
«El autoritarismo no destruye la escalera social de un solo golpe. La desmonta peldaño a peldaño, hasta que un día la gente mira hacia arriba y ya no sabe si escalar o pedir permiso para intentarlo».
Existe una ilusión colectiva, extendida con la comodidad de lo que nadie se atreve a cuestionar, de que las sociedades están divididas en tres grandes bloques: los de arriba, los del medio y los de abajo. Clase alta, media y baja. Simple. Limpio. Casi pedagógico. El problema es que esa simplificación es una mentira funcional, útil para discursos de campaña política y para los titulares que necesitan emocionar más que informar. La realidad social no es un edificio de tres pisos —es una escalera infinita, con cientos de peldaños que se tocan, se rozan, se empujan. Y en ese rozamiento —en esa fricción aparentemente incómoda— es donde vive la movilidad. Donde el hijo del tendero se convierte en el dueño del almacén. Donde la muchacha del barrio gana la beca y vuelve con un título que nadie le puede quitar. Donde el emprendedor fracasa cuatro veces y a la quinta lo logra, no porque alguien lo dejó pasar, sino porque el sistema todavía tenía huecos suficientes para colarse.
Eso se llama gradación social. Y es exactamente lo primero que los regímenes autoritarios aprenden a desmantelar.
No lo hacen con estrépito. No proclaman en cadena nacional: «hemos decidido eliminar la clase media». Lo hacen de otra manera —más silenciosa, más eficiente, más perversa. Primero debilitan las instituciones que garantizan la competencia abierta: las universidades, los colegios, los sistemas de contratación por mérito. Luego, sutilmente, van sustituyendo esas instituciones por redes de lealtad. Ya no importa tanto lo que sabes como a quién le debes el cargo. Ya no cuenta lo que has construido sino qué tan cerca estás del centro del poder. El ascenso deja de ser vertical —de peldaño en peldaño por esfuerzo propio— y se vuelve radial: cuánto orbitas alrededor del líder.
Por supuesto, las democracias también pueden convertir la escalera en privilegio hereditario; pero el autoritarismo hace algo más grave: no solo permite que algunos suban más fácil, sino que convierte cada peldaño en una concesión política.
He visto ese proceso —lo hemos visto todos— con una nitidez que duele en Venezuela. Un país que llegó a tener una de las clases medias más dinámicas de América Latina. Ingenieros, médicos, comerciantes, profesores universitarios que —quiero imaginar en mi mundo idealizado— discutían a Borges en los cafés de Caracas. Hoy muchos de ellos sobreviven en Bogotá, Lima o Madrid realizando trabajos muy distintos a aquellos para los que se formaron, no porque hayan perdido talento, sino porque el sistema les arrebató el suelo donde ese talento podía servir: les quitó la escalera. Lo que el chavismo llamó «redistribución» fue, en la práctica, una nivelación hacia el piso. Las élites que el régimen prometió destruir mutaron en élites del régimen; los pobres que prometió liberar pasaron a depender del Estado para comer, para trabajar, para moverse. La heterogeneidad que prometieron eliminar no desapareció: se reorganizó alrededor de un solo eje, la obediencia al aparato que reparte oportunidades.
Eso no es igualdad. Es jerarquía con otro nombre.
Me imagino que alguien, en algún momento del proceso, habrá pensado que era una buena idea. Que la acumulación de poder en un solo punto garantizaría la distribución justa de los recursos. Pero el problema es estructural, no de intenciones. Cuando el criterio de promoción deja de ser el mérito —el estudio, el trabajo, la innovación, el riesgo— y pasa a ser la fidelidad al régimen, la sociedad entera pierde los incentivos para crecer. ¿Para qué estudiar si el título no te garantiza el puesto? ¿Para qué emprender si el negocio puede ser intervenido en cualquier momento? ¿Para qué innovar si la creatividad no reconocida es, en ciertos contextos, una forma velada de amenaza al orden establecido?
La fricción entre estratos —esa tensión que en los sistemas abiertos produce competencia, diferenciación y movilidad— no desaparece por decreto. Se transforma. El obrero que antes competía con el empleado de oficina por una oportunidad de ascenso, ahora tiene que negociar con el aparato del Estado su derecho a subsistir. La energía que antes se invertía en escalar se invierte en sobrevivir dentro del sistema. Y hay algo profundamente agotador —y tristísimo— en eso.
Carlos Fuentes decía que un libro perfecto sería ilegible. Tal vez porque la vida necesita imperfección, contraste, tensión. Una sociedad perfectamente homogénea también sería inhabitable. La imperfección de los estratos, sus roces, sus tensiones, es lo que produce cultura, desarrollo, historia. Una sociedad sin clases no es una utopía —es una ficción peligrosa que, demasiadas veces, ha servido para justificar jerarquías más rígidas que aquellas que prometía abolir.
La escalera no desaparece cuando el autócrata sube al poder. Solo cambia de administrador. Y eso, quizás, sea lo más devastador de todo: que la promesa era liberar a los de abajo, y lo que ocurre es que los encierra en un piso sin techo, sin ventanas, sin salida —salvo por la puerta del favor político.
El problema no es que existan peldaños; el problema es que algunos nazcan encadenados al suyo y otros hereden el ascensor. Razonemos un poco. No podemos seguir —como diría El Cuarteto de Nos en Apocalipsis Zombi— «(…) exigiendo más de todo sin pensar en nada». No se defiende la desigualdad injusta, sino la movilidad.
Quiero dejar una pregunta que me incomoda cada vez que miro el mapa de Latinoamérica: ¿cuántos peldaños más vamos a dejar romper antes de entender que no son las escaleras lo que hay que destruir, sino la trampa de creer que alguien puede subirlas por nosotros? Porque cuando se rompe la escalera, nadie queda más libre: todos quedan más cerca del suelo.













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