
Pasaron ya varias semanas desde que una tormenta de conflictos se cernió sobre la sede de gobierno en Bolivia. La ciudad de La Paz no parece hacer honor a su nombre: allí se desata un huracán de protestas, bloqueos, dinamitas y manifestantes que arrasan con todo a su paso, mientras los ciudadanos sufren las consecuencias.
Ese huracán tiene un origen: el colectivismo. Las secuelas de esta visión de organización política, impulsada por el Movimiento al Socialismo (MAS) durante dos décadas, constituyen uno de los principales factores detrás del punto de inflexión que hoy nubla la perspectiva de un futuro prometedor para todos los bolivianos. Y es que, pese a que aparentemente los bolivianos logramos desalojar al MAS del gobierno, ese esquema de poder sigue generando convulsiones en el país.
Volátil es un término insuficiente para describir tal panorama, y son precisamente la volatilidad y la impredecibilidad las razones de la falta de decisiones claras para la resolución de estos conflictos. La pregunta importante que deberíamos plantearnos no solo es: ¿qué está pasando en Bolivia? Debemos también cuestionar: ¿cómo llegamos a este punto sin aparente retorno?
La neblina del pensamiento colectivista limitó la visión de un país conformado por individuos y terminó por transformarlo en un circo urbano de masas que actúan reducidas a sombras sin rostro, refugiándose en “el sujeto colectivo” para vandalizar la ciudad. Esa pérdida de la identidad individual no se dio de forma espontánea: es consecuencia directa del uso del aparato estatal para imponer un modelo totalitario, caracterizado por la implementación de un monismo político y cuya influencia persiste, desgraciadamente, hasta el día de hoy.
En los sistemas conducidos por el monismo político, automáticamente se genera una pluralidad controlada por el Estado, lo que significa que puede existir diversidad, siempre y cuando esta no escape de las garras del Leviatán. El riesgo de esta pluralidad artificial es que se termina por fabricar un sujeto colectivo irracional, el cual necesita, para su creación, la estandarización de las ideas y la supresión del pensamiento crítico; con ese propósito, se utiliza la ideología como instrumento principal.
A mi criterio, la base de las ideologías es la reducción y la estandarización; en ese sentido, la ideología es la primera forma de colectivismo, y lo explico a continuación: supongamos que el objetivo ideológico dentro del sistema es que una persona comprenda la ideología y la difunda entre sus pares. Existe entonces el requisito implícito de que esta sea comprensible para todos. De ser así, se requeriría que todas las personas tengan la misma capacidad de racionalización y de abstracción de ideas. Sin embargo, se puede asumir que el ser humano, al ser único e irrepetible, no posee esa igualdad: las personas no comparten las mismas experiencias ni poseen idénticas capacidades intelectuales, cualidades que nos permiten tener identidad. Esto representa un problema para el arquitecto del sistema y obligará al ideólogo que impulsa esta estandarización a simplificar en premisas y slogans toda su base teórica, sin buscar difundir la verdad. En el peor de los casos, obligará al político que sigue esta ideología a violentar las libertades de los individuos para someterlos a dicha estandarización. Por ello, no dudo en afirmar que la ideología es la base del colectivismo más totalitario y del populismo más arbitrario, pues buscará dar soluciones simples a problemáticas sumamente complejas e incomprensibles para la masa; generará además la pérdida de la identidad del individuo, acoplándolo a un ente amorfo de iguales.
Por si la pérdida del individuo no pareciera ser la más grave de las amenazas, nos enfrentamos también a la peligrosísima banalización del mal. Si no existe un individuo con pensamiento crítico, todo es potencialmente justificable bajo la excusa de no pensar y limitarse a seguir las órdenes de un superior. Hannah Arendt lo expone en su libro Eichmann en Jerusalén: “El mal surge de la incapacidad de pensar. Desafía al pensamiento, pues en cuanto este intenta comprender el mal y examinar las premisas y los principios de los que se origina, se ve frustrado al no encontrar nada en él. Esa es la banalidad del mal”. En este caso, el sujeto colectivo encuentra comodidad en su actuar con la excusa de seguir a la masa, justificando atrocidades tales como destrozar la propiedad privada, bloquear el paso de ambulancias con enfermos, lanzar dinamitas en plena vía pública, intentar secuestrar a un ministro o quemar instituciones, entre otros actos de barbarie.
Lo curioso de la banalidad del mal es que nos encontraremos con que sus ejecutores no son necesariamente personas perversas, maquiavélicas o genios intelectuales del mal. Arendt lo expresa de la siguiente manera: “El problema con Eichmann radicaba precisamente en que muchos eran como él, y que esos muchos no eran ni pervertidos ni sádicos, sino que eran, y siguen siendo, terriblemente normales. Desde el punto de vista de nuestras instituciones legales y de nuestros criterios morales, esta normalidad era mucho más aterradora que todas las atrocidades juntas”, refiriéndose al exfuncionario del régimen nazi Adolf Eichmann.
Si aislamos al individuo de esa masa, nos encontraremos con padres de familia, campesinos, maestros, mineros y personas de a pie que fueron adoctrinados durante décadas a través de un sistema totalitario mediante el uso de la ideología y que, sin darse cuenta, sucumbieron a los intereses más oscuros de los verdaderos ideólogos del mal. Por supuesto, esto no los libera de ningún tipo de responsabilidad: son ejecutores e instigadores de la violencia en nuestras ciudades. Aun así, es importante comprender las raíces de esa perversidad para erradicarla.
Si Bolivia quiere prosperar y avanzar en sus objetivos como país, urge desterrar de una vez los resabios de ese totalitarismo que insiste en llevar al país hacia una lógica de perversidad colectivista. El peligro reside en seguir cayendo ante las narrativas de la masa sobre una aparente lucha racial, social o política. No se trata de ninguna de ellas: la verdadera lucha se dará por la defensa de las libertades individuales frente al control de una minoría que instrumentaliza a la masa y la entierra en el colectivo.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













Comentar