Docencia: Enseñar en Tiempos de Autoridad y Respeto perdido

“Hoy, en muchos espacios educativos, cuestionar al profesor se ha convertido en una práctica habitual. El estudiante puede desafiar sus decisiones, ignorar sus instrucciones o incluso faltarle al respeto, mientras el maestro debe medir cuidadosamente cada palabra y cada acción para evitar convertirse en el responsable de un conflicto.”


Ser docente nunca ha sido una tarea sencilla. Sin embargo, tengo la sensación de que serlo hoy se ha convertido en una profesión mucho más difícil de ejercer que en generaciones anteriores. El docente actual se encuentra frente a estudiantes que tienen acceso inmediato a enormes cantidades de información, a familias con expectativas cada vez mayores, a la institucionalidad, la ley y a los entes regentes que, en ocasiones, exigen resultados sin brindar suficientes herramientas y, además, a una sociedad que parece haber olvidado el valor fundamental de quien dedica su vida a educar.

Desde mi punto de vista y experiencia en el campo, he divisado que una de las mayores dificultades que enfrenta el maestro actual es la pérdida de autoridad. No me refiero a una autoridad basada en el miedo, los castigos o los gritos, sino a aquella autoridad pedagógica que permite que el docente sea reconocido como una figura de respeto, orientación y formación. Hoy, en muchos espacios educativos, cuestionar al profesor se ha convertido en una práctica habitual. El estudiante puede desafiar sus decisiones, ignorar sus instrucciones o incluso faltarle al respeto, mientras el maestro debe medir cuidadosamente cada palabra y cada acción para evitar convertirse en el responsable de un conflicto.

Paradójicamente, al docente se le exige autoridad, pero al mismo tiempo se le han quitado muchas de las herramientas necesarias para ejercerla. Se espera que mantenga el orden, motive a sus estudiantes, mejore su rendimiento, atienda sus dificultades emocionales, dialogue con las familias y consiga excelentes resultados académicos. Pero cuando intenta establecer límites, muchas veces se encuentra con cuestionamientos, reclamos e incluso agresiones verbales. ¿Cómo puede exigirse respeto hacia el maestro si socialmente hemos dejado de defender la importancia de su figura?

Personalmente me preocupa la manera en que algunos compañeros docentes son tratados. No es extraño escuchar historias de profesores insultados, ridiculizados, amenazados o desacreditados por estudiantes y, en ocasiones, por sus propios padres de familia. Lo más grave no es únicamente la agresión en sí misma, sino la sensación de desprotección que puede quedar después. Un maestro que sabe que cualquier decisión disciplinaria puede generar un conflicto comienza, inevitablemente, a preguntarse hasta dónde puede llegar. Y aquí aparece una contradicción que merece nuestra atención: como sociedad queremos estudiantes respetuosos, responsables y capaces de convivir en sociedad, pero algunas veces se ha dejado al docente prácticamente solo en la tarea de enseñarles esos valores. La educación no puede recaer exclusivamente sobre los hombros del profesor. La familia, la escuela, las instituciones y la sociedad tienen responsabilidades compartidas.

A todo esto, se suma la desvalorización de la profesión. Durante mucho tiempo se ha repetido que la educación es la base del desarrollo de una sociedad, pero no siempre actuamos de acuerdo con esa afirmación. Decimos que los maestros son fundamentales, pero con frecuencia se nos somete a condiciones laborales difíciles, cargas administrativas excesivas, presión constante y una evaluación permanente de desempeño. Pareciera que al docente se le exige cada vez más, mientras se reconoce cada vez menos su esfuerzo.

Ser maestro actualmente implica, además de enseñar, aprender constantemente nuevas tecnologías, adaptarse a diferentes estilos de aprendizaje, atender situaciones de convivencia, responder a las necesidades particulares de los estudiantes y mantenerse actualizado. Todo esto ocurre mientras las transformaciones sociales avanzan a una velocidad enorme. El docente ya no compite solamente con otros: también compite con las redes sociales, los teléfonos inteligentes, los videos de internet y una cantidad prácticamente ilimitada de información.

Pero creo que sería injusto culpar únicamente a los estudiantes. Ellos también son producto de una sociedad que ha cambiado. El problema es que todavía no hemos encontrado un equilibrio adecuado entre los derechos del estudiante y la autoridad necesaria del docente. Defender al estudiante no debería significar desproteger al maestro. Escuchar a los jóvenes no debería implicar permitir la falta de respeto, y garantizar una educación de calidad también debería significar garantizar condiciones dignas para quienes la hacen posible.

En mi opinión como docente, estamos llegando a un punto en el que serlo requiere una fortaleza que va mucho más allá del conocimiento académico. Hace falta paciencia, carácter, inteligencia emocional y una enorme vocación. El maestro de hoy no solamente enseña contenidos: muchas veces intenta recuperar la atención de estudiantes distraídos, reconstruir valores que no siempre se fortalecen en casa y enfrentar conflictos para los cuales nunca fue preparado.

Por eso considero que debemos preguntarnos seriamente qué sociedad queremos construir. Si seguimos permitiendo que la profesión docente sea desvalorizada, atacada y tratada como una ocupación más, no debería sorprendernos que cada vez menos personas quieran dedicarse a ella. Y si dejamos de atraer a personas comprometidas y talentosas hacia las aulas, las consecuencias no serán únicamente para los maestros: serán para toda la sociedad.

El docente no necesita recuperar una autoridad basada en el miedo; necesita recuperar el respeto. Necesita sentir que las instituciones lo respaldan, que las familias reconocen su trabajo y que la sociedad comprende que educar es una responsabilidad enorme. Porque detrás de cada profesional, cada científico, cada artista, cada empresario y cada ciudadano hubo alguna vez un maestro.

Ser docente hoy es, sin duda, un desafío. Pero precisamente por eso debemos valorar más a quienes, a pesar de las dificultades, siguen entrando diariamente a un salón de clases con la intención de transformar vidas. Quizás la pregunta no debería ser por qué el maestro ha perdido autoridad, sino qué hemos hecho como sociedad para permitir que quien tiene la responsabilidad de educarnos haya terminado sintiéndose tan solo. Y, en lo personal, creo que devolverle dignidad al maestro es también devolverle dignidad a la educación.

Numar González Alvarado

Barranquilla (1990). Filósofo, Profesor de Filosofía y Teoría Económica e Instructor de Literatura en diferentes instituciones educativas de educación básica y media. Actualmente se desempeña como Profesor de tiempo completo y Emprendedor. Es columnista en varios medios de comunicación a nivel nacional e internacional. Es un pensador que se muestra como crítico del tradicionalismo, de la cultura postmoderna.

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