Canserbero: escaleras al cielo para el perro del infierno

En esas dimensiones ganadas había un horizonte de esperanza para nombrar lo que, en ese momento en Venezuela, parecía no tener nombre.


 

La formación humanista era un interés continuo de Tyrone José González Oramas, conocido como Canserbero. Un nombre que, en su alusión a la figura mitológica (Cancerbero), aparenta una falta de ortografía en esa sílaba del “ser” verídico o “ser vero” (ser verdad) que algunas veces él aclaró en las entrevistas como su propia variante nominal. De ese nombre del perro de los avernos tomó la fiereza de un guardián protector para defender sus ideas y hacer un nombre propio. Un rapsoda, como muchas veces prefería ser llamado para marcar la diferencia de sus composiciones. Fue admirado con lealtad callejera por sus seguidores y entre ellos se incluían numerosos raperos consagrados y emergentes de Latinoamérica. La disciplina, el talento, la singularidad de su voz y la pasión por la inteligencia hicieron de Tyrone un rapero que estremecía a quienes lo escuchaban, incluso a aquellos que no tenían la intención de disfrutar de alguna manifestación de la cultura hip hop.

La construcción del relato en sus canciones persigue palabras que transmiten un pensamiento singular. Lector asiduo, entre otras cosas, de la literatura clásica, no escatimó en reconocer su gusto por la Divina Comedia de Dante en su famosa canción Es épico. Canserbero era una voz que se hacía escuchar por su diferencia. Un insolente confeso que usaba el aburrimiento que le causaba un entorno confundido, hipócrita y superficial como el germen de su escritura y de su improvisación. Consciente como estaba del contexto sociopolítico venezolano en el que se desplegaba (o se defendía) escribía con la libertad que en contextos opresivos solo pueden dar la melancolía reflexiva y la ironía punzante. Herramientas que siempre manejó con maestría en sus cuadernos de notas y que en vida le dieron la satisfacción de confirmar que podía ser escuchado por algo más que un puñado de admiradores en toda Venezuela, gran parte de Latinoamérica e incluso España. En esas dimensiones ganadas había un horizonte de esperanza para nombrar lo que, en ese momento en Venezuela, parecía no tener nombre.  

Tyrone, la voz insolente y genuina de un perro que cantaba la verdad y que aprendió a ganarse la credibilidad de su público con la compleja sencillez de composiciones que, aun desde el coraje político, no dejaban de preguntarse por el amor. Un artista que usaba las tres cabezas del can del averno para aprender de otros, para intentar esquivar el peso de la fama cuando empieza a hacer grietas en la amistad y para estar de acuerdo con que “La vida del individuo interesa, impresiona, produce tanto más efecto cuanto mayor es el radio de influencia en el mundo”. Una influencia que desde muy joven se desprendió de la corriente del anonimato con una voz ronca que despertó el miedo de unos pocos que querían seguir durmiendo la siesta impune. 

La juventud se renueva y descubre el rap para hacer compatibles las frustraciones y los deseos en la música. Tyrone y Canserbero, el hombre y el artista separados, pero en tensión. Por un lado, el hombre que se reconoce vulnerable en su relación con el mundo, por el otro, el artista que usa ese reconocimiento para construir una forma de vida posible ahí donde la potencia del contexto se ha debilitado.


Todas las columnas de la autora en este enlace:  Xenia Guerra

Xenia Guerra

Licenciada y magíster en Letras por la Universidad de Los Andes en Venezuela. Profesora universitaria de la misma casa de estudios. Investigadora en el ámbito literario con enfoque en filosofía política y el arte.

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