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El presidente Gustavo Petro llegó a la Casa de Nariño en agosto de 2022 con una carta de triunfo que pocos mandatarios han recibido en la historia contemporánea de Colombia. Sin embargo, al final de su mandato, esa ventaja histórica se evaporó en sus manos. Su derrota en las aspiraciones de continuidad; o en el respaldo popular a su proyecto, representa uno de los fracasos políticos más elocuentes de los últimos tiempos. No fue la adversidad lo que lo derrumbó, sino su propia forma de ejercer el poder.
La economía colombiana había sufrido tres choques sucesivos y brutales. Primero, la pandemia de 2020 que paralizó el país. Luego, el estallido social y el paro nacional de 2021 que dejó cicatrices profundas en la convivencia y la actividad productiva. Finalmente, una inflación que alcanzó niveles cercanos al 15% en 2022, castigando con especial dureza el poder adquisitivo de las familias. Cuando Petro asumió, la economía ya comenzaba su recuperación natural. El rebote técnico jugó a su favor: la gente sintió más dinero en el bolsillo, la pobreza subjetiva disminuyó notablemente y mejoró, aunque fuera temporalmente, la percepción de seguridad en varias ciudades.
Paralelamente, Colombia venía experimentando desde hace años; y con mayor fuerza después de la pandemia, una transición estructural hacia una economía de servicios. Este cambio generó empleo formal en el sector urbano, impulsó los ingresos de los hogares de clase media y permitió una sensación de mejoría tangible en buena parte del territorio. Petro no creó esta ola; simplemente se subió a ella y se benefició de su impulso.
A estas condiciones macroeconómicas favorables se sumó un elemento sin precedentes: un presupuesto colosal. Más de 500 billones de pesos, con una discrecionalidad inusual para definir prioridades y destinos del gasto público. Ningún presidente reciente había tenido semejante margen de maniobra fiscal. Era, en teoría, la herramienta perfecta para consolidar apoyos, ejecutar obras visibles y cimentar lealtades políticas.
Sumado a lo anterior, Petro contó con un dominio casi absoluto de los medios de comunicación públicos. RTVC y Radio Nacional se convirtieron en altavoces permanentes de su visión. Nunca antes un gobierno había tenido semejante capacidad de narrar su propia historia sin contrapesos significativos desde el Estado. A esto se agrega que Petro pudo participar en la política nacional con una impunidad que sus antecesores difícilmente imaginaron.
Con esta formidable combinación; recuperación económica, transición estructural positiva, presupuesto récord y control de los medios, la lógica política indicaba que la consolidación del proyecto era casi inevitable. Uno más uno más uno más uno debía dar una victoria cómoda o, al menos, un saldo favorable para su coalición y su legado. Sin embargo, ocurrió lo contrario.
El presidente optó por un estilo de confrontación permanente. En lugar de consolidar un gobierno de unidad nacional que capitalizara el momento, lo descartó prematuramente. Prefirió la pugnacidad diaria en las redes sociales, donde convirtió cada diferencia en una batalla existencial. La idea recurrente de una constituyente, pese a carecer de las mayorías necesarias y del respaldo popular suficiente, se convirtió en una obsesión que generó más rechazo que adhesiones.
Cazó peleas innecesarias con sectores productivos, instituciones independientes y hasta aliados naturales. Polarizó cuando lo prudente era sumar. Gobernó más para su base dura y para las cámaras que para el país real que necesitaba estabilidad y resultados concretos. Esa actitud terminó por desgastar la paciencia de una ciudadanía que, aunque agradecida por la mejoría económica inicial, no estaba dispuesta a pagar el precio de un permanente clima de conflicto.
Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, queda claro que el mayor obstáculo para el proyecto de Gustavo Petro no fueron sus enemigos externos, sino su propio carácter y método de gobernar. Logró lo improbable: desperdiciar una de las mejores coyunturas políticas y económicas que un presidente de izquierda haya tenido en Colombia.
Su derrota, más que un accidente electoral, es el veredicto de un estilo que priorizó la retórica revolucionaria sobre la gestión efectiva, la división sobre la construcción y el protagonismo personal sobre el interés colectivo. El petrismo tendrá que cargar con esta enseñanza incómoda: tenerlo todo a favor no garantiza nada cuando se gobierna contra el sentido común de la mayoría. Esa es, sin duda, la lección más dura y perdurable de su paso por el poder.
Referencias
Gaviria, A. [@alejandrogaviriau]. (2026, 23 de junio). El presidente Petro lo tuvo todo a su favor y aun así perdió [Video]. TikTok.













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