Colombia no está dividida

Andrés Barrios Rubio

“Durante meses se insistió en una narrativa que parecía incuestionable, Colombia está completamente polarizada, partida en dos mitades irreconciliables y condenada a una confrontación permanente entre dos visiones opuestas de país. Sin embargo, los resultados electorales de este 21 de junio y los acontecimientos posteriores demuestran algo muy distinto. El país no está dividido. Colombia tomó una decisión.


Desde diversos sectores del progresismo se ha procurado presentar la votación obtenida por Iván Cepeda como una demostración de fuerza política, legitimidad popular y respaldo masivo al proyecto que encabezó durante los últimos años por Gustavo Francisco Petro Urrego. Los números se presentan como evidencia concluyente de una presunta división del país en torno a la orientación política de izquierda. Sin embargo, una evaluación exhaustiva requiere considerar factores más allá de la mera cifra de 12.708.712 votos.

La pregunta que nadie parece querer formular es cuántos de esos votos corresponden realmente a ciudadanos convencidos de la ideología de izquierda y cuántos fueron producto de otros factores que han caracterizado la vida política colombiana durante los últimos años. Es indispensable reconocer la gravedad de las denuncias constantes sobre presiones derivadas de estructuras armadas ilegales presentes en diferentes regiones del país.

Asimismo, no pueden pasarse por alto las numerosas advertencias relacionadas con los contratistas estatales, quienes comprendieron perfectamente cuál era la respuesta esperada para conservar sus ingresos o garantizar la continuidad de sus vínculos con el Estado. A ello se suma el temor instalado entre miles de beneficiarios de programas sociales que recibieron el mensaje, explícito o implícito, de que un cambio de gobierno podría suponer la pérdida de subsidios o ayudas económicas.

Negar la existencia de estas dinámicas sería desconocer la realidad política colombiana. Por lo tanto, resulta prematuro concluir que más de doce millones de votos representan automáticamente una adhesión ideológica sólida al proyecto progresista. Los resultados electorales evidencian un respaldo indudable, aunque también revelan una intrincada red de incentivos, presiones, dependencias y temores que requieren de un análisis más exhaustivo.

Las reacciones posteriores a las elecciones también permiten desmontar otro de los grandes mitos construidos durante los últimos años. En el caso hipotético de que la situación en Colombia fuese tan crítica como para requerir una intervención externa, se habrían organizado movilizaciones masivas y espontáneas en las calles tras el anuncio de los resultados. Sin embargo, este no fue el caso.

Las manifestaciones observadas desde el mismo domingo estuvieron protagonizadas, principalmente, por los sectores que históricamente han acompañado al progresismo, es decir, sindicatos, organizaciones indígenas, grupos vinculados a las llamadas primeras líneas, movimientos de activismo radical y organizaciones que en el tiempo han servido como estructura de movilización política de la izquierda.

No se ha visto una participación ciudadana significativa en manifestaciones y protestas públicas. No se ha observado la presencia de la supuesta mayoría silenciosa que algunos analistas habían anticipado. Se ha evidenciado la movilización de los sectores organizados de siempre, aquellos que han acompañado sistemáticamente cada convocatoria del proyecto político derrotado. Incluso en el contexto de dichas manifestaciones, se hizo patente la proliferación de discursos que parecían desviarse progresivamente de las preocupaciones cotidianas de la mayoría de los ciudadanos colombianos.

Es claro que mientras millones de personas esperan soluciones concretas en materia de seguridad, empleo, crecimiento económico y calidad institucional, algunos sectores continúan atrapados en narrativas ideológicas que terminan desconectándolos de la realidad nacional. La derrota de Iván Cepeda no fue un mero accidente ni una casualidad estadística. Esta situación fue el resultado de la acumulación de desgaste durante un período de cuatro años de gobierno progresista. Lo que hoy vive la izquierda es producto del incumplimiento de promesas, la improvisación constante, los enfrentamientos innecesarios y una creciente sensación de incertidumbre que afectó la confianza de amplios sectores de la población.

Con el trascurso del tiempo, la magnitud de dicha derrota se hará más patente. Una vez que las emociones asociadas a la contienda electoral hayan sido debidamente gestionadas y los resultados sean adecuadamente evaluados, se evidenciará que el rechazo al proyecto progresista fue mucho más extenso de lo que algunos están dispuestos a reconocer en este momento.

Ahora, se inicia una nueva etapa. Es fundamental abandonar la prolongación de la disputa política y la generación de resentimientos electorales. Colombia necesita de una reconstrucción de la confianza, así como de la recuperación de la institucionalidad y el fortalecimiento de la seguridad. Asimismo, es fundamental impulsar la inversión y generar oportunidades para los ciudadanos, muchos de los cuales esperan respuestas concretas y no discursos ideológicos.

De otro lado, será indispensable atender las heridas emocionales. Sin embargo, es importante comprender que sanar no implica olvidar lo ocurrido. Es crucial aprender de los errores para evitar su repetición. Entre las lecciones más significativas que deja este período se evidencia que las promesas del socialismo progresista colisionaron con la realidad. Lo que se presentó como una alternativa con capacidad de transformación concluyó generando más incertidumbre que soluciones, más confrontación que consensos y más divisiones políticas que resultados tangibles para los ciudadanos.

El nuevo gobierno se enfrentará a un desafío de magnitud considerable. No solo deberá abordar los desafíos heredados, sino también demostrar que existe una dirección diferente para reorientar el rumbo del país. Contrariamente a lo que muchos insisten en repetir, Colombia no se ha visto dividida tras estas elecciones. El país decidió. Y esa decisión merece ser respetada, entendida y convertida en una oportunidad para reconstruir la nación que millones de ciudadanos esperan volver a ver.

Colombia no puede permitirse quedar sujeta a bloqueos, presiones y amenazas por parte de aquellos que buscan ignorar la voluntad popular, pues se resisten a ceder los privilegios políticos, burocráticos y asistenciales que han sido construidos durante los últimos cuatro años. La esencia de la democracia radica en la aceptación de los resultados, independientemente del sector al que beneficien. En los anales de la historia quedará registrado el paso por la Presidencia de un antiguo integrante del M-19 que prometió transformar el país, pero que terminó profundizando la polarización, debilitando la confianza institucional y generando incertidumbre en amplios sectores de la sociedad. Su proyecto político buscó perpetuarse en el poder a través de una narrativa constante de confrontación, victimización y división entre los colombianos.

Los resultados de las elecciones fueron concluyentes. 12.959.542 colombianos tomaron la decisión de cerrar ese capítulo y optar por un nuevo rumbo. Colombia demostró una reacción oportuna y efectiva. Afortunadamente, millones de ciudadanos han comprendido que el futuro del país no puede seguir dependiendo de promesas incumplidas, discursos ideológicos y experimentos que ya han demostrado sus consecuencias en otras naciones. Ahora corresponde reconstruir, corregir y avanzar. Ha llegado el momento de transformar el tiempo de la protesta permanente en el tiempo de la implementación de soluciones efectivas.

Andrés Barrios Rubio

PhD. en Contenidos de Comunicación en la Era Digital, Comunicador Social – Periodista. 23 años de experiencia laboral en el área del periodística, 20 en la investigación y docencia universitaria, y 10 en la dirección de proyectos académicos y profesionales. Experiencia en la gestión de proyectos, los medios de comunicación masiva, las TIC, el análisis de audiencias, la administración de actividades de docencia, investigación y proyección social, publicación de artículos académicos, blogs y podcasts.

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