¿Somos hinchas o votantes?

¿Por qué tantos colombianos defienden a sus candidatos con una lealtad que no admite preguntas y qué costo tiene eso? Hay una escena que se repite casi siempre cada cuatro años. Empieza con un mensaje en el grupo de WhatsApp, un tuit en X, un meme o, ahora, un video editado con IA y termina con hermanos que dejan de hablarse, primos bloqueados y un tío que jura que esta vez sí no va a opinar, aunque todos sabemos que opinará. No discutimos propuestas; defendemos colores tal cual se defiende la camiseta de la selección: un símbolo de unidad que, al volverse trinchera, excluye a millones. Y al que se atreve a señalar un error del candidato propio se le mira con la misma sospecha con la que un hincha mira al que, en pleno clásico, acepta que el otro equipo jugó mejor.

Esa comparación con el fútbol no es casualidad; de hecho, lo vimos en estas elecciones: camisetas por doquier. Para entender por qué tanta gente parece tener una fe ciega en sus candidatos y por qué tolera, e incluso celebra, campañas que se atacan con una agresividad que en cualquier otra circunstancia nos resultaría intolerable, hay que dejar de pensar que se trata de ignorancia o de falta de criterio. No lo es. Es algo más profundo y más humano: al tocar nuestra identidad, la política hace que defender al candidato deje de sentirse como respaldar una idea y empiece a sentirse como defendernos a nosotros mismos.

Colombia, además, tiene un terreno especialmente abundante para que eso eche raíces. A lo largo de gran parte del siglo XX, ser liberal o conservador no era una opinión: era casi un apellido. Una filiación que se heredaba con la sangre, que definía con quién uno se casaba, en qué iglesia rezaba y, en los años más oscuros de la época de la violencia, por quién era capaz de matar o de morir. Godos (simpatizantes del Partido Conservador) y cachiporros (afines al Partido Liberal) se exterminaron entre veredas por una adscripción que pocos sabían explicar con argumentos. El Frente Nacional repartió el poder para apagar ese incendio; sin embargo, no apagó la costumbre de pertenecer a un bando antes que a una idea. Esa herencia sigue ahí. Cambiaron los nombres y los colores: la mecánica emocional es la misma.

Sobre esa base, la mente hace el resto del trabajo y a menudo sin que nos demos cuenta. Tendemos a juzgar la misma falla de dos maneras distintas según quién la cometa: cuando se equivoca el nuestro, lo “sacaron de contexto” o “es un error menor frente a lo que está en juego”; cuando se equivoca el otro, es la prueba definitiva de que siempre tuvimos razón. Los psicólogos llamamos a esto razonamiento motivado, y a la incomodidad que sentimos al encontrarnos con hechos que contradicen aquello en lo que ya invertimos votos, discusiones, publicaciones o peleas familiares la denominamos disonancia cognitiva. Reconocer que nos equivocamos al apoyar a alguien duele tanto que el cerebro prefiere reinterpretar la realidad antes que admitir el error. Y entre más públicamente hayamos defendido a alguien, más caro nos sale soltarlo.

Pero quizá lo que mejor delata el aspecto más sórdido de las campañas es que en Colombia, al igual que en buena parte del mundo, votamos más en contra que a favor. La lealtad se alimenta menos del amor al candidato propio que del miedo al contrario. Y si el otro bando pasa a percibirse como una amenaza existencial —“si gana, se acaba el país”, “si gana, nos volvemos Venezuela”, “si gana, vuelve lo de antes”—, la agresividad deja de ser un defecto y se convierte en una virtud. Atacar ya no es jugar sucio: es defender lo sagrado. Esto se manifiesta en ambos extremos del espectro: en el gobierno y en la oposición, en quienes idolatran a un líder y en quienes han hecho de odiarlo el centro de su vida política. Por eso toleramos en los nuestros la misma grosería que condenamos en los otros: creemos que la nuestra es legítima defensa, y la de ellos, pura maldad. Es, en dosis mínimas, el germen de lo que Abram de Swaan desarrolla bajo la noción de “desidentificación” en su obra Dividir para matar: la facilidad con la que dejamos de ver en el adversario a un semejante.

Lo más inquietante es que las campañas saben todo esto y lo usan a propósito. El miedo y la rabia no son efectos secundarios de la política colombiana: son su combustible. Una de las confesiones más recordadas de nuestra historia vino después del plebiscito de 2016, cuando uno de los estrategas de la campaña por el “No” reveló que su objetivo nunca había sido explicarle a la gente los acuerdos de paz: era lograr que la gente saliera a votar indignada. No fue un caso aislado ni de un solo color; fue, apenas, la respuesta más honesta de una práctica extendida. Las redes sociales y los grupos de WhatsApp hicieron el resto: nos encerraron en burbujas donde únicamente escuchamos lo que ya pensábamos, en las que cada noticia que confirma a nuestro bando viaja a la velocidad de la luz y todo dato inconveniente queda relegado. Opera una lógica parecida a la barrera del sonido: al momento de oír el estruendo, el avión ya tomó distancia y está lejos. No alcanzamos a procesar nada en tiempo real; terminamos opinando a gritos sobre lo que ya ocurrió, sin poder medir las consecuencias de los estímulos que impulsan nuestras reacciones. Una mentira que halaga a quien me representa corre más rápido que una verdad que intente ponerla en entredicho. Y aclaro: con esto no estoy promoviendo el “Sí” de 2016; simplemente, estoy ilustrando un fenómeno.

El problema es que una democracia de hinchas deja de deliberar, de aceptar sus errores y de corregir el rumbo. Al defender a nuestro candidato como a un equipo de fútbol, dejamos de exigirle. Le perdonamos la mentira, el atajo turbio, el insulto, la insolencia, porque lo importante es que gane el partido. Es el mismo reflejo de la fanaticada argentina con el Dibu Martínez: lo que para medio mundo son provocaciones y desplantes, para ella es prueba de astucia y carácter ganador, razón de sobra para alabarlo. Y al hacerlo premiamos precisamente a los políticos más agresivos, a los que mejor saben encender el miedo, y castigamos a los que se atreven a proponer matices o a concederle méritos al adversario. El verdadero rival deja de ser una mala idea y pasa a ser el vecino, el tío, el compañero de trabajo que piensa distinto, el taxista o hasta el señor del supermercado. Y un país que ve enemigos donde debería ver conciudadanos es un país que ya perdió mucho más que una elección.

Nada de esto es un llamado a la apatía. Tener convicciones firmes, apoyar con pasión a quien comparte nuestros valores, indignarse ante lo que consideramos injusto: todo eso es sano y necesario. La diferencia entre un ciudadano y un hincha no está en la intensidad con que defiende lo suyo, sino en si conserva la capacidad de hacer dos cosas que los miembros del partido nos piden olvidar: cuestionar a los nuestros cuando se equivocan y reconocerle algo válido a los otros cuando aciertan. Es un escenario incómodo de ejercitar, especialmente en campaña, rodeados de incentivos para cerrar filas. Pero es, probablemente, lo único que nos separa de repetir, con camisetas nuevas, la misma historia de siempre.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Diana Milena Parra Montaño

Psicóloga de la Universidad Minuto de Dios y neuropsicóloga de la Universidad de San Buenaventura. Candidata a magíster en Psicología de la Universidad de los Andes. Docente investigadora de la Fundación Universitaria San Alfonso (Bogotá Colombia).

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