¿Quién domina a quién: el tiempo o nosotros?

“No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho”. Durante el siglo I d. C., el filósofo estoico, Séneca, nos legó una reflexión que hoy describe a una sociedad marcada por el ritmo acelerado y las constantes distracciones.

El tiempo jamás ha acelerado su marcha, pues los días continúan teniendo veinticuatro horas, las semanas siete días y los años conservan exactamente la misma duración que tenían hace siglos. Sin embargo, basta escuchar cualquier conversación cotidiana para encontrar una afirmación que repetimos casi de manera automática: “el tiempo cada vez pasa más rápido”. La expresión no parece estar mal estructurada sintácticamente, pero sus secuelas semánticas no tardan en manifestarse, y poco a poco terminamos convencidos de que el reloj siempre nos persigue y el descanso constituye un lujo; por lo cual, nunca disponemos del tiempo suficiente. La frase parece inofensiva, pero quizá encierra una de las mayores confusiones de nuestra época, porque el tiempo nunca cambió; quienes hemos cambiado somos nosotros y la manera en que decidimos experimentarlo.

Ahora creemos que el reloj es un persecutor y decimos que las jornadas no alcanzan, que los meses desaparecen sin darnos cuenta y que cada año transcurre con mayor velocidad que el anterior. Poco a poco, esa percepción deja de ser únicamente una forma de hablar y comienza a convertirse en una manera de habitar el mundo. Administramos el tiempo con una lógica casi frugal, como si cada minuto debiera aprovecharse al máximo y cualquier instante dedicado al descanso, o a la pasiva contemplación, representara un lujo difícil de justificar. Organizamos nuestras actividades bajo la permanente sensación de que siempre falta algo por hacer y el descanso debe esperar, debido a que la productividad constituye el único criterio válido para evaluar un día bien vivido. En ese contexto, no resulta extraño que el cansancio, el estrés y la ansiedad terminen ocupando un lugar cada vez más frecuente en nuestra cotidianidad.

Hartmut Rosa (2016) sostiene que la modernidad ha producido un fenómeno de aceleración social, donde las transformaciones tecnológicas, laborales y culturales generan la sensación de que todo ocurre cada vez más deprisa. Paradójicamente, cuantas más herramientas desarrollamos para ahorrar tiempo, mayor parece ser la impresión de que disponemos de menos. No necesariamente vivimos más ocupados que las generaciones anteriores; lo que sí parece haber cambiado es la expectativa de aprovechar cada instante como si detenerse representara una forma de fracaso. En una cultura donde la productividad se ha convertido en un valor supremo, descansar llega a percibirse casi como una afrenta inadmisible para quien ha hecho de la prisa su forma habitual de existir.

Existe, además, un aspecto que pocas veces nos detenemos a considerar y puede sonar poco ortodoxo, pero el tiempo no llega naturalmente dividido en años, meses, semanas u horas. La naturaleza desconoce los calendarios, los lunes y las cuentas regresivas para finalizar diciembre. Fue el ser humano quien decidió organizar el transcurso continuo de la existencia en milenios, siglos, décadas, años, meses, semanas, días, horas, minutos y segundos. Esa “extraordinaria” construcción permitió coordinar la vida colectiva, planificar actividades y comprender mejor los ciclos de la naturaleza. No obstante, también transformó nuestra manera de relacionarnos con el paso de la vida.

Quizá esa división no surgió únicamente por razones prácticas y también responde a una necesidad profundamente humana (la esperanza). Esperamos el lunes para comenzar un proyecto, el inicio de un nuevo semestre para retomar hábitos olvidados o el primer día del año para formular propósitos que sentimos imposibles de emprender una semana antes. En cierto sentido, no solo fragmentamos el tiempo; también distribuimos nuestras expectativas. Cada uno de esos nuevos comienzos encierra una promesa íntima que es, por fortuna, virtualmente invendible, como la convicción de que siempre es posible volver a empezar. Esos “nuevos comienzos” parecen ofrecernos la ilusión de que todavía existe otra oportunidad para intentarlo de nuevo.

Con el paso de los siglos, el tiempo adquirió un valor adicional, puesto que dejó de ser únicamente una referencia para convertirse en una unidad de intercambio. La mayor parte de las personas recibe una remuneración calculada, directa o indirectamente, a partir del tiempo que dedica a una actividad. Algunos piden a gritos que los esclavicen mediante el trabajo por horas; otros prefieren la estabilidad de las jornadas, semanas y meses con sus respectivos descansos remunerados, para así poder disfrutar con sus seres queridos o en soledad. Incluso cuando el salario no se expresa de esa manera, detrás de él existe una cantidad determinada de tiempo entregada a cambio de una compensación económica. Sin advertirlo, comenzamos a traducir fragmentos de nuestra vida en dinero y, cuando sentimos que ya no nos alcanza para vivir con tranquilidad, pareciera que el veredicto estuviera escrito de antemano: “no existe duda alguna, el tiempo es el culpable”.

Para muchos, ese privilegio llamado ‘Tiempo’ ahora es una situación casi perfecta; disponer de momentos de letargo, de amesetamiento y de tranquilidad, no como una renuncia a la productividad, sino como la posibilidad de detenerse sin sentir culpa y de recordar que también vivimos para habitar esos instantes. Esta realidad plantea una pregunta inevitable, pues si el tiempo puede transformarse en dinero, ¿por qué solemos creer que el dinero posee más valor que el tiempo? El patrimonio perdido puede recuperarse, una inversión puede volver a realizarse y un negocio puede levantarse nuevamente después de un fracaso. El tiempo, en cambio, posee una característica inmutable que ninguna otra riqueza comparte; una vez transcurre, desaparece para siempre. Tal vez por eso la verdadera abundancia no consista únicamente en acumular bienes, sino en conservar la posibilidad de decidir qué hacer con una parte de nuestro propio tiempo.

Norbert Elias (1989) explicaba que el tiempo constituye también una construcción social y el instrumento creado para facilitar la convivencia termina convirtiéndose, en muchas ocasiones, en la medida con la que evaluamos nuestro propio valor. Existe una especie de mímesis colectiva que nos lleva a imitar, casi sin advertirlo, los ritmos acelerados de quienes nos rodean, puesto que estar permanentemente ajetreados parece ser el único indicador válido de una vida exitosa. En consecuencia, una persona ocupada suele interpretarse como una persona importante, mientras que quien dispone de tiempo para descansar o contemplar la vida llega a ser visto, injustamente, como alguien improductivo.

La mayor paradoja de nuestra época consiste en que trabajamos para mejorar nuestra calidad de vida, pero terminamos sacrificando precisamente aquello que daba sentido a ese esfuerzo; el tiempo para conversar sin prisa, compartir con quienes amamos, leer un buen libro, caminar sin mirar constantemente el reloj o simplemente permanecer en silencio. Llega un momento en el que dejamos de administrar el tiempo y comenzamos a sentir que es él quien administra nuestra existencia.

 

Referencias

Elias, N. (1989). Sobre el tiempo. Fondo de Cultura Económica.

Rosa, H. (2016). Alienación y aceleración: Hacia una teoría crítica de la temporalidad en la modernidad tardía. Katz Editores.

Bairon Jaramillo Valencia

Doctor en Socio-educación, magíster en Educación Superior, especialista en TIC para la Educación y licenciado en Humanidades y Lenguas Extranjeras (Inglés).

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