostro, un niño, una casa convertida en polvo, un animalito. A veces no hay nada que hacer. No se puede ayudar, ni siquiera estar allí. Solo queda ese dolor extraño que llega desde lejos y se instala, por un momento, en un lugar que no era suyo.

Tal vez ahí haya que buscar la misericordia antes de ponerle nombre.

Antes de la caridad, antes de la solidaridad, antes de la ayuda humanitaria y de todas las palabras con las que después organizamos el sufrimiento, puede haber un instante en que todavía no hemos explicado nada. No sabemos quién es el que sufre, no preguntamos qué piensa, qué cree, de dónde viene, de qué lado está. Tampoco nos hemos preguntado qué debemos hacer. Simplemente vemos el dolor y nos duele.

Ese es el lugar premetafísico de la misericordia: el lugar anterior a las explicaciones, donde todavía no hemos puesto una idea entre nosotros y el otro. No porque las ideas sobren ni porque haya que vivir sin ellas. También ellas forman el mundo que hemos construido y muchas son necesarias. Pero debajo de ellas permanece algo más antiguo y talvez superior éticamente: nuestra común condición de seres que pueden sufrir, perder y necesitar.

Premetafísico no significa «antes de las diferencias», sino antes de que las diferencias oculten lo común. Estamos intentando volver a percibir aquello que las diferencias pueden ocultar: ese dolor que puede ser el mío.

El terremoto vuelve visible esa condición que la vida cotidiana consigue disimular. Cuando la tierra se mueve, muchas de las diferencias que parecían firmes dejan de serlo. El rico y el pobre, el fuerte y el débil, el que ayuda y el que necesita ayuda quedan expuestos a una misma fragilidad. El suelo, que parecía la cosa más segura del mundo, se vuelve polvo.

El que está de pie podría estar mañana debajo de los escombros. El que hoy extiende la mano sabe, aunque no lo piense, que también puede necesitarla.

Ese es el lugar de lo común y de lo igual.

Quizá por eso la historia más antigua de la misericordia no sea la de alguien que da algo a otro, sino la de dos hombres que descubren que, debajo de sus diferencias, son semejantes.

Aquiles ha matado a Héctor, hijo de Príamo; este llega a pedir el cuerpo de su hijo, que ha sido arrastrado alrededor de las murallas de Troya. Príamo es el rey derrotado y Aquiles es el vencedor.

Pero frente a frente ocurre algo extraño. Por un instante dejan de ser enemigos. Dejan también de ser reyes o reyecitos. Son dos hombres. Príamo llora por su hijo. Aquiles recuerda a su padre. Y los dos lloran.

No es una rendición ni una lección de moral. Por un instante, el enemigo se vuelve semejante.

La misericordia tiene algo extraño: es por el otro, pero también toca algo de nosotros mismos. No porque haya egoísmo en ella, sino porque el dolor del otro despierta nuestra propia vulnerabilidad. Por eso aquí no hay uno que está arriba y otro que está abajo. Hay dos hombres que pueden perder, sufrir, necesitar.

No es una igualdad de derechos, de poder o de condición. Es una igualdad más desnuda: la de ser vulnerables.

La caridad y la solidaridad pueden establecer, aun sin quererlo, otra relación: uno tiene algo que el otro necesita; uno puede dar y el otro recibir. Son necesarias y pueden salvar vidas. La misericordia ocurre en otro lugar. El otro me conmueve porque en su fragilidad reconozco la mía.

El humanismo no inventa esa igualdad; la reconoce. La misericordia sería una de sus manifestaciones más antiguas. No estamos inventando un sentimiento nuevo, sino intentando volver a mirar algo que ya estaba allí.

Porque la misericordia puede aparecer incluso cuando no hay nada que hacer.

El hombre que llora a cientos de kilómetros de los escombros no está rescatando a nadie ni resolviendo nada. Le basta con que el sufrimiento de otro haya conseguido atravesar la distancia. En ese momento, el desconocido ya no nos resulta del todo ajeno.

Después vendrán las explicaciones, las instituciones, los discursos, los balances y las discusiones, y también, inevitablemente, las pasiones que vuelven a separar a los hombres. La política tiene además esa rara capacidad de llevar sus diferencias hasta lugares donde el dolor debería haberlas suspendido. Pero quizá eso sea ya otro momento.

Hay uno anterior.

La tierra que tiembla. La mujer que llora por alguien que nunca conoció. Príamo frente a Aquiles. Dos hombres que, por un instante, dejan de ser reyes o reyecitos y enemigos y recuerdan que ambos están hechos de la misma fragilidad.

La misericordia no empieza cuando decidimos hacer algo por el otro. Empieza cuando el otro deja de ser completamente otro.

Fabio Humberto Giraldo Jiménez

Director de la Revista Universidad de Antioquia

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.