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Un carro se detiene, el polvo de la carretera queda suspendido, un hombre abre la puerta, se ajusta el abrigo, mira alrededor como si todavía midiera el terreno, levanta una tela blanca y hace una señal, pide ayuda con sus maletas, la guerra, en esa escena, ya terminó.
Ese tono atraviesa la película Núremberg (2026), un palacio de justicia reconstruido, celdas acondicionadas, pasillos largos, puertas que se cierran, mesas donde cada palabra pesa, Göring conserva el control, habla con calma, corrige, provoca, el juicio avanza. En una escena proyectan imágenes de los campos de concentración, la evidencia irrumpe y la sala se contrae, Göring sostiene la mirada, sabe que la disputa es jurídica y también narrativa.
Núremberg se volvió un paradigma, un tribunal internacional al final de la Segunda Guerra Mundial que juzgó a los máximos responsables del régimen nazi, fue el escenario fundacional del derecho penal internacional, incluso en medio del horror más sistemático, es posible sentar a los responsables frente a un juez y dictar una sentencia.
El proceso avanza hacia ese punto, una condena y la muerte como cierre, Göring no llega a escucharla porque se suicida antes, aquí el mal puede identificarse, juzgarse y eliminarse.
Corte.
En Colombia, una audiencia de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) empieza con murmullos, sillas que se acomodan, flores y velas, fotografías de quienes ya no están, familias y grupos de víctimas ocupan el auditorio. Una mujer toma la palabra, la voz le tiembla, pregunta dónde está su hijo, no es una pregunta retórica, ¿dónde está?, repite. En otra audiencia una madre grita frente a los comparecientes, el grito corta la sala, no hay protocolo que lo contenga.
Alguien llora, otro abraza, uno más dice que no puede perdonar, otro dice que quiere intentarlo, las escenas se superponen, la verdad no aparece como un archivo, se construye en voz alta.
En los casos recientes, secuestros y ejecuciones extrajudiciales, la JEP ha ido nombrando responsables, reconstruyendo patrones, ordenando sanciones, excombatientes que reconocen su participación en miles de secuestros, militares que describen cómo civiles fueron presentados como bajas en combate, las decisiones del tribunal les imponen tareas concretas, buscar a los desaparecidos, reconstruir territorios, reparar física y simbólicamente a las víctimas.
La escena tiene otro ritmo.
En Núremberg, el tribunal contiene la palabra y la dirige hacia un veredicto, en Colombia la justicia transicional insiste y vuelve sobre lo mismo, ¿dónde están?, ¿quién lo hizo?, ¿por qué?, hay muchas voces.
Hacia el final de Nuremberg, todo se cierra, las sentencias, la caída de los responsables, la idea de que la justicia cumple su función histórica, el mal, encarnado en unas figuras concretas, recibe su castigo.
En la JEP, el cierre tiene otra forma, las sanciones buscan que quienes participaron contribuyan a la verdad, reparen a las víctimas, transformen condiciones que hicieron posible la violencia, los responsables permanecen en la escena.
Dos imágenes quedan suspendidas.
Un tribunal que juzga crímenes contra la humanidad y fija un precedente para el mundo.
Un sistema que intenta que quienes hicieron la guerra en Colombia expliquen cómo y por qué la hicieron, reparen lo que destruyeron y participen en la construcción de un país distinto.
Entre esas dos escenas hay distancia, también hay continuidad, la idea de que la justicia es posible incluso después del horror, que la historia no se cierra del todo en una sentencia ni se agota en un castigo, que todavía hay algo por construir con lo que queda, con quienes siguen. En ese intento inacabado para sanar las heridas y evitar que se repita tanto dolor se sostiene la humanidad que nos queda.













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